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1 EL Libro QUE MATA A LA Muerte O Libro DE LOS JINAS Don Mario Roso de Luna ---------------------------------------- ---------------------------------------- ------------------------------- Instituto Cultural Quetzalcoatl de Antropolog a Psicoanal tica, Portal El Libro que mata a la Muerte Don Mario Roso de Luna Instituto Cultural Quetzalcoatl (Gnosis) 2 INDICE INTRODUCCI N ..3 CAP TULO PRIMERO EL OTRO MUNDO Y LA HIPERGEOMETR A ..9 CAP TULO II LA HIPERGEOMETR A Y LA SABIDUR A ANTIGUA ..20 CAP TULO III EL EXPERIMENTAL Y EL ANAL CAP TULO IV EL ETERNO PROBLEMA DE LA Muerte Y DE LA VIDA ..42 CAP TULO V LA Muerte Y LOS ANTIGUOS MISTERIOS INICI CAP TULO VI. EL DIVINO PLAT N Y SU " ".
2 64 CAP TULO VII. PABLO, EL INICIADO CAP TULO VIII. LA HISTORIA Y LOS "JINAS" ..86 CAP TULO IX. PROSIGUEN LAS HISTORIAS DE LOS "JINAS" ..97 CAP TULO X. ORIENTE Y EL MUNDO DE LOS "JINAS"..107 CAP TULO XI. LOS "JINAS" CAP TULO XII. MAS SOBRE LOS "JINAS" CAP TULO XIII. EL PUEBLO HEBREO Y LOS "JINAS" ..137 CAP TULO XIV. EL AS EL "JINA" ..147 CAP TULO XV. EL CRISTIANISMO Y LOS "JINAS" ..157 CAP TULO XVI. LOS "JINAS" Y SUS LAGOS SAGRADOS O INICI CAP TULO XVII. LOS "JINAS" EN EL "COR N"..177 CAP TULO XVIII. MUNDO, SUB MUNDO y SUPRAMUNDO ..187 CAPiTULO XIX. LOS "JINAS" EN "LAS MIL Y UNA NOCHES" ..198 CAP TULO XX. LA LITERATURA CABALLERESCA ES LITERATURA "JINA"..208 CAP TULO XXI. EL "DON QUIJOTE DE LA MANCHA" Y LOS "JINAS".
3 218 CAP TULO XXII. "JINAS" Y TROGLODITAS ..228 CAP TULO XXIII. LOS "JINAS" Y ROMA ..238 CAP TULO XXIV. EL MITO OCCIDENTAL DE LOS "JINAS"..248 CAP TULO XXV. LOS ALFABETOS "JINAS" y LA CAP TULO XXVI. LOS CELTAS Y SUS DRUIDAS ..269 CAP TULO XXVII. ARIOS Y "JINAS"..279 CAP TULO XXVIII. LOS "JINAS" Y LA FILOLOG A ..289 CAP TULO XXIX. LA CUARTA DE LAS INTERROGACIONES DE LA ESFINGE ..299 CAP TULO XXX. "LA Muerte DE LA Muerte " OPERADA POR LA FILOSOF A ..309 El Libro que mata a la Muerte Don Mario Roso de Luna Instituto Cultural Quetzalcoatl (Gnosis) 3 INTRODUCCI N "Et l'insens d ja croyait, comme aujourd'hui que I' me commen it et finissait en lui" LAMARTINE. La Ch te d'un ge. Homo divina est stirpis origo. PIT GORAS.
4 Versos ureos. Non est umbra tenebrae, sed vet tenebrarum vestigium in lumine, vel luminie vestigium in tenebris. GIORDANO BRUNO. La g nesis de esta obra, cuya segunda edici n damos hoy al p blico, es por dem s curiosa. Al leer por primera vez el c lebre Libro Old diary leaves ("Hojas de un viejo diario"), del presidente-fundador de la Sociedad Teos fica, Henry Steel Olcott, nos hubieron de causar la m s viva impresi n determinados pasajes relativos a la residencia de ste y de H. P. Blavatsky en la India. Eran estos pasajes, en efecto, algo de tal naturaleza, que ning n lector sensato puede dejarlos pasar sin serio estudio o sin solemne protesta. Uno de los indicados pasajes se refer a a cierta quinta en la costa de las inmediaciones de Bombay, adonde la reci n llegada H.
5 P. hubo de llevar en carruaje a uno de sus nuevos amigos. En la quinta, que era muy hermosa y llena de rosales floridos, sali a recibir a H. P. B. un venerable hind del tipo de los que los te sofos llamamos Mahatmas o Maestros, mientras que sta ordenaba a su acompa ante que "por nada ni por nadie se moviese del carruaje si estimaba en algo su vida". H. P. B. penetr en la quinta con el hind , y a la salida recogi de manos de l un espl ndido ramillete de rosas con encargo de que le fuesen regaladas al coronel Olcott. De regreso ya en casa de los viajeros, hubo de entablarse entre los de la tertulia de H. P. B. viva discusi n, pues todos afirmaban, como buenos conocedores de Bombay, que por semejantes sitios no exist a quinta alguna y s un espeso bosque, mientras que el acompa ante juraba con plena seguridad y aplomo que l hab a visto la quinta con sus propios ojos y hasta podr a conducir otra vez a sus puertas a quien apostase en contra de l.
6 H. P. B. sonre a, asegurando que l no ser a capaz de semejante haza a, por lo que perder a la apuesta, como efectivamente sucedi , por cuanto, despu s de vagar aqu l largas horas por el bosque con los de la apuesta, y creyendo siempre llegar a la orilla del mar, se ve an l y los que con l iban, fatalmente llevados al lado H. P. B. asegur despu s que la tal quinta era un punto de cita o lugar de reuni n de algunos Maestros, y que su acceso a ella, m s a n, su misma visi n, estaba protegida contra los profanos por una "maya" o ilusi n de los sentidos, que no les permit a el llegarse hasta all , a no ser en compa a de alguien como H. P. Otro de los casos de Olcott se refer a a cierto pobre maestro de escuela de Benar s, que recib a con frecuencia de la madre de uno de sus educandos peque os obsequios.
7 El profesor, agradecido, quiso un d a visitar a los padres de su alumno, a lo que ste replic "que no sab a si ello ser a posible". Por fin, de all a pocos d as, el muchacho vino una vez con la noticia de que sus padres acoger an con gusto al maestro, "siempre que ste jurase previamente que no revelar a a nadie el camino que conduc a hasta su mansi n, y que si luego el visitante faltaba alg n d a a su juramento, al punto quedar a ciego". Hizo su promesa el maestro y sali con su disc pulo hacia las afueras de la poblaci n. Ya en pleno campo, y cuando aqu l tem a ser v ctima de una emboscada o de una burla. he aqu que el chiquillo se detiene; exige de nuevo la ratificaci n del juramento, y realizada sta, un simple empuj n 1 Iniciales de H.
8 P. Blavatsky con las que esta insigne escritora es conocida por los te sofos. El Libro que mata a la Muerte Don Mario Roso de Luna Instituto Cultural Quetzalcoatl (Gnosis) 4 dado por el chico a una piedra que por all hab a dej expedita la bajada al mundo subterr neo o mundo de los jinas, literalmente "el otro mundo", donde el at nito visitante fue cari osamente recibido y obsequiado por los padres de su alumno, quienes viv an, repetimos en un mundo por completo "semejante al nuestro en casas, calles, templos, etc." Desde entonces, a ade Olcott con toda su cl sica serie dad, la fortuna del profesor cambi radicalmente; de pobre que siempre fuera, result rico "por los tesoros de los jinas"; pero infatuado un d a quiso revelar a otros el camino de aquel mundo faltando a sus juramentos, y al llegar con ellos hasta la piedra de marras, qued instant neamente ciego!
9 El tercero de los hechos en cuesti n es el de aquel Hass n Khan, de Benar s, quien, dice Olcott, "pose a el arte de su padre, que era un gran ocultista y que le hab a iniciado seriamente con ceremonias m gicas en la sublime Ciencia, d ndole poder sobre siete daimones familiares cual los de Numa y S crates, bajo la condici n estricta de llevar una vida moral y temperante. Sus pasiones, sin embargo, arrastraron a Hass n, y sus siete "astrales criados" se le hab an ido escapando uno tras otro a su " El cuarto de los casos de Olcott es el de la visita que l hiciera con H. P. B. a las c lebres grutas de Karli, donde entre mil rarezas relativas a retiros solitarios de Maestros en el interior de las criptas del arcaico y venerando hipogeo, a resortes secretos que hacen girar a ciertas piedras como las del subterr neo anterior, o el famoso de Aladino el jina, y a otras cosas a este tenor, ve el bravo coronel, mientras descansa en la explanada de fuera, c mo se le acerca inopinadamente un raro "shad " o disc pulo de Vishn conduciendo a una vaca de cinco "patas" (la quinta pata colgando del morrillo como una fant stica excrescencia), hombre que, despu s de hablarle un momento, se esfuma en su presencia misma como neblina de lago.
10 Otros muchos casos semejantes narrados ingenuamente por el coronel aqu y all de su Diario o "Historia aut ntica de la Sociedad Teos fica" no hicieron sino exacerbar nuestra ya excitada curiosidad hasta un grado incre ble. Ora se trataba de un inopinado visitante hind que, en plena redacci n de un peri dico en Nueva York les ense a a los redactores un extra o Libro , da sus se as, las de una librer a de estampas religiosas!, y luego desaparece, dej ndoles a todos asombrados; ora de otro tal que en el propio sal n de la casa de Olcott le hace ver a ste "en un cubo o recinto del mismo" la m s horrenda y variada de las faunas astrales; o, en fin, se ve el historiador de los primeros tiempos de la Sociedad visitado dos o tres veces por alguno de aquellos Maestros, quienes hasta le dejan cortar, para prueba de que no se trataba de ninguna alucinaci n, un pedazo de su turbante de muselina, que el coronel conserv en su poder luego muchos a os y ense a quien le quiso ver.