Transcription of Hermann Hesse - Demian
1 Hermann Hesse Demian Demian Historia de la juventud de Emil Sinclair Hermann Hesse 2 Quer a tan s lo intentar vivir lo que tend a a brotar espont neamente de m . Por qu hab a de serme tan dif cil? 1. Los dos mundos Comienzo mi historia como un acontecimiento de la poca en que yo ten a diez a os e iba al Instituto de letras de nuestra peque a ciudad. Muchas cosas conservan a n su perfume y me conmueven en lo m s profundo con pena y dulce nostalgia: callejas oscuras y claras, casas y torres, campanadas de reloj y rostros humanos, habitaciones llenas de acogedor y c lido bienestar, habitaciones llenas de misterio y profundo miedo a los fantasmas.
2 Olores a c lida intimidad, a conejos y a criadas, a remedios caseros y a fruta seca. Dos mundos se confund an all : de dos polos opuestos surg an el d a y la noche. Un mundo lo constitu a la casa paterna; m s estrictamente, se reduc a a mis padres. Este mundo me resultaba muy familiar: se llamaba padre y madre, amor y severidad, ejemplo y colegio. A este mundo pertenec an un tenue esplendor, claridad y limpieza; en l habitaban las palabras suaves y amables, las manos lavadas, los vestidos limpios y las buenas costumbres. All se cantaba el coral por las ma anas y se celebraba la Navidad.
3 En este mundo exist an las l neas rectas y los caminos que conducen al futuro, el deber y la culpa, los remordimientos y la confesi n, el perd n y los buenos prop sitos, el amor y el respeto, la Biblia y la sabidur a. Hab a que mantenerse dentro de este mundo para que la vida fuera clara, limpia, bella y ordenada. El otro mundo, sin embargo, comenzaba en medio de nuestra propia casa y era totalmente diferente: ol a de otra manera, hablaba de otra manera, promet a y exig a otras cosas. En este segundo mundo exist an criadas y aprendices, historias de aparecidos y rumores escandalosos; todo un torrente multicolor de cosas terribles, atrayentes y enigm ticas, como el matadero y la c rcel, borrachos y mujeres chillonas, vacas parturientas y caballos desplomados; historias de robos, asesinatos y suicidios.
4 Todas estas cosas hermosas y terribles, salvajes y crueles, nos rodeaban; en la pr xima calleja, en la pr xima casa, los guardias y los vagabundos merodeaban, los borrachos pegaban a las mujeres; al anochecer las chicas sal an en racimos de las f bricas, las viejas pod an embrujarle a uno y ponerle enfermo; los ladrones se escond an en el bosque cercano, los incendiarios ca an en manos de los guardias. Por todas partes brotaba y pululaba aquel mundo violento; por todas partes, excepto en nuestras habitaciones, donde estaban mi padre y mi madre.
5 Y estaba bien que as fuera. Era maravilloso que entre nosotros reinara la paz, el orden y la tranquilidad, el sentido del deber y la conciencia limpia, el perd n y el amor; y tambi n era maravilloso que existiera todo lo dem s, lo estridente y ruidoso, oscuro y brutal, de lo que se pod a huir en un instante, buscando refugio en el regazo de la madre. Y lo m s extra o era c mo lindaban estos dos mundos, y lo cerca que estaban el uno del otro. Por ejemplo, nuestra criada Lina, cuando por la noche rezaba en el cuarto de estar con la familia y cantaba con su voz clara, sentada junto a la puerta, con las manos bien lavadas sobre el delantal bien planchado, pertenec a enteramente al mundo de mis padres, a nosotros, a lo que era claro y recto.
6 Pero despu s, en la cocina o en la le era, cuando me contaba el cuento del hombrecillo sin cabeza o cuando discut a con las vecinas en la carnicer a, era otra distinta: pertenec a al otro mundo y estaba rodeada de misterio. Y as suced a con todo; y m s que nada conmigo mismo. S , yo pertenec a al mundo claro y recto, era el hijo de mis padres; pero adondequiera que dirigiera la vista y el o do, siempre estaba all lo otro, y tambi n yo viv a en ese otro mundo aunque me Demian Historia de la juventud de Emil Sinclair Hermann Hesse 3 resultara a menudo extra o y siniestro, aunque all me asaltaran regularmente los remordimientos y el miedo.
7 De vez en cuando prefer a vivir en el mundo prohibido, y muchas veces la vuelta a la claridad, aunque fuera muy necesaria y buena, me parec a una vuelta a algo menos hermoso, m s aburrido y vac o. A veces sab a yo que mi meta en la vida era llegar a ser como mis padres, tan claro y limpio, superior y ordenado como ellos; pero el camino era largo, y para llegar a la meta hab a que ir al colegio y estudiar, sufrir pruebas y ex menes; y el camino iba siempre bordeando el otro mundo m s oscuro, a veces lo atravesaba y no era del todo imposible quedarse y hundirse en l.
8 Hab a historias de hijos perdidos a quienes esto hab a sucedido, y yo las le a con verdadera pasi n. El retorno al hogar paterno y al bien era siempre redentor y grandioso, y yo sent a que aquello era lo nico bueno y deseable; pero la parte de la historia que se desarrollaba entre los malos y los perdidos siempre resultaba m s atractiva y, si se hubiera podido decir o confesar, daba casi pena que el hijo pr digo se arrepintiese y volviera. Pero aquello no se dec a y ni siquiera se pensaba; exist a solamente como presentimiento y posibilidad, muy dentro de la conciencia.
9 Cuando imaginaba al diablo, pod a represent rmelo muy bien en la calle, disfrazado o al descubierto, en el mercado o en una taberna, pero nunca en nuestra casa. Mis hermanas pertenec an tambi n al mundo claro. Estaban, as me parec a a m , m s cerca de nuestros padres; eran mejores, m s modosas y con menos defectos que yo. Ten an imperfecciones y faltas, pero a mi me parec a que no eran defectos profundos; no les pasaba como a m , que estaba m s cerca del mundo oscuro y sent a, agobiante y doloroso, el contacto con el mal. A las hermanas hab a que respetar as y cuidarlas como a los padres; y cuando se hab a re ido con ellas se consideraba uno, ante la propia conciencia, malo, culpable y obligado a pedir perd n.
10 Porque en las hermanas se ofend a a los padres, a la bondad y a la autoridad. Hab a misterios que yo pod a compartir mejor con el m s golfo de la calle que con mis hermanas. En d as buenos, cuando todo era radiante y la conciencia estaba tranquila, era delicioso jugar con las hermanas, ser bueno y modoso con ellas y verse a s mismo con un aura bondadosa y noble. As deb a sentirse uno siendo ngel! Era la suma perfecci n que conoc amos; y cre amos que deb a ser dulce y maravilloso ser ngel, rodeado de melod as suaves y aromas deliciosos como la Navidad y la felicidad.