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La Ilíada - ILCE

La Il ada Homero Siglo VIII 0 . LA IL ADA. CANTO I. peste C lera .. 3. CANTO II. Sue o- Beocia o cat logo de las naves .. 26. CANTO III. Juramentos- Contemplando desde la muralla Combate singular de Alejandro y Menelao .. 57. CANTO IV. Violaci n de los juramentos Agamen n reuista las tropas .. 73. CANTO V. Principal a de Diomedes .. 92. CANTO VI. Coloquio de H ctor y Andr 124. CANTO VII. Combate singular de H ctor y Ayante.. 143. Levantamiento de los cad veres .. 143. CANTO VIII. Batalla 160. CANTO IX.

al sacerdote, a quien no devolvió la hija ni admitió el rescate. Por esto el que hiere de lejos nos causó males y todavía nos causará otros. Y no librará a los dánaos de la odiosa peste, hasta que sea restituida a su padre, sin premio ni rescate, la joven de ojos vivos, y llevemos a Crisa una sagrada hecatombe. Cuando

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  Peste

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1 La Il ada Homero Siglo VIII 0 . LA IL ADA. CANTO I. peste C lera .. 3. CANTO II. Sue o- Beocia o cat logo de las naves .. 26. CANTO III. Juramentos- Contemplando desde la muralla Combate singular de Alejandro y Menelao .. 57. CANTO IV. Violaci n de los juramentos Agamen n reuista las tropas .. 73. CANTO V. Principal a de Diomedes .. 92. CANTO VI. Coloquio de H ctor y Andr 124. CANTO VII. Combate singular de H ctor y Ayante.. 143. Levantamiento de los cad veres .. 143. CANTO VIII. Batalla 160. CANTO IX.

2 Embajada a Aquiles- S plicas .. 181. CANTO X. 204. CANTO XI. Principal a de Agamen n .. 225. CANTO XII. Combate en la 255. CANTO XIII. Batalla junto a las naves .. 271. CANTO XIV. Enga o de Zeus .. 301. CANTO XV. Nueva ofensiva desde las naves .. 320. 1. CANTO XVI. Patroclea .. 347. CANTO XVII. Principal a de Menelao .. 378. CANTO XVIII. Fabricaci n de las armas .. 407. CANTO XIX. Renunciamiento de la c lera .. 429. CANTO XX. Combate de los dioses .. 444. CANTO XXI. Batalla junto al r o .. 462. CANTO XXII.

3 Muerte de H ctor .. 485. CANTO XXIII. Juegos en honor de Patroclo .. 504. CANTO XXIV. Rescate de H ctor .. 537. 2. CANTO I. peste C lera Despu s de una corta invocaci n a la divinidad para que cante "la perniciosa ira de Aquiles", nos refiere el poeta que Crises, sacerdote de Apolo, va al campamento aqueo para rescatar a su hija, que hab a sido hecha cautiva y adjudicada como esclava a Agamen n; ste desprecia al sacerdote, se niega a darle la hija y lo despide con amenazadoras palabras; Apolo, indignado, suscita una terrible peste en el campamento.

4 Aquiles re ne a los guerreros en el gora por inspiraci n de la diosa Hera, y, habiendo dicho al adivino Calcante que hablara sin miedo, aunque tuviera que referirse a Agamen n, se sabe por fin que el comportamiento de Agamen n con el sacerdote Crises ha sido la causa del enojo del dios. Esta declaraci n irrita al rey, que pide que, si ha de devolver la esclava, se le prepare otra recompensa; y Aquiles le responde que ya se la dar n cuando tomen Troya. As , de un modo tan natural, se origina la discordia entre el caudillo supremo del ej rcito y el h roe m s valiente.

5 La ri a llega a tal punto que Aquiles desenvaina la espada y habr a matado a Agamen n si no se lo hubiese impedido la diosa Atenea; entonces Aquiles insulta a Agamen n, ste se irrita y amenaza a Aquiles con quitarle la esclava Briseida, a pesar de la prudente amonestaci n que le dirige N stor; se disuelve el gora y Agamen n env a a dos heraldos a la tienda de Aquiles que se llevan a Briseida; Ulises y otros griegos se embarcan con Briseida y la devuelven a su padre; y, mientras tanto, Aquiles pide a su madre Tetis que suba al Olimpo a impetre de Zeus que conceda la victoria a los troyanos para que Agamen n comprenda la falta que ha cometido; Tetis cumple el deseo de su hijo, Zeus accede, y este hecho produce una violenta disputa entre Zeus y Hera, a quienes apacigua su hijo Hefesto; la concordia vuelve a reinar en el Olimpo y los dioses celebran un fest n espl ndido hasta la puesta del sol, en que se recogen en sus palacios.

6 Canta, oh diosa, la c lera del Pelida Aquiles; c lera funesta que caus infinitos males a los aqueos y precipit al Hades muchas almas valerosas de h roes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves -cumpl ase la voluntad de Zeus- desde que se separaron disputando el Atrida, rey de hombres, y el divino Aquiles. Cu l de los dioses promovi entre ellos la contienda para que pelearan? El hijo de Leto y de Zeus. Airado con el rey, 3. suscit en el ej rcito maligna peste , y los hombres perec an por el ultraje que el Atrida infiriera al sacerdote Crises.

7 Ste, deseando redimir a su hija, se hab a presentado en las veleras naves aqueas con un inmenso rescate y las nfulas de Apolo, el que hiere de lejos, que pend an de ureo cetro, en la mano; y a todos los aqueos, y particularmente a los dos Atridas, caudillos de pueblos, as les suplicaba: - Atridas y dem s aqueos de hermosas grebas! Los dioses, que poseen ol mpicos palacios, os permitan destruir la ciudad de Pr amo y regresar felizmente a la patria! Poned en libertad a mi hija y recibid el rescate, venerando al hijo de Zeus, a Apolo, el que hiere de lejos.

8 Todos los aqueos aprobaron a voces que se respetara al sacerdote y se admitiera el espl ndido rescate; mas el Atrida Agamen n, a quien no plugo el acuerdo, le despidi de mal modo y con altaneras voces: -No d yo contigo, anciano, cerca de las c ncavas naves, ya porque ahora demores tu partida, ya porque vuelvas luego, pues quiz s no te valgan el cetro y las nfulas del dios. A. aqu lla no la soltar ; antes le sobrevendr la vejez en mi casa, en Argos, lejos de su patria, trabajando en el telar y aderezando mi lecho.

9 Pero vete; no me irrites, para que puedas irte m s sano y salvo. As dijo. El anciano sinti temor y obedeci el mandato. Fuese en silencio por la orilla del estruendoso mar; y, mientras se 4. alejaba, dirig a muchos ruegos al soberano Apolo, a quien pari . Leto, la de hermosa cabellera: - yeme, t que llevas arco de plata, proteges a Crisa y a la divina Cila, a imperas en T nedos poderosamente! Oh Esminteo! Si alguna vez adorn tu gracioso templo o quem en tu honor ping es muslos de toros o de cabras, c mpleme este voto: Paguen los d naos mis l grimas con tus flechas!

10 As dijo rogando. Oy le Febo Apolo e, irritado en su coraz n, descendi de las cumbres del Olimpo con el arco y el cerrado carcaj en los hombros; las saetas resonaron sobre la espalda del enojado dios, cuando comenz a moverse. Iba parecido a la noche. Sent se lejos de las naves, tir una flecha y el arco de plata dio un terrible chasquido. Al principio el dios disparaba contra los mulos y los giles perros; mas luego dirigi sus amargas saetas a los hombres, y continuamente ard an muchas piras de cad veres.


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