Example: biology

CUENTO S DE MIEDO E. T. A. Hoffmann - ILCE

0 cuentos DE MIEDO E. T. A. Hoffmann ( 1776- 1822) 1 cuentos DE MIEDO Ernst Theodor Amadeus Hoffmann NDICE EL HOMBRE DE ARENA .. 2 HISTORIA DE FANTASMAS .. 44 LA CASA VAC A .. 52 VAMPIRISMO .. 93 EL HU SPED SINIESTRO .. 111 2 EL HOMBRE DE ARENA Nataniel a Lotario Sin duda estar n inquietos porque hace tanto tiempo que no les escribo. Mam estar enfadada y Clara pensar que vivo en tal torbellino de alegr a que he olvidado por completo la dulce imagen angelical tan profundamente grabada en mi coraz n y en mi alma. Pero no es as ; cada d a, cada hora, pienso en ustedes y el rostro encantador de Clara vuelve una y otra vez en mis sue os; sus ojos transparentes me miran con dulzura, y su boca me sonr e como anta o, cuando volv a junto a ustedes.

CUENTOS DE MIEDO . Ernst Theodor Amadeus Hoffmann . ÍNDICE . ... de indagar el misterio, de ver al legendario Hombre de Arena, aumentaba en mí con los años. El Hombre de Arena me había deslizado en el mundo de lo fantástico, donde el espíritu infantil se introduce tan fácilmente. Nada me complacía tanto

Tags:

  Cuentos, Cuentos de, Cuento s de

Information

Domain:

Source:

Link to this page:

Please notify us if you found a problem with this document:

Other abuse

Advertisement

Transcription of CUENTO S DE MIEDO E. T. A. Hoffmann - ILCE

1 0 cuentos DE MIEDO E. T. A. Hoffmann ( 1776- 1822) 1 cuentos DE MIEDO Ernst Theodor Amadeus Hoffmann NDICE EL HOMBRE DE ARENA .. 2 HISTORIA DE FANTASMAS .. 44 LA CASA VAC A .. 52 VAMPIRISMO .. 93 EL HU SPED SINIESTRO .. 111 2 EL HOMBRE DE ARENA Nataniel a Lotario Sin duda estar n inquietos porque hace tanto tiempo que no les escribo. Mam estar enfadada y Clara pensar que vivo en tal torbellino de alegr a que he olvidado por completo la dulce imagen angelical tan profundamente grabada en mi coraz n y en mi alma. Pero no es as ; cada d a, cada hora, pienso en ustedes y el rostro encantador de Clara vuelve una y otra vez en mis sue os; sus ojos transparentes me miran con dulzura, y su boca me sonr e como anta o, cuando volv a junto a ustedes.

2 Ay de m ! C mo podr a haberles escrito con la violencia que anidaba en mi esp ritu y que hasta ahora ha turbado todos mis pensamientos? Algo espantoso se ha introducido en mi vida! Sombr os presentimientos de un destino cruel y amenazador se ciernen sobre m , como nubes negras, impenetrables a los alegres rayos del sol. Debo decirte lo que me ha sucedido. Debo hacerlo, es preciso, pero s lo con pensarlo oigo a mi alrededor risas burlonas. Ay, querido Lotario, c mo hacer para intentar solamente que comprendas que lo que me sucedi hace unos d as ha podido turbar mi vida de una forma terrible! Si estuvieras aqu podr as ver con tus propios ojos; pero ciertamente piensas ahora en m como en un visionario absurdo.

3 En pocas palabras, la horrible visi n que tuve, y cuya mortal influencia intento evitar, consiste simplemente en que, hace unos d as, concretamente el 30 de octubre a mediod a, un vendedor de bar metros entr en mi casa y me ofreci su 3 mercanc a. No compr nada y lo amenac con precipitarlo escaleras abajo, pero se march al instante. Sospechas sin duda que circunstancias concretas que han marcado profundamente mi vida conceden relevancia a este insignificante acontecimiento, y as es en efecto. Re no todas mis fuerzas para contarte con tranquilidad y paciencia algunas cosas de mi infancia que aportar n luz y claridad a tu esp ritu. En el momento de comenzar te veo re r y oigo a Clara que dice: son aut nticas chiquilladas!

4 R anse! R anse de todo coraz n, se los suplico! Pero Dios del cielo!, mis cabellos se erizan, y me parece que los conjuro a burlarse de m en el delirio de la desesperaci n, como Franz Moor conjuraba a Daniel. Vamos al hecho en cuesti n. Salvo en las horas de las comidas, mis hermanos y yo ve amos a mi padre bastante poco. Estaba muy ocupado en su trabajo. Despu s de la cena, que, conforme a las antiguas costumbres, se serv a a las siete, bamos todos, nuestra madre con nosotros, al despacho de nuestro padre, y nos sent bamos a una mesa redonda. Mi padre fumaba su pipa y beb a un gran vaso de cerveza. Con frecuencia nos contaba historias maravillosas, y sus relatos lo apasionaban tanto que dejaba que su pipa se apagase; yo estaba encargado de encend rsela de nuevo con una astilla prendida, lo cual me produc a un indescriptible placer.

5 Tambi n a menudo nos daba libros con l minas; y permanec a silencioso e inm vil en su sill n apartando espesas nubes de humo que nos envolv an a todos como la niebla. En este tipo de veladas, mi madre estaba muy triste, y apenas o a sonar las nueve, exclamaba: Vamos ni os, a la el 4 Hombre de Arena est al ! ya lo oigo! Y, en efecto, se o a entonces retumbar en la escalera graves pasos; deb a ser el Hombre de Arena. En cierta ocasi n, aquel ruido me produjo m s escalofr os que de costumbre y pregunt a mi madre mientras nos acompa aba: Oye mam ! Qui n es ese malvado Hombre de Arena que nos aleja siempre del lado de pap ? Qu aspecto tiene?

6 No existe tal Hombre de Arena, cari o me respondi mi madre . Cuando digo viene el Hombre de Arena quiero decir que tienen que ir a la cama y que sus p rpados se cierran involuntariamente como si alguien les hubiera tirado arena a los ojos. La respuesta de mi madre no me satisfizo y mi infantil imaginaci n adivinaba que mi madre hab a negado la existencia del Hombre de Arena para no asustarnos. Pero yo lo o a siempre subir las escaleras. Lleno de curiosidad, impaciente por asegurarme de la existencia de este hombre, pregunt a una vieja criada que cuidaba de la m s peque a de mis hermanas, qui n era aquel personaje.

7 Ah mi peque o Nataniel! me contest , no lo sabes? Es un hombre malo que viene a buscar a los ni os cuando no quieren irse a la cama y les arroja un pu ado de arena a los ojos haci ndolos llorar sangre. Luego los mete en un saco y se los lleva a la luna creciente para divertir a sus hijos, que esperan en 5 el nido y tienen picos encorvados como las lechuzas para comerles los ojos a picotazos. Desde entonces, la imagen del Hombre de Arena se grab en mi esp ritu de forma terrible; y, por la noche, en el instante en que las escaleras retumbaban con el ruido de sus pasos, temblaba de ansiedad y de horror; mi madre s lo pod a entonces arrancarme estas palabras ahogadas por mis l grimas: El Hombre de Arena!

8 El Hombre de Arena! Corr a al dormitorio y aquella terrible aparici n me atormentaba durante toda la noche. Yo ten a ya la edad suficiente como para pensar que la historia del Hombre de Arena y sus hijos en el nido de la luna creciente, seg n la contaba la vieja criada, no era del todo exacta; sin embargo, el Hombre de Arena sigui siendo para m un espectro amenazador. El terror se apoderaba de m cuando lo o a subir al despacho de mi padre. Algunas veces duraba su ausencia largo tiempo; luego, sus visitas volv an a ser frecuentes; aquello dur varios a os. No pod a acostumbrarme a tan extra a aparici n, y la sombr a figura de aquel desconocido no palidec a en mi pensamiento.

9 Su relaci n con mi padre ocupaba cada vez m s mi imaginaci n, la idea de preguntarle a l me sum a en un insuperable temor, y el deseo de indagar el misterio, de ver al legendario Hombre de Arena, aumentaba en m con los a os. El Hombre de Arena me hab a deslizado en el mundo de lo fant stico, donde el esp ritu in fantil se introduce tan f cilmente. Nada me complac a tanto como leer o escuchar horribles historias de genios, brujas y duendes; pero, por encima de todas las escalofriantes 6 apariciones, prefer a la del Hombre de Arena que dibujaba con tiza y carb n en las mesas, en los armarios y en las paredes bajo las formas m s espantosas.

10 Cuando cumpl diez a os, mi madre me asign una habitaci n para m solo, en el corredor, no lejos de la de mi padre. Como siempre, al sonar las nueve el desconocido se hac a o r, y hab a que retirarse. Desde mi habitaci n lo o a entrar en el despacho de mi padre, y poco despu s me parec a que un imperceptible vapor se extend a por toda la casa. La curiosidad por ver al Hombre de Arena de la forma que fuese crec a en m cada vez m s. Alguna vez abr mi puerta, cuando mi padre ya se hab a ido, y me deslic en el corredor; pero no pude o r nada, pues siempre hab an cerrado ya la puerta cuando alcanzaba la posici n adecuada para poder verle. Finalmente, empujado por un deseo irresistible, decid esconderme en el gabinete de mi padre, y esperar all mismo al Hombre de Arena.


Related search queries