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Velasco, Xavier- Diablo Guardian

Diablo Guardian Xavier Velasco XAVIER VELASCO Diablo GUARDI N 2 A la memoria de Celia Alcalde de la Pe a. D nde est is, ngeles m os, a los que nunca merec ? FIODOR DOSTOIEVSKI, Demonios Desde el principio hasta el final no hay ni una sola cosa recta. Solamente es posible una pregunta: juegas? DAVID GROSS, Chico Zigzag. XAVIER VELASCO Diablo GUARDI N 3 INDICE Introducci 4 Qui n de ellos no era yo?.. 5 Par bola del Buen 8 El hu rfano 10 Vengan esos 14 Pasajeros en 22 Sin pecado concebida .. 26 May sculo Pat bulo .. 42 M s r pida que Superman .. 46 Te jod , Charlie Brown .. 67 Start spread ng the 71 Porquer as de 85 Femme Fatale a 90 Las horas 100 Snoopy se llamaba Supermario .. 104 No olvides que no existo .. 121 La sombra de Mefist feles .. 124 Positivamente 135 Greetings from Golgotha!.. 138 El aullido al 156 Se busca chica mala de buena familia.

XAVIER VELASCO DIABLO GUARDIÁN — 4 — Introducción No lo puedo creer. La última vez que hice esto tenía un sacerdote enfrente. Y tenía una maleta

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1 Diablo Guardian Xavier Velasco XAVIER VELASCO Diablo GUARDI N 2 A la memoria de Celia Alcalde de la Pe a. D nde est is, ngeles m os, a los que nunca merec ? FIODOR DOSTOIEVSKI, Demonios Desde el principio hasta el final no hay ni una sola cosa recta. Solamente es posible una pregunta: juegas? DAVID GROSS, Chico Zigzag. XAVIER VELASCO Diablo GUARDI N 3 INDICE Introducci 4 Qui n de ellos no era yo?.. 5 Par bola del Buen 8 El hu rfano 10 Vengan esos 14 Pasajeros en 22 Sin pecado concebida .. 26 May sculo Pat bulo .. 42 M s r pida que Superman .. 46 Te jod , Charlie Brown .. 67 Start spread ng the 71 Porquer as de 85 Femme Fatale a 90 Las horas 100 Snoopy se llamaba Supermario .. 104 No olvides que no existo .. 121 La sombra de Mefist feles .. 124 Positivamente 135 Greetings from Golgotha!.. 138 El aullido al 156 Se busca chica mala de buena familia.

2 163 Rento par de met foras con poco 181 La rebanada oculta del 185 Tac, tac, 194 Esta vida es un Gulag .. 198 El mal juicio de 210 B same, 213 Ella y yo, de t a t .. 228 XAVIER VELASCO Diablo GUARDI N 4 Introducci n No lo puedo creer. La ltima vez que hice esto ten a un sacerdote enfrente. Y ten a una maleta llen sima de d lares, lista para salvarme del Infierno. Sabes, Diablo Guardi n? Te sobra cola para sacerdote, y aun as tendr a que mentirte para que me absolvieras. T , que eres un tramposo, nunca sentiste como que se te agotaban las reservas de patra as? Ya s que me detestas por decirte mentiras, y m s por esconderte las verdades. Por eso ahora me toca contarte la verdad. Enterita, me entiendes? Escr bela, revu lvela, ll nala de calumnias, hazle lo que t quieras. No es m s que la verdad, y verdades ya ves que siempre sobran. Se orita Violetta, podr a usted contarnos qu tanto hay de verdad en su cochina vida de mentiras?

3 Qu hay de cierto en la witch disfrazada de bitch, come on sugar darling let me scratch your itch? Puta madre, qu horror, no quiero confesarme. Ave Mar a Pur sima: me acuso de ser yo por todas partes. O sea de querer siempre ser otra. Y hasta peor: conseguirlo, aj ? Me acuso de bitchear, witchear y rascuachear, de ser barata como vino en tetrapak, y al mismo tiempo cara, como cualquier coatlicue traicionera. Me acuso de haber robado, no una ni dos veces sino a toda hora y en todo lugar, como chingado pacman cocain mano. Me acuso de acusar al confesor por mis pecados, y de haberlo nombrado Demonio de Mi Guarda sin siquiera explicarle la clase de alima a que estaba contrayendo. Porque a mujeres como yo no las conoces; las contraes. Como los matrimonios y las enfermedades y las deudas. Ay, mi Diablo Guardi n: Dios te lo pague. XAVIER VELASCO Diablo GUARDI N 5 Qui n de ellos no era yo?

4 El Se or est con El sepelio es el fin de la primera persona. Una ocasi n pomposa donde unos cuantos ellos despiden a otro yo de su nosotros, a la vez que lo env an a otro ellos, m s hondo e insondable. Ellos: los que no est n, ni van a estar. Los que, si un d a estuvieran, nos har an correr despavoridos. o no es as , despavoridos como dicen que corren los que huyen de los muertos? Lo m s f cil, e incluso lo m s l gico, ser a que enterr semos a nuestros difuntos en el jard n de la que fue su casa. Pero entonces ya nadie se sentir a en su casa, ni en su mundo, sino s lo en el de ellos. los temibles difuntos , a quienes conducimos al pante n para poner entre ellos y nosotros no s lo tierra, sino de preferencia un mundo de por medio. Por m s que a oremos a nuestros muertos, no queremos estar ni un instante en su mundo. Ni respirar su aire, ni mirar su paisaje. Desde la cripta de la familia Macotela, camuflado por el olvido de los vivos, Pig divide el paisaje de tumbas sobre tumbas sobre tumbas en dos: a izquierda y a derecha de la mole blanca: una grandilocuente cripta en condominio a cuyo borde abre las alas una gran paloma, entre chispas doradas que acusan la presencia de la Tercera Persona de la Trinidad.

5 Son cinco pisos, con nueve b vedas en cada uno: cuarentaicinco departamentos, amparados por el titulo impreso entre el cuarto y el quinto piso: Hijos Predilectos del Esp ritu Santo Ocho criptas vac as: en ninguna cabr a entero un muerto, pero s las cenizas de varios. Cuarentaicinco menos ocho igual a treintaisiete. Cu ntas urnas por cripta? Cuatro, tal vez. Cuatro por treintaisiete igual a ciento cuarentaiocho. Eso, claro, si las que est n ocupadas tienen ya sus cuatro. Potencialmente, la cripta en condominio podr a albergar hasta ciento ochenta inquilinos. Pig calcula: un metro de profundidad por diez de ancho. Diez metros cuadrados. Es decir, a dieciocho difuntos por metro cuadrado. La familia Macotela, en cambio, posee un espacio que Pig estima en cuando menos tres por cuatro: doce metros cuadrados, todos ellos en honor a los cuatro inquilinos que para siempre y a sus anchas reposan en el s tano, cada uno con tres metros cuadrados de terreno a su disposici n, en dos c modas plantas.

6 Por ah de las cinco de la tarde de un lunes soleado que se mira sombr o a trav s de los vidrios opacos de la cripta Macotela, Pig concluye que una mujer como Violetta jam s tolerar a ni muerta, ni en cenizas terminar sus d as en ese palomar, soportando adem s el t cito desd n de los se ores Macotela, condenados a contemplar a perpetuidad el paisaje de la miseria encaramada sobre si misma. Qui n iba a convencer a Violetta de la predilecci n de la Tercera Persona del Verbo quien es pero no es una paloma por lo que a todas luces era un palomar? Tiene acaso mal gusto el Esp ritu Santo? Pig sofoca una risa nerviosa, inoportuna, est pida. Podr a andar por ah un enterrador, un aguador, un deudo: nadie quiere escuchar risas idiotas saliendo de las criptas. Con frecuencia se r e de chistes malos, insulsos, como si todo el acto de re rse fuese una suerte de certificaci n: Ah, ya entiendo.

7 Qu es lo que Pig entiende, en este caso? Concretamente, que no todos los fans de la Tercera Persona del Verbo tienen acceso a su camerino. Y entonces se le ocurre que Violetta no dudar a en tachar hijos y escribir en su lugar siervos, ni en un rato despu s volver para tachar siervos y escribir criados. Pero qu no un cristiano de verdad humilde tendr a que considerarse criado, antes que siervo? XAVIER VELASCO Diablo GUARDI N 6 Cuando los vio venir, Pig llevaba tres horas esperando. Entr poco antes de las dos de la tarde, aprovechando el vuelo bajo de un avi n para darle el jal n a la llave de cruz, y as probar el choque el ctrico del miedo tras el estruendo sordo del pestillo al quebrarse. Se hab an roto las bisagras, adem s. En todo caso desde afuera no se notaba. La puerta se abr a sola, pero Pig la cerr a fuerza de atorarla con la misma oficiosa herramienta.

8 Pasada medianoche, hab a llamado a la casa de la familia. La madre se quej , pero apenas le mencion la palabra procuradur a , su tono se hizo abruptamente d cil, y hasta obsequioso. Le dio todos los datos: el pante n, la secci n, la cripta, la hora del sepelio: cinco de la tarde. Suficiente para estar ah a tiempo, pero no todav a para no ser visto: cosa dif cil un lunes por la tarde, cuando las tumbas est n casi tan solas como de noche, y las raras visitas son m s que notorias. Por eso Pig lleg tres horas antes, y no bien hubo reventado la chapa se tendi sobre los primeros escalones que llevan hacia el s tano, tras los cristales convenientemente oscuros de Chez Macotela: una trinchera t trica que lo obliga a mirar todo el tiempo hacia arriba y hacia afuera. Desde entonces ha dedicado los minutos a contar las cruces en ambos lados del paisaje, a calcular la cantidad de criptas necesarias para enterrar a todos los habitantes de la ciudad, a imaginar los m s probables comentarios de Violetta, y entonces cada vez ha vuelto a los n meros, como ni o perdido a las faldas de su abuela.

9 Cuando uno se ha quedado solo entre los muertos, decidido a fisgar un entierro al que no fue invitado, las matem ticas acuden como legitimas enviadas del Esp ritu Santo. Un entierro sin tierra, ni ata d, ni gusanos; un encierro, m s bien. No quer a perderse los detalles, ni pod a correr el riesgo de que lo vieran. El nico peligro inevitable era que un deudo de los Macotela muertos hacia treinta, cuarenta a os tuviera la fatal ocurrencia de ir a visitarlos en la tarde del lunes. Se es todav a deudo luego de cuatro d cadas del tr gico suceso? Con tan escasos momios en su contra, Pig termin por apreciar el privilegio de los Macotela sobre los Hijos Predilectos del Esp ritu Santo. Especialmente luego de verlos venir: dos, cuatro, ocho en total. La familia Rosas, m s dos enterradores o encerradores , el sacerdote y su ayudante. Un cortejo discreto y breve. dos calificativos que igual describen a un sepelio que al nimo de pronto amedrentado de quienes prefirieron asistir sin otras compa as al evento.

10 No pod a escucharlos. Se interpon an el cristal y los nueve o diez metros que alejaban al multifamiliar del mausoleo. A cambio, los miraba con una nitidez obscena, y en momentos dudaba si no lo hab an visto. El padre iba cargando la urna, la madre un oso de peluche rosa. Atr s, los dos hermanos caminaban con las manos metidas en las bolsas de las chamarras: Miami Dolphins, Dallas Cowboys. Pig volv a a sentir las ganas de re rse, porque quiz s con una carcajada hist rica y adolorida lograr a vencer los agobios que oprimen a la primera persona del singular cuando lleva tres horas oculta entre los muertos, y acto seguido es invitada a presenciar una escena que seria insoportable si no fuera, antes que eso, pat tica. Ya Violetta se hab a cansado de acusarlos: rehenes permanentes de la opini n ajena. Especialmente en ese trance, con sus caras de no soy yo el que est aqu con el dolor vestido a tiempo de pudor, a su vez disfrazado, aunque jam s a tiempo, de una dignidad meramente decorativa.


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