Transcription of MI VIDA CON LA OLA - ILCE
1 mi vida con la ola Octavio Paz Cuando dej aquel mar, una ola se adelant entre todas. Era esbelta y ligera. A pesar de los gritos de las otras, que la deten an por el vestido flotante, se colg de mi brazo y se fue conmigo saltando. No quise decirle nada, porque me daba pena avergonzarla ante sus compa eras. Adem s, las miradas col ricas de las mayores me paralizaron. Cuando llegamos al pueblo, le expliqu que no pod a ser, que la vida en la ciudad no era lo que ella pensaba en su ingenuidad de ola que nunca ha salido del mar. Me mir seria: "Su decisi n estaba tomada. No pod a volver." Intent dulzura, dureza, iron a. Ella llor , grit , acarici , amenaz . Tuve que pedirle perd n. Al d a siguiente empezaron mis penas.
2 C mo subir al tren sin que nos vieran el conductor, los pasajeros, la polic a? Es cierto que los reglamentos no dicen nada respecto al transporte de olas en los ferrocarriles, pero esa misma reserva era un indicio de la severidad con que se juzgar a nuestro acto. Tras de mucho cavilar me presente en la estaci n una hora antes de la salida, ocup mi asiento y, cuando nadie me ve a, vaci el dep sito de agua para los pasajeros; luego, cuidadosamente, vert en l a mi amiga. El primer incidente surgi cuando los ni os de un matrimonio vecino declararon su ruidosa sed. Les sal al paso y les promet refrescos y limonadas. Estaban a punto de aceptar cuando se acerc otra sedienta.
3 Quise invitarla tambi n, pero la mirada de su acompa ante me detuvo. La se ora tomo un vasito de papel, se acerc al dep sito y abri la llave. Apenas estaba a medio llenar el vaso cuando me interpuse de un salto entre ella y mi amiga. La se ora me miro con asombro. Mientras ped a disculpas, uno de los ni os volvi abrir el dep sito. Lo cerr con violencia. La se ora se llev el vaso a los labios: Ay, el agua est salada. El ni o le hizo eco. Varios pasajeros se levantaron. El marido llam al Conductor: Este individuo ech sal al agua. El Conductor llam al Inspector: Conque usted ech substancias en el agua? El Inspector llamo al Polic a en turno: Conque usted ech veneno al agua? El Polic a en turno llam al Capit n: Conque usted es el envenenador?
4 El Capit n llam a tres agentes. Los agentes me llevaron a un vag n solitario, entre las miradas y los cuchicheos de los pasajeros. En la primera estaci n me bajaron y a empujones me arrastraron a la c rcel. Durante d as no se me habl , excepto durante los largos interrogatorios. Cuando contaba mi caso nadie me cre a, ni siquiera el carcelero, que mov a la cabeza, diciendo: "El asunto es grave, verdaderamente grave. No hab a querido envenenar a unos ni os?". Una tarde me llevaron ante el Procurador. Su asunto es dif cil repiti . Voy a consignarlo al Juez Penal. As pas un a o. Al fin me juzgaron. Como no hubo v ctimas, mi condena fue ligera. Al poco tiempo, lleg el d a de la libertad.
5 El Jefe de la Prisi n me llamo: Bueno, ya est libre. Tuvo suerte. Gracias a que no hubo desgracias. Pero que no se vuelva a repetir, porque la pr xima le costara Y me mir con la misma mirada seria con que todos me ve an. Esa misma tarde tom el tren y luego de unas horas de viaje inc modo llegu a M xico. Tom un taxi y me dirig a casa. Al llegar a la puerta de mi departamento o risas y cantos. Sent un dolor en el pecho, como el golpe de la ola de la sorpresa cuando la sorpresa nos golpea en pleno pecho: mi amiga estaba all , cantando y riendo como siempre. C mo regresaste? Muy f cil: en el tren. Alguien, despu s de cerciorarse de que s lo era agua salada, me arroj en la locomotora.
6 Fue un viaje agitado: de pronto era un penacho blanco de vapor, de pronto ca a en lluvia fina sobre la m quina. Adelgac mucho. Perd muchas gotas. Su presencia cambi mi vida. La casa de pasillos obscuros y muebles empolvados se llen de aire, de sol, de rumores y reflejos verdes y azules, pueblo numeroso y feliz de reverberaciones y ecos. Cu ntas olas es una ola o c mo puede hacer playa o roca o rompeolas un muro, un pecho, una frente que corona de espumas! Hasta los rincones abandonados, los abyectos rincones del polvo y los detritus fueron tocados por sus manos ligeras. Todo se puso a sonre r y por todas partes brillaban dientes blancos. El sol entraba con gusto en las viejas habitaciones y se quedaba en casa por horas, cuando ya hac a tiempo que hab a abandonado las otras casas, el barrio, la ciudad, el pa s.
7 Y varias noches, ya tarde, las escandalizadas estrellas lo vieron salir de mi casa, a escondidas. El amor era un juego, una creaci n perpetua. Todo era playa, arena, lecho de s banas siempre frescas. Si la abrazaba, ella se ergu a, incre blemente esbelta, como tallo liquido de un chopo; y de pronto esa delgadez florec a en un chorro de plumas blancas, en un penacho de risas de ca an sobre mi cabeza y mi espalda y me cubr an de blancuras. O se extend a frente a m , infinita como el horizonte, hasta que yo tambi n me hac a horizonte y silencio. Plena y sinuosa, me envolv a como una m sica o unos labios inmensos. Su presencia era un ir y venir de caricias, de rumores, de besos.
8 Entraba en sus aguas, me ahogaba a medias y en un cerrar de ojos me encontraba arriba, en lo alto del v rtigo, misteriosamente suspendido, para caer despu s como una piedra, y sentirme suavemente depositado en lo seco, como una pluma. Nada es comparable a dormir mecido en las aguas, si no es despertar golpeado por mil alegres l tigos ligeros, por arremetidas que se retiran riendo. Pero jam s llegue al centro de su ser. Nunca toque el nudo del ay y de la muerte. Quiz en las olas no existe ese sitio secreto que hace vulnerable y mortal a la mujer, ese peque o bot n el ctrico donde todo se enlaza, se crispa y se yergue, para luego desfallecer.
9 Su sensibilidad, como las mujeres, se propagaba en ondas, solo que no eran ondas conc ntricas, sino exc ntricas, que se extend an cada vez m s lejos, hasta tocar otros astros. Amarla era prolongarse en contactos remotos, vibrar con estrellas lejanas que no sospechamos. Pero su no, no ten a centro, sino un vac o parecido al de los torbellinos, que me chupaba y me asfixiaba. Tendido el uno al lado de otro , cambi bamos confidencias, cuchicheos, risas. Hecha un ovillo, ca a sobre mi pecho y all se desplegaba como una vegetaci n de rumores. Cantaba a mi o do, caracola. Se hac a humilde y transparente, echada a mis pies como un animalito, agua mansa. Era tan l mpida que pod a leer todos sus pensamientos.
10 Ciertas noches su piel se cubr a de fosforescencias y abrazarla era abrazar un pedazo de noche tatuada de fuego. Pero se hac a tambi n negra y amarga. A horas inesperadas mug a, suspiraba, se retorc a. Sus gemidos despertaban a los vecinos. Al o rla el viento del mar se pon a a rascar la puerta de la casa o deliraba en voz alta por alas azoteas. Los d as nublados la irritaban; romp a muebles, dec a malas palabras, me cubr a de insultos y de una espuma gris y verdosa. Escup a, lloraba, juraba, profetizaba. Sujeta a la luna, las estrellas, al influjo de la luz de otros mundos, cambiaba de humor y de semblante de una manera que a m me parec a fant stica, pero que era tal como la marea.