Transcription of LOS SANTOS INOCENTES - bello.cat
1 LLooss SSaannttooss IInnoocceenntteess Miguel Delibes LIBRO LIBRO , EL BAJO. LIBRO MILANA. LIBRO SECRETARIO. LIBRO ACCIDENTE. LIBRO CRIMEN. A la memoria de mi amigo: F lix R. de la Fuente Los SANTOS INOCENTES Miguel Delibes Azar as. LIBRO PRIMERO A su hermana, la R gula, le contrariaba la actitud del Azar as, y le rega aba y l, entonces, regresaba a la Jara, donde el se orito, que a su hermana, la R gula, le contrariaba la actitud del Azar as porque ella aspiraba a que los muchachos se ilustrasen, cosa que a su hermano, se le antojaba un error, que, Luego no te sirven ni para finos ni para bastos, pontificaba con su tono de voz brumoso, levemente nasal, y por contra, en la Jara.
2 Donde el se orito, nadie se preocupaba de si ste o el otro sab an leer o escribir, de si eran letrados o iletrados, o de si el Azar as vagaba de un lado a otro, los remendados pantalones de pana por las corvas, la bragueta sin botones, rutando y con los pies descalzos e, incluso, si, repentinamente, marchaba donde su hermana y el se orito preguntaba por l y le respond an, anda donde su hermana, se orito, el se orito tan terne, no se alteraba, si es caso levantaba imperceptiblemente un hombro, el izquierdo, pero no indagaba m s, ni comentaba la nueva, y, cuando regresaba, tal cual, el Azar as ya est de vuelta, se orito, y el se orito esbozaba una media sonrisa y en paz, que al se orito s lo le exasperaba que el Azar as afirmase que ten a un a o m s que el se orito, porque, en realidad, el Azar as ya era mozo cuando el se orito naci , pero el Azar as ni se recordaba de esto y si, en ocasiones.
3 Afirmaba que ten a un a o m s que el se orito era porque Dacio, el Porquero, se lo dijo as una Nochevieja que andaba un poco bebido y a l, al Azar as, se le qued grabado en la sesera, y tantas veces le preguntaban, qu tiempo te tienes t , Azar as? otras tantas respond a, cabalmente un a o m s que el se orito, pero no era por mala voluntad, ni por el gusto de mentir sino por pura ni ez que el se orito hac a mal en renegarse por eso y llamarle zascandil, ni era justo tampoco, ya que el Azar as, a cambio de andar por el cortijo todo el d a de Dios rutando y como masticando la nada mir ndose atentamente las u as de la mano derecha, lustraba el autom vil del se orito con una bayeta amarilla.
4 Y desenroscaba los tapones de las v lvulas a los autom viles de los amigos del se orito para que al se orito no le faltaran el d a que las cosas vinieran mal dadas y escaseasen y, por si eso no fuera suficiente, el Azar as se cuidaba de los perros, del perdiguero y del setter, y de los tres zorreros y si, en la alta noche, aullaba en el encinar el mast n del pastor y los perros del cortijo se alborotaban, l, Azar as, los aplacaba con buenas palabras les rascaba insistentemente entre los ojos hasta que se apaciguaban y a dormir y, con la primera luz, sal a al patio estir ndose, abr a el port n y soltaba a los pavos en el encinar, tras de las bardas, protegidos por la cerca de tela met lica y, luego, rascaba la gallinaza de los aseladeros y, al concluir, pues a regar los geranios y el sauce y a adecentar el tabuco del b ho y a acariciarle entre las orejas y.
5 Conforme ca a la noche, ya se sab a, Azar as, aculado en el tajuelo, junto a la lumbre, en el desolado zagu n, desplumaba las perdices, o las pitorras, o las t rtolas, o las gangas, cobradas por el se orito durante la jornada y, con frecuencia, si las piezas abundaban, el Azar as reservaba una para la milana, de forma que el b ho, cada vez que le ve a aparecer, le envolv a en su redonda mirada amarilla, y casta eteaba con el pico, como si retozara, todo por espont neo afecto, que a los dem s, el se orito incluido, les bufaba como un gato y les sacaba las u as, mientras que a l, le distingu a, pues rara era la noche que no le obsequiaba, a falta de bocado mas exquisito, con una picaza, o una ratera, o media docena de gorriones atrapados con liga en la charca, donde las carpas, o vaya usted a saber, pero, en cualquier caso, Azar as le dec a al Gran Duque, cada vez que se arrimaba a l, aterciopelando la voz, milana bonita.
6 Milana bonita, y le rascaba el entrecejo y le sonre a con las enc as deshuesadas y, si era el caso de amarrarle en lo alto del cancho para que el se orito o la se orita o los amigos del se orito o las amigas de la P gina 2 de 40 Los SANTOS INOCENTES Miguel Delibes se orita se entretuviesen, disparando a las guilas o a las cornejas por la tronera, ocultos en el tollo, Azar as le enrollaba en la pata derecha un pedazo de franela roja para que la cadena no le lastimase y, en tanto el se orito o la se orita o los amigos del se orito o las amigas de la se orita permanec an dentro del tollo, l aguardaba, acuclillado en la gre ura, bajo la copa de la atalaya, vigil ndolo, temblando como un tallo verde, y, aunque estaba un poco duro de o do, o a los estampidos secos de las detonaciones y.
7 A cada una, se estremec a y cerraba los ojos y, al abrirlos de nuevo, miraba hacia el b ho y al verle indemne, erguido y desafiante, haciendo el escudo, sobre la piedra, se sent a orgulloso de l y sc dec a conmovido para entre si, milana bonita, y experimentaba unos vehementes deseos de rascarle entre las orejas y, as que el se orito o la se orita, o las amigas del se orito, o los amigos de la se orita, se cansaban de matar rateras y cornejas y sal an del tollo estir ndose y desentumeci ndose como si abandonaran la bocamina, l se aproximaba moviendo las mand bulas arriba y abajo, como si masticase algo, al Gran Duque, y el b ho, entonces, se implaba de satisfacci n, se esponjaba como un pavo real y el Azar as le sonre a, no estuviste cobarde, milana, le dec a, y le rascaba el entrecejo para premiarle y al cabo, recog a del suelo, una tras otra, las guilas abatidas.
8 Las prend a en la percha, desencadenaba al b ho con cuidado, le introduc a en la gran jaula de barrotes de madera, que se echaba al hombro, y pin, pianito, se encaminaba hacia el cortijo sin aguardar al se orito, ni a la se orita, ni a los amigos del se orito, ni a las amigas de la se orita que caminaban, lenta, cansinamente, por la vereda, tras l, charlando de sus cosas y riendo sin ton ni son y as que llegaba a la casa, el Azar as colgaba la percha de la gruesa viga del zagu n y tan pronto anochec a, acuclillado en los guijos del patio, a la blanca luz del aladino, desplumaba un ratonero y se llegaba con l a la ventana del tabuco, y uuuuuh, hac a, ahuecando la voz, buscando el registro m s tenebroso, y al minuto, el b ho se alzaba hasta la reja sin meter bulla, en un revuelo pausado y blando, como de algod n, y hac a a su vez, uuuuuh, como un eco del uuuuuh de Azar as.
9 Un eco de ultratumba, y acto seguido, prend a la ratera con sus enormes garras y la devoraba silenciosamente en un santiam n y el Azar as le miraba comer con su sonrisa babeante y musitaba, milana bonita, milana bonita, y una vez que el Gran Duqu