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F Engels El papel del trabajo en la transformacion …

EL papel del trabajo EN. LA transformacion DEL MONO EN HOMBRE[1]. El trabajo es la fuente de toda riqueza, afirman los especialistas en Econom a pol tica. Lo es, en efecto, a la par que la naturaleza, proveedora de los materiales que l convierte en riqueza. Pero el trabajo es much simo m s que eso. Es la condici n b sica y fundamental de toda la vida humana. Y lo es en tal grado que, hasta cierto punto, debemos decir que el trabajo ha creado al propio hombre. Hace muchos centenares de miles de a os, en una poca, a n no establecida definitivamente, de aquel per odo del desarrollo de la Tierra que los ge logos denominan terciario, probablemente a fines de este per odo, viv a en alg n lugar de la zona tropical quiz s en un extenso continente hoy desaparecido en las profundidades del Oc ano Indico una raza de monos antropomorfos extraordinariamente desarrollada. Darwin nos ha dado una descripci n aproximada de estos antepasados nuestros. Estaban totalmente cubiertos de pelo, ten an barba, orejas puntiagudas, viv an en los rboles y formaban manadas[2].

1 EL PAPEL DEL TRABAJO EN LA TRANSFORMACION DEL MONO EN HOMBRE [1] El trabajo es la fuente de toda riqueza, afirman los especialistas en Economía política.

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1 EL papel del trabajo EN. LA transformacion DEL MONO EN HOMBRE[1]. El trabajo es la fuente de toda riqueza, afirman los especialistas en Econom a pol tica. Lo es, en efecto, a la par que la naturaleza, proveedora de los materiales que l convierte en riqueza. Pero el trabajo es much simo m s que eso. Es la condici n b sica y fundamental de toda la vida humana. Y lo es en tal grado que, hasta cierto punto, debemos decir que el trabajo ha creado al propio hombre. Hace muchos centenares de miles de a os, en una poca, a n no establecida definitivamente, de aquel per odo del desarrollo de la Tierra que los ge logos denominan terciario, probablemente a fines de este per odo, viv a en alg n lugar de la zona tropical quiz s en un extenso continente hoy desaparecido en las profundidades del Oc ano Indico una raza de monos antropomorfos extraordinariamente desarrollada. Darwin nos ha dado una descripci n aproximada de estos antepasados nuestros. Estaban totalmente cubiertos de pelo, ten an barba, orejas puntiagudas, viv an en los rboles y formaban manadas[2].

2 Es de suponer que como consecuencia directa de su g nero de vida, por el que las manos, al trepar, ten an que desempe ar funciones distintas a las de los pies, estos monos se fueron acostumbrando a prescindir de ellas al caminar por el suelo y empezaron a adoptar m s y m s una posici n erecta. Fue el paso decisivo para el tr nsito del mono al hombre. Todos los monos antropomorfos que existen hoy d a pueden permanecer en posici n erecta y caminar apoy ndose nicamente en sus pies; pero lo hacen s lo en caso de extrema necesidad y, adem s, con suma torpeza. Caminan habitualmente en actitud semierecta, y su marcha incluye el uso de las manos. La mayor a de estos monos apoyan en el suelo los nudillos y, encogiendo las piernas, hacen avanzar el cuerpo por entre sus largos brazos, como un cojo que camina con muletas. En general, a n hoy podemos observar entre los monos todas las formas de transici n entre la marcha a cuatro patas y la marcha en posici n erecta.

3 Pero para ninguno de ellos sta ltima ha pasado de ser un recurso circunstancial. Y puesto que la posici n erecta hab a de ser para nuestros peludos antepasados primero una norma, y luego, una necesidad, de aqu se desprende que por aquel entonces las manos ten an que ejecutar funciones cada vez m s variadas. Incluso entre los monos existe ya cierta divisi n de funciones entre los pies y las manos. Como hemos se alado m s arriba, durante la trepa las manos son utilizadas de distinta manera que los pies. Las manos sirven fundamentalmente para recoger y sostener los alimentos, como lo hacen ya algunos mam feros inferiores con sus patas delanteras. Ciertos monos se ayudan de las manos para construir nidos en los rboles; y algunos, como el chimpanc , llegan a construir tejadillos entre las ramas, para defenderse de las inclemencias del tiempo. La mano les sirve para empu ar garrotes, con los que se defienden de sus enemigos, o para bombardear a stos con frutos y piedras.

4 Cuando se encuentran en la cautividad, realizan con las manos varias operaciones sencillas que copian de los hombres. Pero aqu es precisamente donde se ve cu n grande es la distancia que separa la mano primitiva de los monos, incluso la de los antropoides superiores, de la mano del hombre, perfeccionada por el trabajo durante centenares de miles de a os. El n mero y la disposici n general de los huesos y de los m sculos son los mismos en el mono y en el hombre, pero la mano del salvaje m s primitivo es capaz de ejecutar centenares de operaciones que no pueden ser realizadas por la mano de ning n mono. Ni una sola mano simiesca ha construido jam s un cuchillo de piedra, por tosco que fuese. Por eso, las funciones, para las que nuestros antepasados fueron adaptando poco a poco sus manos durante los muchos miles de a os que dura el per odo de transici n del mono al hombre, s lo pudieron ser, en un principio, funciones sumamente sencillas. Los salvajes m s primitivos, incluso aquellos en los que puede presumirse el retorno a un estado m s pr ximo a la animalidad, con una degeneraci n f sica simult nea, son muy superiores a aquellos seres del 1.

5 Per odo de transici n. Antes de que el primer trozo de s lex hubiese sido convertido en cuchillo por la mano del hombre, debi haber pasado un per odo de tiempo tan largo que, en comparaci n con l, el per odo hist rico conocido por nosotros resulta insignificante. Pero se hab a dado ya el paso decisivo: la mano era libre y pod a adquirir ahora cada vez m s destreza y habilidad; y sta mayor flexibilidad adquirida se transmit a por herencia y se acrec a de generaci n en generaci n. Vemos, pues, que la mano no es s lo el rgano del trabajo ; es tambi n producto de l. nicamente por el trabajo , por la adaptaci n a nuevas y nuevas funciones, por la transmisi n hereditaria del perfeccionamiento especial as adquirido por los m sculos, los ligamentos y, en un per odo m s largo, tambi n por los huesos, y por la aplicaci n siempre renovada de estas habilidades heredadas a funciones nuevas y cada vez m s complejas, ha sido como la mano del hombre ha alcanzado ese grado de perfecci n que la ha hecho capaz de dar vida, como por arte de magia, a los cuadros de Rafael, a las estatuas de Thorwaldsen y a la m sica de Paganini.

6 Pero la mano no era algo con existencia propia e independiente. Era nicamente un miembro de un organismo entero y sumamente complejo. Y lo que beneficiaba a la mano beneficiaba tambi n a todo el cuerpo servido por ella; y lo beneficiaba en dos aspectos. Primeramente, en virtud de la ley que Darwin llam de la correlaci n del crecimiento. Seg n sta ley, ciertas formas de las distintas partes de los seres org nicos siempre est n ligadas a determinadas formas de otras partes, que aparentemente no tienen ninguna relaci n con las primeras. As , todos los animales que poseen gl bulos rojos sin n cleo y cuyo occipital est articulado con la primera v rtebra por medio de dos c ndilos, poseen, sin excepci n, gl ndulas mamarias para la alimentaci n de sus cr as. As tambi n, la pezu a hendida de ciertos mam feros va ligada por regla general a la presencia de un est mago multilocular adaptado a la rumia. Las modificaciones experimentadas por ciertas formas provocan cambios en la forma de otras partes del organismo, sin que estemos en condiciones de explicar tal conexi n.

7 Los gatos totalmente blancos y de ojos azules son siempre o casi siempre sordos. El perfeccionamiento gradual de la mano del hombre y la adaptaci n concomitante de los pies a la marcha en posici n erecta repercutieron indudablemente, en virtud de dicha correlaci n, sobre otras partes del organismo. Sin embargo, sta acci n a n est tan poco estudiada que aqu no podemos m s que se alarla en t rminos generales. Mucho m s importante es la reacci n directa posible de demostrar del desarrollo de la mano sobre el resto del organismo. Como ya hemos dicho, nuestros antepasados simiescos eran animales que viv an en manadas; evidentemente, no es posible buscar el origen del hombre, el m s social de los animales, en unos antepasados inmediatos que no viviesen congregados. Con cada nuevo progreso, el dominio sobre la naturaleza, que comenzara por el desarrollo de la mano, con el trabajo , iba ampliando los horizontes del hombre, haci ndole descubrir constantemente en los objetos nuevas propiedades hasta entonces desconocidas.

8 Por otra parte, el desarrollo del trabajo , al multiplicar los casos de ayuda mutua y de actividad conjunta, y al mostrar as las ventajas de sta actividad conjunta para cada individuo, ten a que contribuir forzosamente a agrupar a n m s a los miembros de la sociedad. En resumen, los hombres en formaci n llegaron a un punto en que tuvieron necesidad de decirse algo los unos a los otros. La necesidad cre el rgano: la laringe poco desarrollada del mono se fue transformando, lenta pero firmemente, mediante modulaciones que produc an a su vez modulaciones m s perfectas, mientras los rganos de la boca aprend an poco a poco a pronunciar un sonido articulado tras otro. La comparaci n con los animales nos muestra que sta explicaci n del origen del lenguaje a partir del trabajo y con el trabajo es la nica acertada. Lo poco que los animales, incluso los m s desarrollados, tienen que comunicarse los unos a los otros puede ser transmitido sin el concurso de la palabra articulada.

9 Ning n animal en estado salvaje se siente 2. perjudicado por su incapacidad de hablar o de comprender el lenguaje humano. Pero la situaci n cambia por completo cuando el animal ha sido domesticado por el hombre. El contacto con el hombre ha desarrollado en el perro y en el caballo un o do tan sensible al lenguaje articulado, que estos animales pueden, dentro del marco de sus representaciones, llegar a comprender cualquier idioma. Adem s, pueden llegar a adquirir sentimientos desconocidos antes por ellos, como son el apego al hombre, el sentimiento de gratitud, etc. Quien conozca bien a estos animales, dif cilmente podr escapar a la convicci n de que, en muchos casos, sta incapacidad de hablar es experimentada ahora por ellos como un defecto. Desgraciadamente, este defecto no tiene remedio, pues sus rganos vocales se hallan demasiado especializados en determinada direcci n. Sin embargo, cuando existe un rgano apropiado, sta incapacidad puede ser superada dentro de ciertos l mites.

10 Los rganos bucales de las aves se distinguen en forma radical de los del hombre, y, sin embargo, las aves son los nicos animales que pueden aprender a hablar; y el ave de voz m s repulsiva, el loro, es la que mejor habla. Y. no importa que se nos objete dici ndonos que el loro no entiende lo que dice. Claro est que por el solo gusto de hablar y por sociabilidad con los hombres el loro puede estar repitiendo horas y horas todo su vocabulario. Pero, dentro del marco de sus representaciones, puede tambi n llegar a comprender lo que dice. Ense ad a un loro a decir palabrotas, de modo que llegue a tener una idea de su significaci n (una de las distracciones favoritas de los marineros que regresan de las zonas c lidas), y ver is muy pronto que en cuanto lo irrit is hace uso de esas palabrotas con la misma correcci n que cualquier verdulera de Berl n. Y lo mismo ocurre con la petici n de golosinas. Primero el trabajo , luego y con l la palabra articulada, fueron los dos est mulos principales bajo cuya influencia el cerebro del mono se fue transformando gradualmente en cerebro humano, que, a pesar de toda su similitud, lo supera considerablemente en tama o y en perfecci n.


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