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EL DIOSERO - Telesecundarias

EL DIOSERO Francisco Rojas Gonz lez EL DIOSERO Francisco Rojas Gonz lez El DIOSERO Para esta digitalizaci n, se ha insertado la portada original de la 6 reimpresi n en 1974 en la p gina anterior. El proyecto Al fin liebre ediciones digitales intenta hacer referencias a todos los datos originales posibles de las publicaciones de donde se toman los textos. Tomado de: ROJAS GONZ LEZ, Francisco. El DIOSERO . col. Letras Mexicanas . 1 ed. M xico. Fondo de Cultura Econ mica, 1952. Colecci n Popular. 6 reimpresi n. M xico. Fondo de Cultura Econ mica, 1974). 131 pp. * Los n meros de p gina no se corresponden con el original. De esta digitalizaci n: Dise o de portada Froy-Balam Imagen de portada Lacandones man fotograf a de Everardt, disponible en: < > Digitalizado en Xalapa, Ver. C mo citar este documento?

El diosero Para esta digitalización, se ha insertado la portada original de la 6ª reimpresión en 1974 en la página anterior. El proyecto ―Al fin liebre ediciones digitales‖

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1 EL DIOSERO Francisco Rojas Gonz lez EL DIOSERO Francisco Rojas Gonz lez El DIOSERO Para esta digitalizaci n, se ha insertado la portada original de la 6 reimpresi n en 1974 en la p gina anterior. El proyecto Al fin liebre ediciones digitales intenta hacer referencias a todos los datos originales posibles de las publicaciones de donde se toman los textos. Tomado de: ROJAS GONZ LEZ, Francisco. El DIOSERO . col. Letras Mexicanas . 1 ed. M xico. Fondo de Cultura Econ mica, 1952. Colecci n Popular. 6 reimpresi n. M xico. Fondo de Cultura Econ mica, 1974). 131 pp. * Los n meros de p gina no se corresponden con el original. De esta digitalizaci n: Dise o de portada Froy-Balam Imagen de portada Lacandones man fotograf a de Everardt, disponible en: < > Digitalizado en Xalapa, Ver. C mo citar este documento?

2 ROJAS GONZ LEZ, Francisco. El DIOSERO . [en l nea] Xalapa, Ver., AL FIN LIEBRE EDICIONES DIGITALES. 2009. 96 pp. [ref. aqu se pone la fecha de consulta: d a del mes de a o-]. Disponible en Web: < > AL FIN LIEBRE EDICIONES DIGITALES 2 0 0 9 NDICE 01. LA TONA .. 6 02. LOS NOVIOS .. 13 03. LAS VACAS DE QUIVIQUINTA .. 19 04. H CULI HUALULA .. 26 05. EL CENZONTLE Y LA VEREDA .. 35 06. LA PAR BOLA DEL JOVEN TUERTO .. 41 07. LA VENGANZA DE CARLOS MANGO .. 46 08. NUESTRA SE ORA DE NEQUETEJ .. 54 09. LA CABRA EN DOS PATAS .. 61 10. EL DIOSERO .. 69 11. LOS DIEZ RESPONSOS .. 78 12. LA PLAZA DE XOXOCOTLA .. 84 13. LA TRISTE HISTORIA DEL PASCOLA CENOBIO .. 89 LA TONA EL DIOSERO Francisco Rojas Gonz lez 7 Crisanta descendi por la vereda que culebreaba entre los pe ascos de la loma clavada entre la aldehuela y el r o, de aquel r o bronco al que tributaban los torrentes que, abri ndose paso entre jarales y yerbajos, se precipitaban arrastrando tras s costras de roble hurtadas al monte.

3 Tendido en la hondonada, Tapijulapa, el pueblo de indios pastores. Las torrecitas de la capilla, patinadas de fervores y lamosas de a os, perforaban la nube aprisionada entre los brazos de la cruz de hierro. Crisanta, india joven, casi ni a, bajaba por el sendero; el aire de la media tarde calosfriaba su cuerpo encorvado al peso de un tercio de le a; la cabeza gacha y sobre la frente un manojo de cabellos empapados de sudor. Sus pies garras a ratos, pezu as por momentos resbalaban sobre las lajas, se hund an en los l quenes o se asentaban como extremidades de plant grado en las planadas del Los muslos de la hembra, negros y macizos, asomaban por entre los harapos de la enagua de algod n, que alzaba por delante hasta arriba de las rodillas, porque el vientre estaba urgido de pre la marcha se hac a m s penosa a cada paso; la muchacha deten ase por instantes a tomar alientos; mas luego, sin levantar la cara, reanudaba el camino con mpetus de bestia que embistiera al fantasma del aire.

4 Pero hubo un momento en que las piernas se negaron al impulso, vacilaron. Crisanta alz por primera vez la cabeza e hizo vagar sus ojos en la extensi n. En el rostro de la mujercita zoque cay un velo de angustia; sus labios temblaron y las aletas de su nariz latieron, tal si olfatearan. Con pasos inseguros la india busc las riberas; dir ase llevada entonces por un instinto, mejor que impulsada por un pensamiento. El r o estaba cerca, a no m s de veinte pasos de la vereda. Cuando estuvo en las m rgenes, desat el mecapal anudado en su frente y con apremios deposit en el suelo el fardo de le a; luego, como lo hacen todas las zoques, todas: la abuela, la madre, la hermana, la amiga, la enemiga, remang hasta arriba de la cintura su faldita andrajosa, para sentarse en cuclillas, con las piernas abiertas y las manos crispadas sobre las rodillas amoratadas y speras.

5 Entonces se esforz al lancetazo del dolor. Respir profunda, irregularmente, tal si todas las dolencias hubi ransele anidado en la garganta. Despu s hizo de sus manos, de aquellas manos duras, agrietadas y rugosas de fatigas, utensilios de consuelo, cuando las pas por el excesivo vientre ahora convulso y acalambrado. Los ojos escurr an l grimas que EL DIOSERO Francisco Rojas Gonz lez 8 brotaban de las escler ticas congestionadas. Pero todo esfuerzo fue vano. Llev despu s sus dedos, nicos instrumentos de alivio, hasta la entrepierna ardorosa, tumefacta y de ah los separ por in Luego los encaj en la tierra con fiereza y as los mantuvo, pujando rabia y desesperaci De pronto la sed se hizo otra y all fue, arrastr ndose como coyota, hasta llegar al r o: tendi se sobre la arena, intent beber, pero la n usea se opuso cuantas veces quiso pasar un trago; entonces mugi si desesperaci n y rod en la arena entre convulsiones.

6 As la hall Sim n su marido. Cuando el mozo lleg hasta su Crisanta, ella lo recibi con palabras duras en lengua zoque; pero Sim n se hab a hecho sordo. Con delicadeza la levant en brazos para conducirla a su choza, aquel jacal pajizo, incrustado en la falda de la loma. El hombrecito deposit en el petate la carga tr mula de dos vidas y fue en busca de Altagracia, la comadrona vieja que mor a de hambre en aquel pueblo en donde las mujeres se las arreglaban solas, a orillas del r o, sin m s ayuda que sus manos, su esfuerzo y sus gemidos. Altagracia vino al jacal seguida de Sim n. La vieja encendi un manojo de ocote que dej arder sobre una olla, en seguida, con ademanes complicados y posturas misteriosas, se arrodill sobre la tierra apisonada, rez un credo al rev s, empezando por el am n para concluir en el .. padre, Dios en creo ; f rmula, seg n ella, linda para sacar de apuros a la m s comprometida.

7 Despu s sigui practicando algunos tocamientos sobre la barriga deforme. No te apures, Sim n, luego la arreglamos. Esto pasa siempre con las Hum, las veces que me ha tocado batallas con ! dijo. Obre Dios contest el muchacho mientras echaba a la fogata una raja resinosa. Hace mucho que te empezaron los dolores hija? Y Crisanta tuvo por respuesta s lo un rezongo. Vamos a ver, muchacha sigui Altagracia : dobla tus As , flojas. Resuella hondo, puja, puja fuerte cada vez que te venga el M s fuerte, m Grita, ! Crisanta hizo cuanto se le dijo y m s; sus piernas fueron hilachos, rugi hasta enronquecer y sangr sus pu os a mordidas. Vamos, ay dame muchachita suplic la vieja en los momentos en que pasaba rudamente sus manos sobre la barriga relajada, pero terca en conservar la Y los dedazos de u as corvas y negras echaban toda su habilidad, toda su experiencia, todas sus ma as en los frotamientos que empezaban en las mamas rotundas, para acabar en la pelvis abultada y lampi a.

8 Sim n, entre tanto, hab ase acurrucado en un rinc n de la choza; entre sus piernas un trozo de madera destinado a ser cabo de azad n. El chirrido de la EL DIOSERO Francisco Rojas Gonz lez 9 lima que aguzaba un extremo del mango distra a el enervamiento, robaba un poco la ansiedad del muchacho. Anda, madrecita, grita por vida Puja, enconraj Dime chiches de perra; pero date Pare, haragana. Pare hembra o macho, pero Cristo de Esquipulas! La joven no hac a esfuerzo ya; el dolor se hab a apuntado un triunfo. Sim n trataba ahora de insertar a golpes el mango dentro del arillo del azad n; de su boca entreabierta sal an sonidos roncos. Altagracia sudorosa y desgre ada, con las manos tiesas abiertas en abanico, se volvi hacia el muchacho quien hab a logrado, por fin, introducir el astil en la argolla de la azada; el trabajo hab a alejado un poco a su pensamiento del sitio en que se escenificaba el drama.

9 Todo es de balde, Sim n, viene de nalgas dijo la vieja a gritos, mientras se limpiaba la frente con el dorso de su diestra. Y Sim n, como si volviese del sue o, como si hubiese sido sustra do por las destempladas palabras de una regi n luminosa y apacible: De nalgas? y hora qu ? La vieja no contest ; su vista vagaba por el techo del jacal. De ah dijo de pronto , de ah , de la viga madre cuelga la coyunda para hacer con ella el Pero pronto, mu vete orden Altagracia. No, eso no gimi l. Anda, vamos a hacer la ltima Cuelga la coyunda y ay dame a amarrar a la muchacha por los sobacos. Sim n trep sin chistar por los amarres de los muros pajizos e hizo pasar la cinta de jarcia sobre el morillo horizontal que sosten a la techumbre. Jala fuerte, con ganas. Hum, no pareces ! Jala, demonio. A poco Crisanta era un t tere que pateaba y se retorc a pendiente de la coyunda.

10 Altagracia al cuerpo de la Ahora m s que pelele, era una p ndola de tragedia, un pez n de Pero Crisanta ya no hac a nada por ella, hab a ca do en un desmayo convulsivo. Corre, Sim n dijo Altagracia con acento alarmado , ve a la tienda y compra un peso de chile seco; hay que ponerlo en las brasas para que el humo la haga toser. Ella ya no puede, se est Mientras t vas y vienes, yo sigo mi lucha con ayuda de EL DIOSERO Francisco Rojas Gonz lez 10 Dios y de Mar a Sant Le voy a trincar la cintura con mi rebozo, a ver si as Corre por vida tuya! Sim n ya no escuch las ltimas palabras de la vieja; hab a salido en carrera para cumplir el encargo. En el camino tropez con Trinidad P rez, su amigo el pe n de la carretera inconclusa que pasaba a corta distancia de Tapijulapa. Agu rdate, hombre, saluda siquiera grit Trinidad P rez Aquella est pariendo desde antes de que el sol se metiera y es hora que todav a no puede inform el otro sin detenerse.


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