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Fernanda García Lao

Fernanda Garc a LaoSulfuroh emec cruz del surFernanda Garc a LaoSulfuroh emec cruz del sur9EL ESCRIBANO, LOS CHICOS, LA INSULSA MALPEINADA DE LA VUELTATe mudaste hace unos d as y ya te molestan los sapos. La idea de que existan. Por eso, luces prendidas toda la noche. Est s en la casa de las dos piletas, tan sucias como inodoros p blicos. Las hojas y las flores pudren r pido el agua. No te convence la casa, en realidad. Ya empezaste a percibir el olor. Un barrio bien, con chal s y ga-ritas, jardineros y servicio de limpieza, no puede apestar as . El escribano no lo percibe. Los chi-cos tampoco. Fuiste a consultar a una vecina, la insulsa malpeinada de la vuelta, que tambi n te lo neg . El jard n est adelante y, sin embargo, el aire huele raro. Fernanda Garc a Lao10 Vendr del cementerio?

De chica te intrigaban dos cosas. Por un lado, la idea del yo. Si digo yo, a qué me refiero. Por qué todos lo dicen de sí mismos. Cada disciplina tiene una explicación para ese asunto, decía tu papá. Pero te lo hago simple, hay gente que no se anima a decir yo, que prefiere la distancia. Como yo. Nunca hablo de mí mismo.

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1 Fernanda Garc a LaoSulfuroh emec cruz del surFernanda Garc a LaoSulfuroh emec cruz del sur9EL ESCRIBANO, LOS CHICOS, LA INSULSA MALPEINADA DE LA VUELTATe mudaste hace unos d as y ya te molestan los sapos. La idea de que existan. Por eso, luces prendidas toda la noche. Est s en la casa de las dos piletas, tan sucias como inodoros p blicos. Las hojas y las flores pudren r pido el agua. No te convence la casa, en realidad. Ya empezaste a percibir el olor. Un barrio bien, con chal s y ga-ritas, jardineros y servicio de limpieza, no puede apestar as . El escribano no lo percibe. Los chi-cos tampoco. Fuiste a consultar a una vecina, la insulsa malpeinada de la vuelta, que tambi n te lo neg . El jard n est adelante y, sin embargo, el aire huele raro. Fernanda Garc a Lao10 Vendr del cementerio?

2 Parece que sos la nica sensible a los efluvios que emanan de ese pared n, justo ah , frente a Garc a Lao10 Vendr del cementerio? Parece que sos la nica sensible a los efluvios que emanan de ese pared n, justo ah , frente a PERRA, EL ESCRIBANO, LOS CHICOSLa puerta de la casa es de vidrio, te parece que cualquiera te ver pasar en camis n. A vos y a la perra. Vos en camis n, la perra desnuda. Ella es m s cara, hija de campeones. Te sigue por toda la casa, se mete en las piletas, rompe las bolsas de basura. La perra fina maleducada y hambrienta, porque nunca tiene comida y detesta el arroz. Vos tambi n en ayunas. Te sub s al auto con el est -mago vac o y el tanque lleno, para huir de la casa, la perra, el escribano, los chicos, el olor. En la autopista, el pelo mojado se va secan-do por el camino, la ventanilla baja a pesar del miedo.

3 La velocidad te sugiere subirla. Un peda-zo de chasis suelto, un resto de neum tico, y el impacto en el ojo te lo dejar a abierto para siem- Fernanda Garc a Lao12pre. Pero ese temor es lo nico que te pasa. Para qu regreso, embocar r pido el auto en la co-chera, que el escribano no te vea, que no te diga otra vez? con ese tono gangoso que se repite cada tanto. Grita mucho para que todos oigan. Dis-fruta dej ndote en guardar el auto, el espejito de la derecha se raya contra el port n. Eso te altera y, en lugar de frenar, vas contra las bicicletas, los canastos. A n no sacaste tu ropa de invierno, las sope-ras, tu colecci n de revistas. Te qued s mirando el desastre. El espejo cuelga como un lim n maduro de una rama delgada. Igual que los brazos tuyos, que duelen cuando el escribano aprieta de m s.

4 El hielo no sirve. Si te monta, tira de tus mu ecas hacia atr s para inmovilizarte, como si temiera que te des a la fuga. Y lame tambi n tus orejas, o la parte de atr s de los codos, igual que la perra cuando repasa los platos del almuerzo. La lengua rosada, las patitas en punta, como una bailarina angurrienta. El baboseo del escribano te deja sorda cada noche. Pero lo que m s te molesta es su hedor. Sulfuro13S lo en el aliento hay una mezcla de siete despo-jos. No sabe masticar, se le acumulan los proce-sos, se le superponen. Ya est s por bajar del auto cuando suena la alarma que dice Chicos y no est s donde debieras. Los olvidaste en el colegio. Marcha atr s, se gol-pea el otro espejo. Pero no importa. Hay que salir, activar el port n, no chocar. perra aprovecha la ocasi n para fugar.

5 Ya corre enloquecida junto al pared n, trepada a los canastos igual que una equilibrista. Pas s de lar-go, como si no la conocieras, mientras mastica sin piedad un algod n lo en el aliento hay una mezcla de siete despo-jos. No sabe masticar, se le acumulan los proce-sos, se le superponen. Ya est s por bajar del auto cuando suena la alarma que dice Chicos y no est s donde debieras. Los olvidaste en el colegio. Marcha atr s, se gol-pea el otro espejo. Pero no importa. Hay que salir, activar el port n, no chocar. perra aprovecha la ocasi n para fugar. Ya corre enloquecida junto al pared n, trepada a los canastos igual que una equilibrista. Pas s de lar-go, como si no la conocieras, mientras mastica sin piedad un algod n ESCRIBANO, LOS CHICOS, TU PAP La primera vez que lo viste no te gust.

6 Ten a la mirada l nguida, los p mulos sangu neos en exceso. El pelo ensortijado. Pero sonre a el escri-bano, con una dentadura casi perfecta. Lo ima-ginaste mordiendo la parte trasera de tu cuerpo como un diablo sin usar. Su mand bula en tus nalgas. Despu s de firmar los papeles de tu d plex, te invit a cenar junto al r o. Dijiste que s , era m s f cil que negarse. Fueron en su camioneta, le gustaba presumir. Al llegar, una cola inmensa de gente como ustedes. Parejitas sin estrenar, con distancia. Pensaste que el lugar ten a demasiada ma-dera, el agua del r o rozaba la costa en un gesto indecente. Las mesas de afuera eran las m s re-queridas, veinte minutos de demora. Por eso dijis-14EL ESCRIBANO, LOS CHICOS, TU PAP La primera vez que lo viste no te gust . Ten a la mirada l nguida, los p mulos sangu neos en exceso.

7 El pelo ensortijado. Pero sonre a el escri-bano, con una dentadura casi perfecta. Lo ima-ginaste mordiendo la parte trasera de tu cuerpo como un diablo sin usar. Su mand bula en tus nalgas. Despu s de firmar los papeles de tu d plex, te invit a cenar junto al r o. Dijiste que s , era m s f cil que negarse. Fueron en su camioneta, le gustaba presumir. Al llegar, una cola inmensa de gente como ustedes. Parejitas sin estrenar, con distancia. Pensaste que el lugar ten a demasiada ma-dera, el agua del r o rozaba la costa en un gesto indecente. Las mesas de afuera eran las m s re-queridas, veinte minutos de demora. Por eso dijis-Sulfuro15te: s lo un brindis corto, para festejar la escritura de mi d plex. Y se sentaron adentro, lejos de la ventana. Le mirabas los rulos mientras aspirabas tu tra-go, una mezcla de color oscuro.

8 Su frente pare-c a habitada por moluscos que reptaban sobre s mismos en meneos ondulantes. La transpiraci n provocada por el encierro y la humedad del r o ha-b an ablandado el fijador. Viste surcos de baba cayendo por sus sienes. Te habl del futuro, se refer a a ascender so-cialmente. Estaba listo para trepar y quer a hacer-lo con alguien. Alguien como vos, de buen pasar. Due a de algo. Un d plex. Algunos tragos despu s, dijo que era viudo, padre de dos chiquitos. As los llam . Chiquitos. Y vos, que ya estabas mareada, confesaste que no pod as tener. Sus pupilas brillaron, no le diste im-portancia. Pero cuando dijiste sin pensar que era tarde, l sonri y se pas la lengua por los labios. Nunca es tarde, dijo, y pidi la brazo, caminaron al estacionamiento. El mundo parec a de plastilina.

9 As de blando. Te dej en el d plex, los papeles en regla, y te bes Fernanda Garc a Lao16con los ojos abiertos. Lamiste sin querer sus pa-letas. Y te bajaste a tiempo para vomitar sin que te viera. l tambi n parec a ebrio. Temiste que mu-riera incrustado contra las enredaderas de Co-lectora, bajada Ugarte. So aste con sus rulos chorreando sangre, aunque estabas pap re a sin motivo aparente en el sill n del patio. Fernanda Garc a Lao16con los ojos abiertos. Lamiste sin querer sus pa-letas. Y te bajaste a tiempo para vomitar sin que te viera. l tambi n parec a ebrio. Temiste que mu-riera incrustado contra las enredaderas de Co-lectora, bajada Ugarte. So aste con sus rulos chorreando sangre, aunque estabas pap re a sin motivo aparente en el sill n del patio. 17TU PAP , TU MAM , DIOS, EL ESP RITU SANTO De chica te intrigaban dos cosas.

10 Por un lado, la idea del yo. Si digo yo, a qu me refiero. Por qu todos lo dicen de s mismos. Cada disciplina tiene una explicaci n para ese asunto, dec a tu pap . Pero te lo hago simple, hay gente que no se anima a decir yo, que prefiere la distancia. Como yo. Nunca hablo de m mismo. Pero lo acab s de hacer, pap . A ver, si me pre-guntan cualquier cosa, enseguida respondo: y vos qu pens s. Es una forma de borrarme. Eso no es cierto, le dijiste. El yo de mam para vos no exis-te. Y el m o tampoco, porque me parezco a ella. No te equivoques, hija. De tu mam , por suerte, no heredaste nada. El tiempo me dar la raz n, sos Fernanda Garc a Lao18carne de mi carne. Nosotros no abusamos del yo. Somos siempre el Otro para vos no era bueno. Ten as terror a que el Esp ritu Santo entrara por tu ventana y te dejara encinta por orden del Se or.


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