Transcription of La Odisea - alvarezperea.com
1 LA ODISEAH omerocortes a ILOS DIOSES DECIDEN EN ASAMBLEAEL RETORNO DE ODISEOCu ntame, Musa, la historia del hombre de muchos senderos,que anduvo errante muy mucho despu s de Troya sagrada asolar;vi muchas ciudades de hombres y conoci su talante,y dolores sufri sin cuento en el mar tratandode asegurar la vida y el retorno de sus compa no consigui salvarlos, con mucho quererlo,pues de su propia insensatez sucumbieron v ctimas, locas! de Hiperi n Helioslas vacas comieron,y en tal punto acab para ellos el d a del , hija de Zeus, tambi n a nosotros,cu ntanos alg n pasaje de estos es que todos los dem s, cuantos hab an escapado a la amarga muerte, estaban en casa, dejando atr s la guerra y el mar. S lo l estaba privado de regreso y esposa, y lo reten a en su c ncava cueva la ninfa Calipso, divina entre las diosas, deseando que fuera su el caso es que cuando transcurrieron los a os y le lleg aquel en el que los dioses hab an hilado que regresara a su casa de Itaca, ni siquiera entonces estuvo libre de pruebas; ni cuando estuvo ya con los suyos.
2 Todos los dioses se compadec an de l excepto Poseid n, qui n se mantuvo siempre rencoroso con el divino Odiseo hasta que lleg a su hab a acudido entonces junto a los Etiopes que habitan lejos (los Etiopes que est n divididos en dos grupos, unos donde se hunde Hiperi n y otros donde se levanta), para asistir a una hecatombe de toros y carneros; en cambio, los dem s dioses estaban reunidos en el palacio de Zeus Ol mpico. Y comenz a hablar el padre de hombres y dioses, pues se hab a acordado del irreprochable Egisto, a quien acababa de matar el afamado Orestes, hijo de Agamen n. Acord se, pues, de ste, y dijo a los inmortales su palabra: Ay, ay, c mo culpan los mortales a los dioses!, pues de nosotros, dicen, proceden los males.
3 Pero tambi n ellos por su estupidez soportan dolores m s all de lo que les corresponde. As , ahora Egisto ha desposado cosa que no le correspond a a la esposa leg tima del Atrida y ha matado a ste al regresar; y eso que sab a que morir a lamentablemente, pues le hab amos dicho, envi ndole a Hermes, al vigilante Argifonte, que no le matara ni pretendiera a su esposa. "Que habr una venganza por parte de Orestes cuando sea mozo y sienta nostalgia de su tierra." As le dijo Hermes, mas con tener buenas intenciones no logr persuadir a Egisto. Y ahora las ha pagado todas juntas. Y le contest luego la diosa de ojos brillantes, Atenea: Padre nuestro Cronida, supremo entre los que mandan, claro que aqu l yace v ctima de una muerte justa!
4 , as perezca cualquiera que cometa tales acciones. Pero es por el prudente Odiseo por quien se acongoja mi coraz n, por el desdichado que lleva ya mucho tiempo lejos de los suyos y sufre en una isla rodeada de corriente donde est el ombligo del mar. La isla es boscosa y en ella tiene su morada una diosa, la hija de Atlante, de pensamientos perniciosos, el que conoce las profundidades de todo el mar y sostiene en su cuerpo las largas columnas que mantienen apartados Tierra y Cielo. La hija de ste lo retiene entre dolores y lamentos y trata continuamente de hechizarlo con suaves y astutas razones para que se olvide de Itaca; pero Odiseo, que anhela ver levantarse el humo de su tierra, prefiere morir. Y ni aun as se te conmueve el coraz n, Ol mpico.
5 Es que no te era grato Odiseo cuando en la amplia Troya te sacrificaba v ctimas junto a las naves aqueas? Por qu tienes tanto rencor, Zeus? Y le contest el que re ne las nubes, Zeus: Hija m a, qu palabra ha escapado del cerco de tus dientes! C mo podr a olvidarme tan pronto del divino Odiseo, quien sobresale entre los hombres por su astucia y m s que nadie ha ofrendado v ctimas a los dioses inmortales que poseen el vasto cielo? Pero Poseid n, el que conduce su carro por la tierra, mantiene un rencor incesante y obstinado por causa del C clope a quien aqu l priv del ojo, Polifemo, igual a los dioses, cuyo poder es el mayor entre los C clopes. Lo pari la ninfa Toosa, hija de Forcis, el que se cuida del est ril mar, uni ndose a Poseid n en profunda cueva.
6 Por esto, Poseid n, el que sacude la tierra, no mata a Odiseo, pero lo hace andar errante lejos de su tierra patria. Conque, vamos, pensemos todos los aqu presentes sobre su regreso, de forma que vuelva. Y Poseid n depondr su c lera; que no podr l solo rivalizar frente a todos los inmortales dioses contra la voluntad de stos. Y le contest luego la diosa de ojos brillantes, Atenea: Padre nuestro Cronida, supremo entre los que mandan, si por fin les cumple a los dioses felices que regrese a casa el muy astuto Odiseo, enviemos enseguida a Hermes, al vigilante Argifonte, para que anuncie inmediatamente a la Ninfa de lindas trenzas nuestra inflexible decisi n: el regreso del sufridor Odiseo.
7 Que yo me presentar en Itaca para empujar a su hijo y ponerle valor en el pecho a que convoque en asamblea a los aqueos de largo cabello a fin de que pongan coto a los pretendientes que siempre le andan sacrificando gordas ovejas y cuernitorcidos bueyes de rot tiles patas. Lo enviar tambi n a Esparta y a la arenosa Pilos para que indague sobre el regreso de su padre, por si oye algo, y para que cobre fama da valiente entre los hombres. As diciendo, at bajo sus pies las hermosas sandalias inmortales, doradas, que la suelen llevar sobre la h meda superficie o sobre tierra firme a la par del soplo del viento. Y tom una fuerte lanza con la punta guarnecida de agudo bronce, pesada, grande, robusta, con la que dome a las filas de los h roes guerreros contra los que se encoleriza la hija del padre Todopoderoso.
8 Luego descendi lanz ndose de las cumbres del Olimpo y se detuvo en el pueblo de Itaca sobre el p rtico de Odiseo, en el umbral del patio. Ten a entre sus manos una lanza de bronce y se parec a a un forastero, a Mentes, caudillo de los encontr a los pretendientes. stos complac an su nimo con los dados delante de las puertas y se sentaban en pieles de bueyes que ellos mismos hab an sacrificado. Sus heraldos y sol citos sirvientes se afanaban, unos en mezclar vino con agua en las cr teras, y los otros en limpiar las mesas con agujereadas esponjas; se las pon an delante y ellos se distribu an carne en abundancia. El primero en ver a Atenea fue Tel maco, semejante a un dios; estaba sentado entre los pretendientes con coraz n acongojado y pensaba en su noble padre: ojal viniera e hiciera dispersarse a los pretendientes por el palacio!
9 , ojal tuviera l sus honores y reinara sobre sus posesiones! Mientras esto pensaba sentado entre los pretendientes, vi a Atenea. Se fue derecho al p rtico, y su nimo rebosaba de ira por haber dejado tanto tiempo al forastero a la puerta. Se puso cerca, tom su mano derecha, recibi su lanza de bronce y le dirigi aladas palabras: Bienvenido, forastero, ser s agasajado en mi casa. Luego que hayas probado del banquete, dir s qu precisas. As diciendo, la condujo y ella le sigui , Palas Atenea. Cuando ya estaban dentro de la elevada morada, llev la lanza y la puso contra una larga columna, dentro del pulimentado guardalanzas donde estaban muchas otras del sufridor Odiseo. La condujo e hizo sentar en un sill n y extendi un hermoso tapiz bordado; y bajo sus pies hab a un escabel.
10 Al lado coloc un canap labrado lejos de los pretendientes, no fuera que el hu sped, molesto por el ruido, no se deleitara con el banquete alcanzado por sus arrogancias y para preguntarle sobre su padre ausente. Y una esclava derram sobre fuente de plata el aguamanos que llevaba en hermosa jarra de oro, para que se lavara, y al lado extendi una mesa pulimentada. Luego la venerable ama de llaves puso comida sobre ella y a adi abundantes piezas escogidas, favor ci ndole entre los que estaban presentes. El trinchante les ofreci fuentes de toda clase de carnes que hab an sacado del trinchador y a su lado coloc copas de oro. Y un heraldo se les acercaba a menudo y les escanciaba entraron los arrogantes pretendientes y enseguida comenzaron a sentarse por orden en sillas y sillones.