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Cuento de Navidad

Obra reproducida sin responsabilidad editorial Charles Dickens Cuento de Navidad Advertencia de Luarna Ediciones Este es un libro de dominio p blico en tanto que los derechos de autor, seg n la legislaci n espa ola han caducado. Luarna lo presenta aqu como un obsequio a sus clientes, dejando claro que: 1) La edici n no est supervisada por nuestro departamento editorial, de forma que no nos responsabilizamos de la fidelidad del conte- nido del mismo. 2) Luarna s lo ha adaptado la obra para que pueda ser f cilmente visible en los habitua- les readers de seis pulgadas. 3) A todos los efectos no debe considerarse como un libro editado por Luarna.

El escribiente de la cisterna aplaudió involunta-riamente; se dio cuenta en el acto de su inconve-niencia, se puso a hurgar en la lumbre y se apagó del todo el último rescoldo. «Que oiga yo otro ruido de usted», dijo Scrooge, «y va a celebrar la Navidad con la pérdida del em-pleo. Es usted un orador convincente, señor»,

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  El escribiente, Escribiente

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1 Obra reproducida sin responsabilidad editorial Charles Dickens Cuento de Navidad Advertencia de Luarna Ediciones Este es un libro de dominio p blico en tanto que los derechos de autor, seg n la legislaci n espa ola han caducado. Luarna lo presenta aqu como un obsequio a sus clientes, dejando claro que: 1) La edici n no est supervisada por nuestro departamento editorial, de forma que no nos responsabilizamos de la fidelidad del conte- nido del mismo. 2) Luarna s lo ha adaptado la obra para que pueda ser f cilmente visible en los habitua- les readers de seis pulgadas. 3) A todos los efectos no debe considerarse como un libro editado por Luarna.

2 PREFACIO. Con este fantasmal librito he procurado despertar al esp - ritu de una idea sin que provocara en mis lectores males- tar consigo mismos, con los otros, con la temporada ni conmigo. Ojal encante sus hogares y nadie sienta deseos de verle desaparecer. Su fiel amigo y servidor, Diciembre de 1843. CHARLES DICKENS. PRIMERA ESTROFA. EL FANTASMA DE MARLEY. Marley estaba muerto; eso para empezar. No cabe la menor duda al respecto. El cl rigo, el fun- cionario, el propietario de la funeraria y el que presi- di el duelo hab an firmado el acta de su enterra- miento. Tambi n Scrooge hab a firmado, y la firma de Scrooge, de reconocida solvencia en el mundo mercantil, ten a valor en cualquier papel donde apa- reciera.

3 El viejo Morley estaba tan muerto como el clavo de una puerta. Atenci n! No pretendo decir que yo sepa lo que hay de especialmente muerto en el clavo de una puerta. Yo, m s bien, me hab a inclinado a conside- rar el clavo de un ata d como el m s muerto de todos los art culos de ferreter a. Pero en el s mil se contiene el buen juicio de nuestros ancestros, y no ser n mis manos imp as las que lo alteren. Por con- siguiente, perm taseme repetir enf ticamente que Marley estaba tan muerto como el clavo de una puerta. Sab a Scrooge que estaba muetto? Claro que s . C mo no iba a saberlo? Scrooge y l hab an sido socios durante no s cu ntos a os.

4 Scrooge fue su nico albacea testamentario, su nico admi- nistrador, su nico asignatario, su nico heredero residual, su nico amigo y el nico que llev luto por l. Y ni siquiera Scrooge qued terriblemente afec- tado por el luctuoso suceso; sigui siendo un exce- lente hombre de negocios el mism simo d a del fu- neral, que fue solemnizado por l a precio de gan- ga. La menci n del funeral de Marley me hace retro- ceder al punto en que empec . No cabe duda de que Marley estaba muerto. Es preciso comprenderlo con toda claridad, pues de otro modo no habr a nada prodigioso en la historia que voy a relatar. Si no estuvi semos completamente convencidos de que el padre de Hamlet ya hab a fallecido antes de levantarse el tel n, no habr a nada notable en sus paseos nocturnos por las murallas de su propiedad, con viento del Este, como para causar asombro -en sentido literal- en la mente enfermiza de su hijo.

5 Ser a como si cualquier otro caballero de mediana edad saliese irreflexivamente tras la ca da de la no- che a un lugar oreado, por ejemplo, el camposanto de Saint Paul. Scrooge nunca tach el nombre del viejo Marley. A os despu s, all segu a sobre la entrada del al- mac n: Scrooge y Marley . La firma comercial era conocida por Scrooge y Marley . Algunas perso- nas, nuevas en el negocio, algunas veces llamaban a Scrooge, Scrooge , y otras, Marley , pero l atend a por los dos nombres; le daba lo mismo. Ay, pero qu agarrado era aquel Scrooge! Viejo pecador avariento que extorsionaba, tergiversaba, usurpaba, reba aba, apresaba!

6 Duro y agudo como un pedemal al que ning n eslab n logr jam s sa- car una chispa de generosidad; era secreto, repri- mido y solitario como una ostra. La frialdad que ten a dentro hab a congelado sus viejas facciones y afilaba su nariz puntiaguda, acartonaba sus mejillas, daba rigidez a su porte; hab a enrojecido sus ojos, azulado sus finos labios; esa frialdad se percib a claramente en su voz raspante. Hab a escarcha canosa en su cabeza, cejas y tenso ment n. Siem- pre llevaba consigo su g lida temperatura; l hac a que su despacho estuviese helado en los d as m s calurosos del verano, y en Navidad no se deshelaba ni un grado.

7 Poco influ an en Scrooge el fr o y el calor exter- nos. Ninguna fuente de calor podr a , ning n fr o invernal escalofriarle. El era m s cortan- te que cualquier viento, m s pertinaz que cualquier nevada, m s insensible a las s plicas que la lluvia torrencial. Las inclemencias del tiempo no pod an superarle. Las peores lluvias, nevadas, granizadas y neviscas podr an presumir de sacarle ventaja en un aspecto: a menudo ellas se desprend an con generosidad, cosa que Scrooge nunca hac a. Jam s le paraba nadie en la calle para decirle con alegre semblante: Mi querido Scrooge, c mo est usted? Cu ndo vendr a visitarme? Ning n mendigo le ped a limosna; ning n ni o le pregunta- ba la hora; ning n hombre o mujer le hab a pregun- tado por una direcci n ni una sola vez en su vida.

8 Hasta los perros de los ciegos parec an conocerle;. al verle acercarse, arrastraban precipitadamente a sus due os hasta los portales y los patios, y des- pu s daban el rabo, como diciendo: Es mejor no tener ojo que tener el mal de ojo, amo ciego! . Pero a Scrooge, qu le importaba? Eso era preicsamente lo que le gustaba. Para l era una gozada abrirse camino entre los atestados sende- ros de la vida advirtiendo a todo sentimiento de simpat a humana que guardase las distancias. Erase una vez -concretamente en los d as mejo- res del a o, la v spera de Navidad , el d a de Noche- buena- en que el viejo Scrooge estaba muy atarea- do sentado en su despacho.

9 El tiempo era fr o, des- apacible y cortante; adem s, con niebla. Se pod a o r el ruido de la gente en el patio de fuera, cami- nando de un lado a otro con jadeos, palme ndose el pecho y pateando el suelo para entrar en calor. Los relojes de la ciudad acababan de dar las tres, pero ya casi hab a oscurecido; no hab a habido luz en todo el d a y las velas brillaban en las ventanas de las oficinas cercanas como manchas rojizas en la espesa atm sfera parda. Baj la niebla y fluy por todas las junturas, resquicios, ojos de cerradura, y en el exterior era tan densa que, aunque el patio era de los m s estrechos, las casas de enfrente no eran m s que sombras.

10 Al ver como ca a desmayada- mente la sucia nube oscureciendo todo, se hubiera pensado que la Naturaleza viv a cerca y estaba elaborando cerveza en gran escala. La puerta del despacho de Scrooge permanec a abierta de modo que pudiera atisbar a su empleado que estaba copiando cartas en una deprimente y peque a celda, una especie de cisterna. Scrooge ten a un fuego muy escaso, pero la lumbre del em- pleado era todav a mucho m s peque a: parec a un solo tiz n. Pero no pod a recargar la estufa porque Scrooge guardaba el carb n en su propio cuarto, y seguro que si el empleado entraba con la pala su jefe anticipar a que ten an que marcharse ya.


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