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ECONOMÍA Y SOCIEDAD DEL SIGLO XIX EN ESPAÑA

ECONOM A Y SOCIEDAD DEL SIGLO XIX EN ESPA A. I. ECONOM A. 1. Principios socioecon micos del liberalismo Los principios b sicos de liberalismo econ mico est n guiados por la ley de la oferta y la de- manda, as como por la defensa de la propiedad privada. Con estos principios la propiedad privada, es decir, la iniciativa privada, se convierte en el elemento motriz de la econom a y la SOCIEDAD y, al final, es el sustento de la riqueza de las naciones. Para que todo ello sea posible es preciso libertad econ mica e igualdad de oportunidades, pero hubo dificultades para conseguir la liberalizaci n del tr fico comercial y de la actividad industrial. A pesar de ello, se dieron pasos hacia un t mido librecambismo (Reforma arancelaria de Espar- tero en 1841, Ley de Ferrocarriles de 1855). Los frecuentes cambios de orientaci n econ mica entre proteccionismo y librecambismo, consecuencia de la inestabilidad pol tica, contribuyeron a dificultar y retrasar el despegue de la industrializaci n en Espa a.

Economía y sociedad del siglo XIX – pág. 3 3.3. El ferrocarril La expansión del ferrocarril fue el indicador más fiable del grado de industrialización alcanza-

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1 ECONOM A Y SOCIEDAD DEL SIGLO XIX EN ESPA A. I. ECONOM A. 1. Principios socioecon micos del liberalismo Los principios b sicos de liberalismo econ mico est n guiados por la ley de la oferta y la de- manda, as como por la defensa de la propiedad privada. Con estos principios la propiedad privada, es decir, la iniciativa privada, se convierte en el elemento motriz de la econom a y la SOCIEDAD y, al final, es el sustento de la riqueza de las naciones. Para que todo ello sea posible es preciso libertad econ mica e igualdad de oportunidades, pero hubo dificultades para conseguir la liberalizaci n del tr fico comercial y de la actividad industrial. A pesar de ello, se dieron pasos hacia un t mido librecambismo (Reforma arancelaria de Espar- tero en 1841, Ley de Ferrocarriles de 1855). Los frecuentes cambios de orientaci n econ mica entre proteccionismo y librecambismo, consecuencia de la inestabilidad pol tica, contribuyeron a dificultar y retrasar el despegue de la industrializaci n en Espa a.

2 2. La Desamortizaci n La primera tarea fue desvincular los bienes de la nobleza y desamortizar los bienes eclesi sticos y municipales, con el objetivo de sacarlos al mercado libre. La desvinculaci n supuso, una doble deci- si n. La primera fue la abolici n de se or os y la segunda fue la supresi n de mayorazgos. La desamortizaci n, primero de los bienes eclesi sticos y luego de los municipales, fue la me- dida pr ctica de mayor trascendencia tomada por los gobiernos liberales, y se desarroll durante todo el SIGLO XIX, entrando incluso en el SIGLO XX. El hecho de desamortizar tales bienes supon a dos momentos bien diferenciados: primero, la incautaci n por parte del Estado de esos bienes, por lo que dejaban de ser de manos muertas y segun- do, su puesta en venta mediante p blica subasta. El proceso desamortizador La desamortizaci n, aunque considerada liberal progresista por antonomasia, ya hab a empeza- do a ser aplicada en el SIGLO XVIII. Se pusieron en venta los bienes de los jesuitas (expulsados de Espa a por Carlos III en 1767) hasta 1924.

3 Hubo varias desamortizaciones: la de Godoy (1728); la de las Cortes de C diz (1811-1813); la del Trienio Liberal (1820-1823); la de Mendiz bal (1836-1851), y la de Pascual Madoz (1855- 1924). La desamortizaci n de Mendiz bal Lo que le preocupaba era garantizar la continuidad en el trono de Isabel II. Para ello era condi- ci n necesaria ganar la guerra carlista, A su vez era preciso eliminar o por lo menos disminuir la deuda p blica. Ante la mala situaci n Mendiz bal juzg que hab a que recurrir a nuevas fuentes de financiaci n, y stas no eran otras que los bienes eclesi sticos. El decreto desamortizador, publicado en 1836, puso en venta todos los bienes del clero regular (frailes y monjas). No solamente tierras, sino casas, monasterios y conventos con todos sus enseres. Al a o siguiente, 1837, otra ley ampli la acci n, al sacar a la venta los bienes del clero secular. Se pretend an lograr varios objetivos: ganar la guerra carlista; eliminar la deuda p blica, al ofrecer a los compradores de bienes la posibilidad de que los pagaran con t tulos emitidos por el Estado; atraerse a las filas liberales la incipiente burgues a con dinero; poder solicitar nuevos pr s- tamos y cambiar la estructura de la propiedad eclesi stica.

4 Econom a y SOCIEDAD del SIGLO XIX p g. 1. La desamortizaci n general de Madoz El 1 de mayo de 1855, el ministro de Hacienda, Pascual Madoz, sac a la luz su Ley de Des- amortizaci n General. Se llamaba general porque se pon an en venta todos los bienes de propiedad colectiva, que se llamaban bienes propios y comunes. La desamortizaci n de bienes propios y co- munes se prolong hasta 1924. El procedimiento utilizado para las ventas fue una copia del de Mendiz bal, con dos diferen- cias. Una era que el destino del dinero fue dedicado a la industrializaci n del pa s y en concreto a la expansi n del ferrocarril. La otra diferencia era que el Estado no era el propietario, sino los ayuntamientos. En este proceso, la burgues a con dinero fue de nuevo la gran beneficiaria, aunque la participaci n de los peque os propietarios de los pueblos fue mucho m s elevada que en la de Mendiz bal. Resultados de la Desamortizaci n El proceso de desamortizaciones no sirvi para que las tierras se repartieran entre los menos fa- vorecidos, porque no se intent hacer ninguna reforma agraria, aunque s contribuy a que aumen- tara el volumen general del producto agr cola.

5 La extensi n de lo vendido se estima en el 50% de la tierra cultivable y su valor entre el 25 y el 33% del valor total de la propiedad inmueble espa ola. La desamortizaci n trajo consigo una ex- pansi n de la superficie cultivada y una agricultura algo m s productiva. Pero actuaron otros facto- res, tales como la abolici n del diezmo, la supresi n de la Mesta, la mejora de las condiciones de transporte y comunicaci n. Otras consecuencias en lo social, la aparici n de un proletariado agr cola y la conformaci n de una burgues a terrateniente que pretend a emular a la vieja aristocracia. En cuanto a la estructura de la propiedad, apenas vari . Predominio del latifundio en el centro y el sur de la Pen nsula y el minifundio en extensas reas del norte y noroeste. Empeoraron las con- diciones de vida del peque o campesinado. P rdida y el expolio de una gran parte del patrimonio art stico y cultural. 3. Los comienzos de la industrializaci n La industria textil Catalu a hab a aprovechado su experiencia para modernizarse.

6 Los factores que explican ese proceso fueron: contar con un mercado nacional reservado y protegido por fuertes aranceles; dis- poner de recursos procedentes de la agricultura y la explotaci n de aguardientes; y contar con un campesinado de cierta capacidad de trabajo. En los a os treinta la burgues a catalana sustituye la lana por el algod n e introduce la m quina de vapor y la f brica como modelo de organizaci n productiva, logrando aumentar la producci n, mejorar la calidad y abaratar los precios. Durante el per odo isabelino se produjo la mecanizaci n casi total de la producci n textil algodonera. El apoyo recibido desde los gobiernos legislando medidas proteccionistas fue definitivo porque, a partir de ese momento, los textiles catalanes coparon el mercado nacional. Adem s de Catalu a, algunas reas del levante, Madrid, M laga y B jar (Salamanca) en la industria de pa os de lana, mantuvieron focos textiles de importancia. La siderurgia La incipiente industria se encamin hacia el hierro y el acero, y los altos hornos sustituyeron las viejas ferrer as y forjas.

7 De 1830 a 1850 se contempl la hegemon a sider rgica andaluza, con M - laga y Marbella como principales centros, debido a la cercan a de minas de hierro. Hacia 1860 se produjo el predominio asturiano, localizado en Mieres y La Felguera. Por lti- mo, hacia 1879, la familia Ybarra en Vizcaya promovi la renovaci n tecnol gica con la introduc- ci n del proceso Bessemer, de manera que a partir de 1880 la siderurgia vizca na tendr la prima- c a del acero. Econom a y SOCIEDAD del SIGLO XIX p g. 2. El ferrocarril La expansi n del ferrocarril fue el indicador m s fiable del grado de industrializaci n alcanza- do por cada pa s. Desempe un papel fundamental en el crecimiento econ mico de los distintos pa ses. En Espa a, su expansi n se retras a la segunda mitad del SIGLO XIX por varias causas: condi- ciones orogr ficas, estancamiento econ mico, atraso t cnico, ausencia de capitales privados dis- puestos a invertir y un Estado sin ingresos. 4. La evoluci n de la econom a durante la Restauraci n Gracias a la estabilidad pol tica de la Restauraci n se sentaron las bases de la transformaci n econ mica de Espa a, pero aun no puede considerarse que la econom a espa ola fuera una econom a moderna debido a varios factores, como pueden ser la falta de una red bancaria consolidada y al retraso y estancamiento del mundo agrario.

8 El ferrocarril tuvo un papel importante en estos momentos. La Ley General de Ferrocarriles de 1877 foment la ampliaci n de la red, que lleg a duplicarse en el ltimo cuarto del SIGLO XIX, permi- tiendo, adem s, que la presencia de capital espa ol en el ferrocarril fuera mayor. Asimismo, el desarro- llo del ferrocarril tuvo dos importantes efectos en la econom a espa ola: Favoreci la creaci n de un mercado nacional, inici ndose la exportaci n de productos agr colas espa oles. Desde 1882, la construcci n del ferrocarril, influy en el desarrollo de la industria espa- ola, especialmente la siderurgia. El despegue industrial de la cornisa cant brica tambi n se produce durante la Restauraci n. La producci n espa ola de carb n, principalmente asturiana, creci , dando lugar a la creaci n de las grandes empresas hulleras espa olas. Mayor importancia tuvo en esta poca el desarrollo minero y sider rgico vasco, apoyado en la introducci n de innovaciones t cnicas (sistema Bessemer1) que aumentaron el inter s ingl s por el hierro de las minas de la cuenca del Nervi n.

9 La producci n de hierro aument considerablemente (9. millones de toneladas anuales al inicio del SIGLO XX), destin ndose en su mayor a (85%) a la exporta- ci n, favorecida sta por las leyes espa olas. Este desarrollo de la miner a vasca motiv la aparici n de una siderurgia que desplaz en poco tiempo a la de otros puntos de Espa a, incluida Asturias. Este desarrollo estuvo muy favorecido por la pol tica proteccionista del la ltima d cada del SIGLO XIX En 1902 se cre la empresa Altos Hornos de Vizcaya, cuyo crecimiento estuvo apoyado por el importante aumento de la construcci n naval. Otras regiones mineras de Espa a tambi n sufrieron este desarrollo, pero en mucha menor me- dida que la cornisa cant brica. Ejemplos de este crecimiento minero e industrial fueron el gran aumen- to de la producci n y exportaci n de piritas de Riotinto o de plomo de Sierra Nevada y el sureste pe- ninsular. En Catalu a, la industria textil del algod n y la lana tuvo una evoluci n positiva, aunque su n- dice de crecimiento fue menor que en la primera mitad del SIGLO , pero el aumento de la importaci n de algod n refleja el dinamismo de los textiles catalanes en las dos ltimas d cadas del SIGLO XIX.

10 La ley de relaciones comerciales de 1882, que reserv el mercado antillano para la industria espa ola, apoy . este crecimiento. Por otra parte, se produce la catalanizaci n de la industria lanera, sustituyendo los tradicio- nales talleres dispersos por la Pen nsula, por f bricas tecnol gicamente m s avanzadas en Sabadell y Tarrasa. Como contrapartida, la agricultura espa ola, basada en la trilog a mediterr nea, tuvo en este per odo un escaso y lento crecimiento. El trigo perdi terreno por el abandono de las tierras, lo que 1. Sistema de fundici n del acero creado por Henry Bessemer en 1855. Econom a y SOCIEDAD del SIGLO XIX p g. 3. caus problemas de abastecimiento que oblig a importarlo. En cambio la vid creci , pero debido a razones especiales ajenas a la agricultura espa ola; las plagas que sufrieron las vides francesas hicieron que aumenta la exportaci n a vino a ese pa s., pero la plaga se extendi a Espa a afectando gravemen- te a muchas regiones. Por ltimo, el olivo aumento su superficie de cultivo, form ndose los dos cen- tros principales de su cultivo en Andaluc a y a lo largo del Sistema Ib rico.


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