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Los viajes de Gulliver - Cuentos infantiles

Los viajes de Gulliver Autor: Jonathan Swift Durante muchos d as, el hermoso velero en el que viajaba Gulliver hab a navegado pl cidamente hasta que, al aventurarse por las aguas de las Indias Orientales, una violent sima tempestad empez a zarandear el barco como si fuera una cascara de nuez. Impresionantes olas barr an la cubierta y abat an los m stiles con sus velas. Al llegar la noche, una gigantesca ola levant el barco por la parte de popa y lo lanz de proa contra el hirviente remolino entre un espantoso crujir de maderas y los gritos de los hombres. - S lvese quien pueda! Grit el capit n. No hubo ni tiempo de arrojar los botes al agua y cada uno trat de ponerse a salvo alej ndose del barco que se hund a por momentos. Empujado por el viento, cegado por la espuma, Gulliver nadaba en medio de las tinieblas.

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1 Los viajes de Gulliver Autor: Jonathan Swift Durante muchos d as, el hermoso velero en el que viajaba Gulliver hab a navegado pl cidamente hasta que, al aventurarse por las aguas de las Indias Orientales, una violent sima tempestad empez a zarandear el barco como si fuera una cascara de nuez. Impresionantes olas barr an la cubierta y abat an los m stiles con sus velas. Al llegar la noche, una gigantesca ola levant el barco por la parte de popa y lo lanz de proa contra el hirviente remolino entre un espantoso crujir de maderas y los gritos de los hombres. - S lvese quien pueda! Grit el capit n. No hubo ni tiempo de arrojar los botes al agua y cada uno trat de ponerse a salvo alej ndose del barco que se hund a por momentos. Empujado por el viento, cegado por la espuma, Gulliver nadaba en medio de las tinieblas.

2 Pasaba el tiempo y la fatiga hac a presa en l. Mis fuerzas se agotan , pensaba; no podr resistir mucho De pronto, not que su pie chocaba contra algo firme. Unas brazadas m s y se encontr en una playa. - Estoy salvado! murmur con sus ltimas fuerzas, antes de dejarse caer sobre la arena. Al punto, se qued profunda y pl cidamente dormido. l no pod a saber que hab a llegado a Liliput, el pa s donde los hombres, los animales y las plantas eran diminutos. Por otra parte, no hab a tenido tiempo de ver nada ni a nadie. En cambio, los vig as de ese reino s le vieron a l y corrieron a la ciudad para dar la voz de alarma. - Ha llegado un gigante! Inmediatamente todas las gentes de Liliput se encaminaron hacia la playa, no sin temor. Llegaban despacito y, desde lejos curioseaban al grandull n.

3 - Tenemos que impedir que nos ataque dijo un le ador-. Vayamos a por cuerdas para atarle! En medio de una fren tica actividad, todos se dedicaron al acarreo de estacas y cuerdas. Luego rodearon a Gulliver y empezaron a clavar las estacas en la arena con gran habilidad. Seguidamente, treparon sobre su cuerpo y fueron realizando un trenzado de cuerdas habilidoso y pr ctico, sujetando las cuerdas en las estacas. El sol hab a empezado a calentar cuando un viejecito que se apoyaba en un diminuto bast n, toco sin querer la nariz del prisionero, que estornud aparatosamente. Que conmoci n! Muchos hombres salieron despedidos, otros emprendieron la huida. Gulliver not que delgadas cuerdas lo sujetaban y sinti algo que le pasaba sobre el pecho; dirigi la mirada hacia abajo y descubri una diminuta criatura con arco y flecha en las manos y un carcaj a la espalda.

4 No menos de otros cuarenta seres similares corr an por su cuerpo. En su prisa por huir, algunos rodaron y se hicieron numerosos coscorrones. Muertos de miedo, los liliputienses fueron a esconderse tras las rocas, los rboles o en las madrigueras. - Qu es esto? exclam el n ufrago-. Qui n me ha hecho prisionero? Sin m s que un peque o esfuerzo se incorpor , haciendo saltar las cuerdas. Y al observar de reojo el temor con que se le contemplaba, fue incapaz de contener la risa. Quiz porque le vieron re r y porque no se levantaba, los liliputienses avanzaron un poquito hacia el extra o visitante. - Acercaos, no soy ning n ogro dijo Gulliver . Pero se dio cuenta de que no le entend an y fue probando con los muchos idiomas que conoc a hasta acertar con el utilizado en Liliput.

5 - Hola Los liliputienses vieron en estas dos palabras buena voluntad y se acercaron un poco m s. Por otra parte, como jam s hab an visto gigante alguno, tampoco quer an perderse el acontecimiento. Pero el n ufrago estaba hambriento y, con su mejor sonrisa, dijo: - Amigos, os agradecer a que me trajerais algo de comer. Un poco por la sonrisa y otro poco porque les conven a conquistar su favor, los hombrecillos le aseguraron que iba a estar muy bien servido. Con gran presteza le presentaron una op para comida. Cierto que los bueyes de Liliput eran como gorriones para el visitante y necesit unos pocos para saciar su apetito. En cuanto a los barriles de vino, se le antojaban dedales e iba despachando cuantos le serv an con la mayor facilidad. Mientras com a, los liliputienses se dedicaron a contarle su vida y milagros.

6 Supo el viajero que estaban gobernados por Lilip n I, rey justo y bueno y que por aquellos d as se hallaban en guerra con los enanos del pa s vecino. Esta situaci n les aflig a mucho. - Mirad! Anunci un enano pelirrojo. Ah llegan Sus Majestades. En efecto, los monarcas, rodeados de toda su corte, se acercaban deferentes, tras abandonar su lindo carruaje en el que llegaron, curiosamente arrastrado por seis ratones blancos. La reverencia con que Gulliver recibi a los soberanos agrad mucho al rey Lilip n y extasi a la reina Lilipina. Pronto el rey y el viajero entablaron una animada conversaci n. Descubri Gulliver que el monarca era inteligente, pues le habl de las m quinas que usaban para cortar rboles y arrastrar la madera, y de otros ingenios muy interesantes.

7 Tambi n Lilip n descubri la val a del viajero. - Veo que posees una gran inteligencia, Gulliver , y espero que te agrade el favor que mis s bditos te dispensan. Todos deseamos que te encuentres en Liliput como en tu propia casa. - Estoy muy agradecido, Majestad respondi Gulliver , inclin ndose. - Si alguien atacara tu casa la defender as. No es as ? - As es, Majestad, no os Entonces el soberano, con aire doliente, explic al visitante el problema que le hab a ca do encima a causa de su guerra con los enanos del pa s vecino. Y como Gulliver hab a cobrado simpat a a los liliputienses, replic : -En este momento me considero en mi casa, se or; por lo tanto, voy a defenderla. D nde est n los enemigos de Liliput, que desde ahora lo son m os? En ese momento, a galope de un caballo diminuto, se present un despavorido mensajero.

8 - Majestad! anunci , casi sin aliento-. Sucede algo espantoso! La flota enemiga se est acercando a nuestra isla, dispuesta a atacarnos. El rey y Gulliver seguidos de algunos cortesanos, subieron a un montecillo desde el que se divisaba el horizonte; sobre las olas pudieron descubrir cientos y cientos de diminutos barcos, muy bien pertrechados, rumbo a Liliput. - No podremos hacerles frente! se lamentaban los liliputienses. - Acabar n con todos nosotros! Gulliver , sereno y arrogante, dijo: - Tranquilos, amigos; permitid que sea yo quien reciba a la flota. Os aseguro que van a conocer la derrota. Y ahora id a refugiaos en el bosque y dejadme solo. Ante el asombro general, le vieron entrar en el agua y, sin mas que alargar los brazos, fue apoder ndose de los barcos enemigos con sus enormes manos.

9 Enseguida empez a repartir los barcos por sus ropas, como su fueran avellanas, con sus guerreros dentro. Se llen los bolsillos y, los que sobraron, los colg de los botones de su levita y hasta puso alguno en los lazos de los zapatos. Regres luego a la playa y fue colocando los barquitos en hilera. Bien dispuestos ya y plantado ante ellos, Gulliver exigi : - R ndanse si no quieren perecer! Naturalmente, m s muertos que vivos, los enemigos de Liliput se rindieron como un solo hombre. Viendo tama a maravilla, despu s de lo mucho que aquella guerra le hab a hecho sufrir, Lilip n I, con la voz rota de la emoci n, grit : - Viva el gran h roe Gulliver ! Las gentes, delirantes de entusiasmo, atronaron la playa con sus aclamaciones. Los m s ancianos abrazaban a sus hijos, que ya no tendr an que enzarzarse en guerras, puesto que el enemigo estaba vencido.

10 Las mujeres lloraban y re an a un tiempo. Seguidamente, en medio de un gran ceremonial, el soberano nombr a Gulliver general simo de sus ej rcitos. - Agradezco el honor, Majestad, pero creo que no vais a necesitar m s generales. El enemigo est vencido y espero que vuestras guerras hayan terminado para siempre. - Y que importan las guerras teni ndote a t como aliado? replic el monarca, un tanto fanfarr n. - S lo ser vuestro aliado si devolv is la libertad a los prisioneros. Su rey os dar palabra de no volver a atacaros. As sucedi y los dos monarcas firmaron una paz duradera y hasta intercambiaron regalos. Luego, el propio Gulliver puso los barquitos en el agua, con sus tripulaciones dentro y despidi la flota vencida agitando su mano. - Es un poco raro el gigante pensaba el rey Lilip n I, sin comprender del todo tanta generosidad.


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