Transcription of Las tres hijas del rey - cuentosinfantilesadormir.com
1 Las tres hijas del rey Autor: Erase un poderoso rey que ten a tres hermosas hijas , de las que estaba orgulloso, pero ninguna pod a competir en encanto con la menor, a la que l amaba m s que a ninguna. Las tres estaban prometidas con otros tantos pr ncipes y eran felices. Un d a, sintiendo que las fuerzas le faltaban, el monarca convoc a toda la corte, sus hijas y sus prometidos. -Os he reunido porque me siento viejo y quisiera abdicar. He pensado dividir mi reino en tres partes, una para cada princesa. Yo vivir una temporada en casa de cada una de mis hijas , conservando a mi lado cien caballeros. Eso s , no dividir mi reino en tres partes iguales sino proporcionales al cari o que mis hijas sientan por m.
2 Se hizo un gran silencio. El rey pregunt a la mayor: Cu nto me quieres, hija m a? -M s que a mi propia vida, padre. Ven a vivir conmigo y yo te cuidar . -Yo te quiero m s que a nadie del mundo -dijo la segunda. La tercera, t midamente y sin levantar los ojos del suelo, murmur : -Te quiero como un hijo debe querer a un padre y te necesito como los alimentos necesitan la sal. El rey mont en c lera, porque estaba decepcionado. - S lo eso? Pues bien, dividir mi reino entre tus dos hermanas y t no recibir s nada. En aquel mismo instante, el prometido de la menor de las princesas sali en silencio del sal n para no volver; sin duda pens que no le conven a novia tan pobre. Las dos princesas mayores afearon a la menor su conducta.
3 -Yo no s expresarme bien, pero amo a nuestro padre tanto como vosotras -se defendi la peque a, con l grimas en los ojos-. Y bien contentas pod is estar, pues ambicionabais un hermoso reino y vais a poseerlo. Las mayores se re an de ella y el rey, apesadumbrado, la arroj de palacio porque su vista le hac a da o. La princesa, sorbi ndose las l grimas, se fue sin llevar m s que lo que el monarca le hab a autorizado: un vestido para diario, otro de fiesta y su traje de boda. Y as empez a caminar por el mundo. Anda que te andar s, lleg a la orilla de un lago junto al que se balanceaban los juncos. El lago le devolvi su imagen, demasiado suntuosa para ser una mendiga. Entonces pens hacerse un traje de juncos y cubrir con l su vestido palaciego.
4 Tambi n se hizo una gorra del mismo material que ocultaba sus radiantes cabellos rubios y la belleza de su rostro. A partir de entonces, todos cuantos la ve an la llamaban "Gorra de Junco". Andando sin parar, acab en las tierras del pr ncipe que fue su prometido. All supo que el anciano monarca acababa de morir y que su hijo se hab a convertido en rey. Y supo asimismo que el joven soberano estaba buscando esposa y que daba suntuosas fiestas amenizadas por la m sica de los mejores trovadores. La princesa vestida de junco llor . Pero supo esconder sus l grimas y su dolor. Como no quer a mendigar el sustento, fue a encontrar a la cocinera del rey y le dijo: -He sabido que tienes mucho trabajo con tanta fiesta y tanto invitado.
5 No podr as tomarme a tu servicio? La mujer estudi con desagrado a la muchacha vestida de juncos. Parec a un -La verdad es que tengo mucho trabajo. Pero si no vales te despedir , con que procura andar lista. En lo sucesivo, nunca se quej , por duro que fuera el trabajo. Adem s, no percib a jornal alguno y no ten a derecho m s que a las sobras de la comida. Pero de vez en cuando pod a ver de lejos al rey, su antiguo prometido cuando sal a de cacer a y s lo con ello se sent a m s feliz y cobraba alientos para sopor-tar las humillaciones. Sucedi que el poderoso rey hab a dejado de serlo, porque ya hab a repartido el reino entre sus dos hijas mayores. Con sus cien caballeros, se dirigi a casa de su hija mayor, que le sali al encuentro, diciendo: -Me alegro de verte, padre.
6 Pero traes demasiada gente y supongo que con cincuenta caballeros tendr as bastante. - C mo? exclam l encolerizado-. Te he regalado un reino y te duele albergar a mis caballeros? Me ir a vivir con tu hermana. La segunda de sus hijas le recibi con cari o y oy sus quejas. Luego le dijo: -Vamos, vamos, padre; no debes ponerte as , pues mi hermana tiene raz n. Para qu quieres tantos caballeros? Deber as despedirlos a todos. T puedes quedarte, pero no estoy por cargar con toda esa tropa. -Conque esas tenemos? Ahora mismo me vuelvo a casa de tu hermana. Al menos ella, admit a a cincuenta de mis hombres. Eres una desagradecida. El anciano, despidiendo a la mitad de su guardia, regres al reino de la mayor con el resto.
7 Pero como viajaba muy des-pacio a causa de sus a os, su hija segunda envi un emisario a su hermana, haci ndola saber lo ocurrido. As que sta, alertada, orden cerrar las puertas de palacio y el guardia de la torre dijo desde lo alto: -iMarchaos en buena hora! Mi se ora no quiere recibiros. El viejo monarca, con la tristeza en alma, despidi a sus caballeros y como nada ten a, se vio en la precisi n de vender su caballo. Despu s, vagando por el bosque, encontr una choza abandonada y se qued a vivir en ella. Un d a que Gorro de Junco recorr a el bosque en busca de setas para la comida del soberano, divis a su padre sentado en la puerta de la choza. El coraz n le dio un vuelco. Que pena, verle en aquel estado!
8 El rey no la reconoci , quiz por su vestido y gorra de juncos y porque hab a perdido mucha vista. -Buenos d as, se or -dijo ella-. ,Es que viv s aqu solo? -Qui n iba a querer cuidar de un pobre viejo? -replic el rey con amargura. -Mucha gente -dijo la muchacha-. Y si necesit is algo dec dmelo. En un momento le limpi la choza, le hizo la cama y aderez su pobre comida. -Eres una buena muchacha -le dijo el rey. La joven iba a ver a su padre todos los domingos y siempre que ten a un rato libre, pero sin darse a conocer. Y tambi n le llevaba cuanta comida pod a agenciarse en las cocinas reales. De este modo hizo menos dura la vida del anciano. En palacio iba a celebrarse un gran baile.
9 La cocinera dijo que el personal ten a autorizaci n para asistir. -Pero t , Gorra de Junco, no puedes presentarte con esa facha, as que cuida de la cocina -a adi . En cuanto se marcharon todos, la joven se apresur a quitarse el disfraz de juncos y con el vestido que usaba a diario cuando era princesa, que era muy hermoso, y sus lindos cabellos bien peinados, hizo su aparici n en el sal n. Todos se quedaron mirando a la bell sima criatura. El rey, disculp ndose con las princesas que estaban a su lado, fue a su encuentro y le pidi : -Quieres bailar conmigo, bella desconocida? Ni siquiera hab a reconocido a su antigua prometida. Cierto que hab a pasado alg n tiempo y ella se hab a convertido en una joven espl ndida.
10 Bailaron un vals y luego ella, temiendo ser descubierta, escap en cuanto tuvo ocasi n, yendo a esconderse en su habitaci n. Pero era feliz, pues hab a estado junto al joven a quien segu a amando. Al d a siguiente del baile en palacio, la cocinera no hac a m s que hablar de la hermosa desconocida y de la admiraci n que le hab a demostrado al soberano. Este, quiz con la idea de ver a la linda joven, dio un segundo baile y la princesa, con su vestido de fiesta, todav a m s deslumbrante que la vez anterior, apareci en el sal n y el monarca no bail m s que con ella. Las princesas asistentes, frunc an el ce o. Tambi n esta vez la princesita pudo escapar sin ser vista. A la ma ana siguiente, el jefe de cocina amonest a la cocinera.