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Tl n, uqbar , Orbis Tertius [Cuento. Texto completo]. Jorge Luis Borges Ficciones, 1944. I. Debo a la conjunci n de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de uqbar . El espejo inquietaba el fondo de un corredor en una quinta de la calle Gaona, en Ramos Mej a;. la enciclopedia falazmente se llama The Anglo-American Cyclopaed a (New York, 1917) y es una reimpresi n literal, pero tambi n morosa, de la Encyclopaedia Britannica de 1902. El hecho se produjo har unos cinco a os. Bioy Casares hab a cenado conmigo esa noche y nos demor una vasta pol mica sobre la ejecuci n de una novela en primera persona, cuyo narrador omitiera o desfigurara los hechos e incurriera en diversas contradicciones, que permitieran a unos pocos lectores -a muy pocos lectores- la adivinaci n de una realidad atroz o banal.

Tlön, Uqbar, Orbis Tertius [Cuento. Texto completo] Jorge Luis Borges Ficciones , 1944. I Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar.

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1 Tl n, uqbar , Orbis Tertius [Cuento. Texto completo]. Jorge Luis Borges Ficciones, 1944. I. Debo a la conjunci n de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de uqbar . El espejo inquietaba el fondo de un corredor en una quinta de la calle Gaona, en Ramos Mej a;. la enciclopedia falazmente se llama The Anglo-American Cyclopaed a (New York, 1917) y es una reimpresi n literal, pero tambi n morosa, de la Encyclopaedia Britannica de 1902. El hecho se produjo har unos cinco a os. Bioy Casares hab a cenado conmigo esa noche y nos demor una vasta pol mica sobre la ejecuci n de una novela en primera persona, cuyo narrador omitiera o desfigurara los hechos e incurriera en diversas contradicciones, que permitieran a unos pocos lectores -a muy pocos lectores- la adivinaci n de una realidad atroz o banal.

2 Desde el fondo remoto del corredor, el espejo nos acechaba. Descubrimos (en la alta noche ese descubrimiento es inevitable) que los espejos tienen algo monstruoso. Entonces Bioy Casares record que uno de los heresiarcas de uqbar hab a declarado que los espejos y la c pula son abominables, porque multiplican el n mero de los hombres. Le pregunt el origen de esa memorable sentencia y me contest que The Anglo-American Cyclopaedia la registraba, en su art culo sobre uqbar . La quinta (que hab amos alquilado amueblada) pose a un ejemplar de esa obra. En las ltimas p ginas del volumen XLVI. dimos con un art culo sobre Upsala; en las primeras del XLVII, con uno sobre Ural-Altaic Languages, pero ni una palabra sobre uqbar .

3 Bioy, un poco azorado, interrog los tomos del ndice. Agot en vano todas las lecciones imaginables: Ukbar, Ucbar, Ookbar, Antes de irse, me dijo que era una regi n del Irak o del Asia Menor. Confieso que asent con alguna incomodidad. Conjetur que ese pa s indocumentado y ese heresiarca an nimo eran una ficci n improvisada por la modestia de Bioy para justificar una frase. El examen est ril de uno de los atlas de Justus Perthes fortaleci mi duda. Al d a siguiente, Bioy me llam desde Buenos Aires. Me dijo que ten a a la vista el art culo sobre uqbar , en el volumen XXVI de la Enciclopedia. No constaba el nombre del heresiarca, pero s la noticia de su doctrina, formulada en palabras casi id nticas a las repetidas por l, aunque -tal vez- literariamente inferiores.

4 L hab a recordado: Copulation and mirrors are abominable. El texto de la Enciclopedia dec a: Para uno de esos gn sticos, el visible universo era una ilusi n o (m s precisamente) un sofisma. Los espejos y la paternidad son abominables (mirrors and fatherhood are hateful) porque lo multiplican y lo divulgan. Le dije, sin faltar a la verdad, que me gustar a ver ese art culo. A los pocos d as lo trajo. Lo cual me sorprendi , porque los escrupulosas ndices cartogr ficos de la Erdkunde de Ritter ignoraban con plenitud el nombre de uqbar . El volumen que trajo Bioy era efectivamente el XXVI de la Anglo-American Cyclopaedia. En la falsa car tula y en el lomo, la indicaci n alfab tica (Tor-Ups) era la de nuestro ejemplar, pero en vez de 917 p ginas constaba de 921.

5 Esas cuatro p ginas adicionales 2. comprend an al art culo sobre uqbar ; no previsto (como habr advertido el lector) por la indicaci n alfab tica. Comprobamos despu s que no hay otra diferencia entre los vol menes. Los dos (seg n creo haber indicado) son reimpresiones de la d cima Encyclopaedia Britannica. Bioy hab a adquirido su ejemplar en uno de tantos remates. Le mos con alg n cuidado el art culo. El pasaje recordado por Bioy era tal vez el nico sorprendente. El resto parec a muy veros mil, muy ajustado al tono general de la obra y (como es natural) un poco aburrido. Reley ndolo, descubrimos bajo su rigurosa escritura una fundamental vaguedad. De los catorce nombres que figuraban en la parte geogr fica, s lo reconocimos tres -Joras n, Armenia, Erzerum-, interpolados en el texto de un modo ambiguo.

6 De los nombres hist ricos, uno solo: el impostor Esmerdis el mago, invocado m s bien como una met fora. La nota parec a precisar las fronteras de uqbar , pero sus nebulosos puntos de referencias eran r os y cr teres y cadenas de esa misma regi n. Le mos, verbigracia, que las tierras bajas de Tsai Jald n y el delta del Axa definen la frontera del sur y que en las islas de ese delta procrean los caballos salvajes. Eso, al principio de la p gina 918. En la secci n hist rica (p gina 920) supimos que a ra z de las persecuciones religiosas del siglo trece, los ortodoxos buscaron amparo en las islas, donde perduran todav a sus obeliscos y donde no es raro exhumar sus espejos de piedra. La secci n idioma y literatura era breve.

7 Un solo rasgo memorable: anotaba que la literatura de uqbar era de car cter fant stico y que sus epopeyas y sus leyendas no se refer an jam s a la realidad, sino a las dos regiones imaginarias de Mlejnas y de Tl La bibliograf a enumeraba cuatro vol menes que no hemos encontrado hasta ahora, aunque el tercero - Silas Haslam: History of the Land Called uqbar , 1874-figura en los cat logos de librer a de Bernard El primero, Lesbare und lesenswerthe Bemerkungen ber das Land Ukkbar in Klein-Asien, data de 1641 y es obra de Johannes Valentinus Andre . El hecho es significativo; un par de a os despu s, di con ese nombre en las inesperadas p ginas de De Quincey (Writings, decimotercero volumen) y supe que era el de un te logo alem n que a principios del siglo XVII describi la imaginaria comunidad de la Rosa-Cruz -que otros luego fundaron, a imitaci n de lo prefigurado por l.

8 Esa noche visitamos la Biblioteca Nacional. En vano fatigamos atlas, cat logos, anuarios de sociedades geogr ficas, memorias de viajeros e historiadores: nadie hab a estado nunca en uqbar . El ndice general de la enciclopedia de Bioy tampoco registraba ese nombre. Al d a siguiente, Carlos Mastronardi (a quien yo hab a referido el asunto) advirti en una librer a de Corrientes y Talcahuano los negros y dorados lomos de la Anglo-American Cyclopaed Entr e interrog el volumen XXVI. Naturalmente, no dio con el menor indicio de uqbar . II. Alg n recuerdo limitado y menguante de Herbert Ashe, ingeniero de los ferrocarriles del Sur, persiste en el hotel de Adrogu , entre las efusivas madreselvas y en el fondo ilusorio de los espejos.

9 En vida padeci de irrealidad, como tantos ingleses; muerto, no es siquiera el fantasma que ya era entonces. Era alto y desganado y su cansada barba rectangular hab a sido roja. Entiendo que era viudo, sin hijos. Cada tantos a os iba a Inglaterra: a visitar (juzgo por unas fotograf as que nos mostr ) un reloj de sol y unos robles. Mi padre hab a estrechado con l (el verbo es excesivo) una de esas amistades inglesas que empiezan por 3. excluir la confidencia y que muy pronto omiten el di logo. Sol an ejercer un intercambio de libros y de peri dicos; sol an batirse al ajedrez, Lo recuerdo en el corredor del hotel, con un libro de matem ticas en la mano, mirando a veces los colores irrecuperables del cielo. Una tarde, hablamos del sistema duodecimal de numeraci n (en el que doce se escribe 10).

10 Ashe dijo que precisamente estaba trasladando no s qu tablas duodecimales a sexagesimales (en las que sesenta se escribe 10). Agreg que ese trabajo le hab a sido encargado por un noruego: en Rio Grande do Sul. Ocho a os que lo conoc amos y no hab a mencionado nunca su estad a en esa regi Hablamos de vida pastoril, de capangas, de la etimolog a brasilera de la palabra gaucho (que algunos viejos orientales todav a pronuncian ga cho) y nada m s se dijo -Dios me perdone- de funciones duodecimales. En setiembre de 1937 (no est bamos nosotros en el hotel) Herbert Ashe muri de la rotura de un aneurisma. D as antes, hab a recibido del Brasil un paquete sellado y certificado. Era un libro en octavo mayor. Ashe lo dej en el bar, donde -meses despu s- lo encontr.