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El ramo azul, cuento. - red.ilce.edu.mx

El ramo azul, cuento. Despert , cubierto de sudor. Del piso de ladrillos rojos, reci n regados, sub a un vapor caliente. Una mariposa de alas gris ceas revoloteaba encandilada alrededor del foco amarillento. Salt de la hamaca y descalzo atraves el cuarto, cuidando no pisar alg n alacr n salido de su escondrijo a tomar el fresco. Me acerqu al ventanillo y aspir el aire del campo. Se o a la respiraci n de la noche, enorme, femenina. Regres al centro de la habitaci n, vaci el agua de la jarra en la palangana de peltre y humedec la toalla. Me frot el torso y las piernas con el trapo empapado, me sequ un poco y, tras de cerciorarme que ning n bicho estaba escondido entre los pliegues de mi ropa, me vest . y calc . Baj saltando la escalera pintada de verde. En la puerta del mes n tropec con el due o, sujeto tuerto y reticente.

El ramo azul, cuento. Desperté, cubierto de sudor. Del piso de ladrillos rojos, recién regados, subía un vapor caliente. Una mariposa de alas grisáceas revoloteaba encandilada alrededor del foco

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1 El ramo azul, cuento. Despert , cubierto de sudor. Del piso de ladrillos rojos, reci n regados, sub a un vapor caliente. Una mariposa de alas gris ceas revoloteaba encandilada alrededor del foco amarillento. Salt de la hamaca y descalzo atraves el cuarto, cuidando no pisar alg n alacr n salido de su escondrijo a tomar el fresco. Me acerqu al ventanillo y aspir el aire del campo. Se o a la respiraci n de la noche, enorme, femenina. Regres al centro de la habitaci n, vaci el agua de la jarra en la palangana de peltre y humedec la toalla. Me frot el torso y las piernas con el trapo empapado, me sequ un poco y, tras de cerciorarme que ning n bicho estaba escondido entre los pliegues de mi ropa, me vest . y calc . Baj saltando la escalera pintada de verde. En la puerta del mes n tropec con el due o, sujeto tuerto y reticente.

2 Sentado en una sillita de tule, fumaba con el ojo entrecerrado. Con voz ronca me pregunt : D nde va se or? A dar una vuelta. Hace mucho calor. Hum, todo est ya cerrado. Y no hay alumbrado aqu . M s le valiera quedarse. Alc los hombros, musit ahora vuelvo y me met en lo oscuro. Al principio no ve a nada. Camin a tientas por la calle empedrada. Encend un cigarrillo. De pronto sali la luna de una nube negra, iluminando un muro blanco, desmoronado a trechos. Me detuve, ciego ante tanta blancura. Sopl un poco de viento. Respir el aire de los tamarindos. Vibraba la noche, llena de hojas e insectos. Los grillos vivaqueaban entre las hierbas altas. Alc la cara: arriba tambi n hab an establecido campamento las estrellas. Pens que el universo era un vasto sistema de se ales, una conversaci n entre seres inmensos.

3 Mis actos, el serrucho del grillo, el parpadeo de la estrella, no eran sino pausas y s labas, frases dispersas de aquel di logo. Cu l ser a esa palabra de la cual yo era una s laba? Qui n dice esa palabra y a qui n se la dice? Tir el cigarrillo sobre la banqueta. Al caer, describi una curva luminosa, arrojando breves chispas, como un cometa min sculo. Camin largo rato, despacio. Me sent a libre, seguro entre los labios que en ese momento me pronunciaban con tanta felicidad. La noche era un jard n de ojos. Al cruzar la calle, sent que alguien se desprend a de una puerta. Me volv , pero no acert a distinguir nada. Apret el paso. Unos instantes percib unos huaraches sobre las piedras calientes. No quise volverme, aunque sent a que la sombra se acercaba cada vez m s. Intent correr.

4 No pude. Me detuve en seco, bruscamente. Antes de que pudiese defenderme, sent la punta de un cuchillo en mi espalda y una voz dulce: No se mueva, se or, o se lo entierro. Sin volver la cara pregunte: Qu quieres? Sus ojos se or contest la voz suave, casi apenada. Mis ojos? Para qu te servir n mis ojos? Mira, aqu tengo un poco de dinero. No es mucho, pero es algo. Te dar todo lo que tengo, si me dejas. No vayas a matarme. No tenga miedo se or. No lo matar . Nada m s voy a sacarle los ojos. Pero, para qu quieres mis ojos? Es un capricho de mi novia. Quiere un ramito de ojos azules y por aqu hay pocos que los tengan. Mis ojos no te sirven. No son azules, sino amarillos. Ay, se or no quiera enga arme. Bien s que los tiene azules. No se le sacan a un cristiano los ojos as.

5 Te dar otra cosa. No se haga el remilgoso, me dijo con dureza. D la vuelta. Me volv . Era peque o y fr gil. El sombrero de palma la cubr a medio rostro. Sosten a con el brazo derecho un machete de campo, que brillaba con la luz de la luna. Al mbrese la cara. Encend y me acerqu la llama al rostro. El resplandor me hizo entrecerrar los ojos. l apart mis p rpados con mano firme. No pod a ver bien. Se alz sobre las puntas de los pies y me contempl intensamente. La llama me quemaba los dedos. La arroj . Permaneci un instante silencioso. Ya te convenciste? No los tengo azules. Ah, qu ma oso es usted! respondi - A ver, encienda otra vez. Frot otro f sforo y lo acerqu a mis ojos. Tir ndome de la manga, me orden . Arrod llese. Mi hinqu . Con una mano me cogi por los cabellos, ech ndome la cabeza hacia atr s.

6 Se inclin sobre m , curioso y tenso, mientras el machete descend a lentamente hasta rozar mis p rpados. Cerr los ojos. bralos bien orden . Abr los ojos. La llamita me quemaba las pesta as. Me solt de improviso. Pues no son azules, se or. Dispense. Y despareci . Me acod junto al muro, con la cabeza entre las manos. Luego me incorpor . A tropezones, cayendo y levant ndome, corr durante una hora por el pueblo desierto. Cuando llegu a la plaza, vi al due o del mes n, sentado a n frente a la puerta. Entr sin decir palabra. Al d a siguiente hui de aquel pueblo. Octavio Paz. Un ramo azul , en guila o Sol. (1951).


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