Transcription of MANUAL DE CARREÑO - castroruben.com
1 File:///D|/Documents%20and%20 A. CARRE O MANUAL DE CARRE O URBANIDAD Y BUENAS MANERAS DEBERES MORALES DEL HOMBRE file:///D|/Documents%20and%20 (1 of 727)1/19/2015 8:31:27 PMfile:///D|/Documents%20and%20 CAP TULO PRIMERODE LOS DEBERES PARA CON DIOS Basta dirigir una mirada al firmamento, o a cualquiera de las maravillas de la creaci n y contemplar instante los infinitos bienes y comodidades que frece la tierra, para concebir desde luego la sabidur a y grandeza de Dios, y todo lo que debemos amor, a su bondad y a su misericordia. En efecto, qui n sino Dios ha creado el mundo y gobierna, qui n ha establecido y conserva es. orden inalterable con que atraviesa los tiempos la masa formidable y portentosa del Universo, qui n vela incesantemente por nuestra felicidad y la de todos los objetos que nos son queridos en la tierra, y por ltimo qui n sino l puede ofrecernos, y nos ofrece, la dicha inmensa de la salvaci n eterna? S mosle, pues, deudores de todo nuestro amor, de toda nuestra gratitud, y de la m s profunda adoraci n y obediencia; y en todas las situaciones de la vida en medio de los placeres inocentes que su mano generosa derrama en el camino de nuestra existencia, como en el seno de la desgracia con que en los juicios inescrutables de su sabidur a infinita prueba a veces nuestra paciencia y nuestra fe, estamos obligados a rendirle nuestros homenajes, y a dirigirle nuestros ruegos fervorosos, para que nos haga merecedores de sus beneficios en el mundo, y de la gloria que reserva a nuestras virtudes en el Cielo.
2 Dios es el ser que re ne la inmensidad de la grandeza y de la perfecci n; y nosotros, aunque criaturas suyas y destinados a gozarle por toda una eternidad, somos unos seres muy humildes e imperfectos; as es que nuestras alabanzas nada pueden a adir a sus soberanos atributos. Pero El se complace en ellas y las recibe como un homenaje debido a la majestad de su gloria, y como prendas de adoraci n y amor que el coraz n le ofrece en la efusi n de sus m s sublimes sentimientos, y nada puede, por tanto, excusarnos de dirig rselas. Tampoco nuestros ruegos le pueden hacer m s justo, porque todos sus atributos son infinitos, ni por otra parte le son necesarios para conocer nuestras necesidades y nuestros deseos, porque El penetra en lo m s ntimo de nuestros corazones, pero esos ruegos son una expresi n sincera del reconocimiento en que vivimos de que El es la fuente de todo bien de file:///D|/Documents%20and%20 (2 of 727)1/19/2015 8:31:27 PMfile:///D|/Documents%20and%20 consuelo y de toda felicidad, y con ellos movemos su misericordia, y aplacamos la severidad de su divina justicia, irritada por nuestras ofensas, porque El es Dios de bondad y su bondad tampoco tiene l mites.
3 Cu n propio y natural no es que el hombre se dirija a su Creador, le hable de sus penas con la confianza de un hijo que habla al padre m s tierno y amoroso, le pida el alivio de sus dolores y el perd n de sus culpas, y con una mirada dulce y llena de unci n religiosa, le muestra su amor y su fe como los t tulos de su esperanza! As al acto de acostarnos como al de levantarnos, elevaremos nuestra alma a Dios; y con todo el fervor de un coraz n sensible y agradecido, le dirigiremos nuestras alabanzas, le daremos gracias por todos sus beneficios y le rogaremos nos los siga dispensando. Le pediremos por nuestros padres, por nuestras familias, por nuestra patria, por nuestros bienhechores y amigos, as como tambi n por nuestros enemigos, y haremos votos por la felicidad del g nero humano, y especialmente por el consuelo de los afligidos y desgraciados, y por aquellas almas que se encuentren extraviadas de la senda de la bienaventuranza. Y recogiendo entonces nuestro esp ritu, y rogando a Dios nos ilumine con las luces de la raz n y de la gracia, examinaremos nuestra conciencia, y nos propondremos emplear los medios m s eficaces para evitar las faltas que hayamos cometido en el transcurso del d a.
4 Tales son nuestros deberes al entregarnos al sue o, y al despertarnos, en los cuales, adem s de la satisfacci n de haber cumplido con Dios y de haber consagrado un momento a la filantrop a, encontraremos la inestimable ventaja de ir diariamente corrigiendo -nuestros defectos, mejorando nuestra condici n moral y avanzando en el camino de la virtud, nico que conduce a la verdadera dicha. Es tambi n un acto debido a Dios, y propio de un coraz n agradecido, el manifestarle siempre nuestro reconocimiento al levantarnos de la mesa. Si nunca debemos olvidarnos de dar las gracias a la persona de quien recibimos un servicio por peque o que sea, con cu nta m s raz n no deberemos darlas a la Providencia cada vez que nos dispensa el mayor de los beneficios, cual es el medio de conservar la vida? En los deberes para con Dios se encuentran refundidos todos los deberes sociales y todas las prescripciones de la moral; as es que el modelo de todas las virtudes, el padre m s amoroso, el hijo m s obediente, el esposo m s fiel, el ciudadano m s til a su Y a la verdad, cu l es la ley humana, cu l el principio, cu l la regla que encamine a los hombres al bien y los aparte del mal, que no tenga su origen en file:///D|/Documents%20and%20 (3 of 727)1/19/2015 8:31:27 PMfile:///D|/Documents%20and%20 Mandamientos de Dios, en esa ley de las leyes, tan sublime y completa cuanto sencilla y breve?
5 D nde hay nada m s conforme con el orden que debe reinar en las naciones y en las familias, con los dictados de la justicia, con los generosos impulsos de la caridad y la noble beneficencia, y con todo lo que contribuye a la felicidad del hombre sobre la tierra, que los principios contenidos en la ley evang lica? Nosotros satisfacemos el sagrado deber de la obediencia a Dios guardando fielmente sus leyes, y las que nuestra Santa Iglesia ha dictado en el uso leg timo de la divina delegaci n que ejerce; y es ste al mismo tiempo, el medio m s eficaz y m s directo para obrar en favor de nuestro bienestar en este mundo, y de la felicidad que nos espera en el seno de la gloria celestial. Pero no es esto todo: los deberes de que tratamos no se circunscriben a nuestras relaciones internas con la Divinidad. El coraz n humano, esencialmente comunicativo, siente una inclinaci n invencible a expresar sus afectos por signos y demostraciones exteriores. Debemos, pues, manifestar a Dios nuestro amor, nuestra gratitud y nuestra adoraci n, con actos p blicos que, al mismo tiempo que satisfagan nuestro coraz n, sirvan de un saludable ejemplo a los que nos observan.
6 Y como es el templo la casa del Se or, y el lugar destinado a rendirle nuestros homenajes, procuremos visitarlo con la posible frecuencia, manifestando siempre en l toda la devoci n y todo el recogimiento que inspira tan sagrado recinto. Los sacerdotes, ministros de Dios sobre la tierra, tienen la alta misi n de mantener el culto divino y de conducir nuestras almas por el camino de la felicidad eterna. Tan elevado car cter nos impone el deber de respetarlos y honrarlos, oyendo siempre con inter s y docilidad los consejos con que nos favorecen, cuando en nombre de su divino maestro y en desempe o de su augusto ministerio nos dirige su voz de caridad y de consuelo. Grande es sin duda la falta en que incurrimos al ofender a nuestros pr jimos, sean stos quienes fueren; pero todav a es mucho m s grave ante los ojos de Dios la ofensa dirigida al sacerdote, pues con ella hacemos injuria a la Divinidad, que le ha investido con atributos sagrados y le ha hecho su representante en este mundo.
7 Concluyamos, pues, el cap tulo de los deberes para con Dios, recomendando el respeto a los sacerdotes, como una manifestaci n de nuestro respeto a Dios mismo, y como un signo inequ voco de una buena educaci n moral, y religiosa. file:///D|/Documents%20and%20 (4 of 727)1/19/2015 8:31:27 PMfile:///D|/Documents%20and%20 TULO SEGUNDODE LOS DEBERES PARA CON LA SOCIEDAD IDeberes para con nuestros padres Los autores de nuestros d as, los que recogieron y enjugaron nuestras primeras l grimas, los que sobrellevaron. las miserias e incomodidades de nuestra infancia, los que consagraron todos sus desvelos a la dif cil tarea de nuestra educaci n y a labrar nuestra felicidad, son para nosotros los seres m s privilegiados y venerables que existen sobre la tierra. En medio de las necesidades de todo g nero a que, sin distinci n de personas ni categor as, est sujeta la humana naturaleza, muchas pueden ser las ocasiones en que un hijo haya de prestar auxilios a sus padres, endulzar sus penas y aun hacer sacrificios a su bienestar y a su dicha.
8 Pero podr acaso llegar nunca a recompensarles todo lo que les debe?, qu podr hacer que le descargue de la inmensa deuda de gratitud que para con ellos tiene contra da? Ah!, los cuidados tutelares de un padre y una madre son de un orden tan elevado y tan sublime, son tan cordiales, tan desinteresados, tan constantes, que en nada se asemejan a los dem s actos de amor y benevolencia que nos ofrece el coraz n del hombre y s lo podemos verlos como una emanaci n de aquellos con que la Providencia cubre y protege a todos los mortales. Cuando pensamos en el amor de una madre, en vano buscamos las palabras con que pudiera pintarse dignamente este afecto incomprensible, de extensi n infinita, de intensidad inexplicable, de inspiraci n divina; y tenemos que remontarnos en alas del m s puro entusiasmo hasta encontrar a Mar a al pie de la cruz, ofreciendo en medio de aquella sangrienta escena el cuadro m s perfecto y m s pat tico del amor materno. S !
9 , all est representado este sentimiento como l es, all est divinizado; y all est consagrado el primero de los t tulos que hacen de la mujer un objeto tan digno y le dan tanto derecho a La consideraci n del hombre. El amor y los sacrificios de una madre comienzan desde que nos lleva en su seno. Cu ntos son entonces sus padecimientos f sicos, cu ntas sus privaciones por file:///D|/Documents%20and%20 (5 of 727)1/19/2015 8:31:27 PMfile:///D|/Documents%20and%20 la vida del hijo que la naturaleza ha identificado con su propio ser, y a quien ya ama con extremo antes de que sus ojos le hayan visto! Cu nto cuidado en sus alimentos, cu nta solicitud y esmero en todos los actos de su existencia f sica y moral, por fundar desde entonces a su querida prole una salud robusta y sana, una vida sin dolores! El padre cuida de su esposa con m s ternura que nunca, vive preocupado de los peligros que la rodean, la acompa a en sus privaciones, la consuela en sus sufrimientos, y se entrega con ella a velar por el dulce fruto de su amor.
10 Y en medio de la inquietud, y de las gratas ilusiones que presenta este cuadro de temor y de esperanza, es m s que nunca digno de notarse cu n ajenos son de un padre y de una madre los fr os y odiosos c lculos del ego smo. Si el hijo que esperan se encuentra tan distante de la edad en que puede serles til; si para llegar a ella les ha de costar tantas zozobras, tantas l grimas y tantos sacrificios; si una temprana muerte puede, en fin, llegar a arrebatarlo a su cari o, haciendo infructuosos todos sus cuidados e ilusorias todas sus esperanzas, qu habr que no sea noble y sublime en esa ternura con que ya le aman y se preparan a colmarle de caricias y beneficios? Nada m s conmovedor, nada m s bello, y ninguna prueba m s brillante de que el amor de los padres es el afecto m s puro que puede albergar en el coraz n humano. Nace al fin el hijo, a costa de crueles sufrimientos, y su primera se al de vida es un gemido, como si el destino asistiera all a recibirle en sus brazos, a imprimir en su frente el sello del dolor que ha de acompa arle en su peregrinaci n de la cuna al sepulcro!