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Jane Eyre - Biblioteca

Charlotte Bront jane Eyre I Aquel d a no fue posible salir de paseo. Por la ma ana jugamos durante una hora entre los matorrales, pero despu s de comer (Mrs. Reed com a temprano cuando no hab a gente de fuera), el fr o viento invernal trajo consigo unas nubes tan sombr as y una lluvia tan recia, que toda posibilidad de salir se disip . Yo me alegr . No me gustaban los paseos largos, sobre todo en aquellas tardes invernales. Regres bamos de ellos al anochecer, y yo volv a siempre con los dedos agarrotados, con el coraz n entristecido por los rega os de Bessie, la ni era, y humillada por la consciencia de mi inferioridad f sica respecto a Eliza, John y Georgiana Reed. Los tres, Eliza, John y Georgiana, se agruparon en el sal n en torno a su madre, reclinada en el sof , al lado del fuego. Rodeada de sus hijos (que en aquel instante no disputaban ni alborotaban), mi t a parec a sentirse perfectamente feliz. A m me dispens de la obligaci n de unirme al grupo, diciendo que se ve a en la necesidad de mantenerme a distancia hasta que Bessie le dijera, y ella lo comprobara, que yo me esforzaba en adquirir mejores modales, en ser una ni a obediente.

Charlotte Brontë Jane Eyre I Aquel día no fue posible salir de paseo. Por la mañana jugamos durante una hora entre los matorrales, pero después …

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Transcription of Jane Eyre - Biblioteca

1 Charlotte Bront jane Eyre I Aquel d a no fue posible salir de paseo. Por la ma ana jugamos durante una hora entre los matorrales, pero despu s de comer (Mrs. Reed com a temprano cuando no hab a gente de fuera), el fr o viento invernal trajo consigo unas nubes tan sombr as y una lluvia tan recia, que toda posibilidad de salir se disip . Yo me alegr . No me gustaban los paseos largos, sobre todo en aquellas tardes invernales. Regres bamos de ellos al anochecer, y yo volv a siempre con los dedos agarrotados, con el coraz n entristecido por los rega os de Bessie, la ni era, y humillada por la consciencia de mi inferioridad f sica respecto a Eliza, John y Georgiana Reed. Los tres, Eliza, John y Georgiana, se agruparon en el sal n en torno a su madre, reclinada en el sof , al lado del fuego. Rodeada de sus hijos (que en aquel instante no disputaban ni alborotaban), mi t a parec a sentirse perfectamente feliz. A m me dispens de la obligaci n de unirme al grupo, diciendo que se ve a en la necesidad de mantenerme a distancia hasta que Bessie le dijera, y ella lo comprobara, que yo me esforzaba en adquirir mejores modales, en ser una ni a obediente.

2 Mientras yo no fuese m s sociable, m s despejada, menos hura a y m s agradable en todos los sentidos, Mrs. Reed se cre a obligada a excluirme de los privilegios reservados a los ni os obedientes y buenos. - Y qu ha dicho Bessie de m ? -interrogu al o r aquellas palabras. -No me gustan las ni as preguntonas, jane . Una ni a no debe hablar a los mayores de esa manera. Si ntate en cualquier parte y, mientras no se te ocurran mejores cosas que decir, estate callada. Me deslic hacia el comedorcito de desayunar anexo al sal n y en el cual hab a una estanter a con libros. Cog uno que ten a bonitas estampas. Me encaram al alf izar de una ventana, me sent en l cruzando las piernas como un turco y, despu s de correr las rojas cortinas que proteg an el hueco, qued aislada por completo en aquel retiro. Las cortinas escarlatas limitaban a mi derecha mi campo visual, pero a la izquierda, los cristales, aunque me defend an de los rigores de la inclemente tarde de noviembre, no me imped an contemplarla.

3 Mientras volv a las hojas del libro, me paraba de cuando en cuando para ojear el paisaje invernal. A lo lejos todo se fund a en un horizonte plomizo de nubes y nieblas. De cerca se divisaban los prados h medos y los arbustos agitados por el viento, y sobre toda la perspectiva ca a, sin cesar, una lluvia desoladora. Continu hojeando mi libro. Era una obra de Bewick, History of British Brids, consagrada en gran parte a las costumbres de los p jaros y cuyas p ginas de texto me interesaban poco, en general. No obstante, hab a unas cuantas de introducci n que, a pesar de ser muy ni a a n, me atra an lo suficiente para no considerarlas ridas del todo. Eran las que trataban de los lugares donde suelen anidar las aves marinas: las solitarias rocas y promontorios donde no habitan m s que estos seres , es decir, las costas de Noruega salpicadas de islas, desde su extremidad meridional hasta el Cabo Norte. Do el mar del Septentri n, revuelto, ba a la orilla gris de la isla melanc lica de la lejana Tule, y el Atl ntico azota en ruda tempestad las H Me sugestionaba mucho el imaginar las heladas riberas de Laponia, Siberia, Spitzberg, Nueva Zembla, Islandia, Groenlandia y la inmensa desolaci n de la Zona rtica, esa extensa y remota regi n desierta que es como el almac n de la nieve y el hielo, con sus interminables campos blancos, con sus monta as heladas en torno al polo, donde la temperatura alcanza su m s extremado rigor.

4 Yo me formaba una idea muy personal de aquellos pa ses, una idea fant stica, como todas las nociones aprendidas a medias que flotan en el cerebro de los ni os, pero intensamente impresionante. Las frases de la introducci n se relacionaban con las estampas del libro y prestaban m ximo relieve a los dibujos: una isla azotada por las olas y por la espuma del mar, una embarcaci n estall ndose contra los arrecifes de una costa pe ascosa, una luna fr a y fantasmal iluminando, entre nubes sombr as, un No acierto a definir el sentimiento que me inspiraba una l mina que representaba un cementerio solitario, con sus l pidas y sus inscripciones, su puerta, sus dos rboles, su cielo bajo y, en l, media luna que, elev ndose a lo lejos, alumbraba la noche naciente. En otra estampa dos buques que aparec an sobre un mar en calma se me figuraban fantasmas marinos. Pasaba algunos dibujos por alto: por ejemplo, aquel en que una figura cornuda y siniestra, sentada sobre una roca, contemplaba una multitud rodeando una horca que se perfilaba en lontananza.

5 Cada l mina de por s me relataba una historia: una historia generalmente oscura para mi inteligencia y mis sentimientos no del todo desarrollados a n, pero siempre interesante, tan interesante como los cuentos que Bessie nos contaba algunas tardes de invierno, cuando estaba de buen humor. En esas ocasiones llevaba a nuestro cuarto la mesa de planchar y, mientras repasaba los lazos de encaje y los gorros de dormir de Mrs. Reed, nos relataba narraciones de amor y de aventuras tomadas de antiguas f bulas y romances y, en ocasiones (seg n m s adelante descubr ), de las p ginas de Pamela and Henry, Earl of Moreland. Con el libro en las rodillas me sent a feliz a mi modo. S lo tem a ser interrumpida, y la interrupci n lleg , en efecto. La puerta del comedorcito acababa de abrirse. - Eh, t , do a Estropajo! -grit la voz de John Reed. Al ver que el cuarto estaba, en apariencia, vac o, se interrumpi . - Lizzy, Georgy! -grit -. jane no est aqu . Debe de haber salido, con lo que llueve!

6 Qu bestia es! Dec dselo a mam . Menos mal que he corrido las cortinas , pensaba yo. Y deseaba con todo fervor que no descubriera mi escondite. John Reed no lo hubiera encontrado probablemente, ya que su sagacidad no era mucha, pero Eliza, que asom en aquel momento la cabeza por la puerta, dijo: -Est en el antepecho de la ventana, Jack. Estoy segura de ello. Me apresur a salir, temiendo que si no Jack me sacase a rastras. - Qu quieres? -pregunt con temor. -Debes decir: Qu quiere usted, se orito Reed? -repuso-. Quiero que vengas aqu . Y sent ndose en una butaca, me orden con un adem n que me acercara. John Reed era un mozalbete de catorce a os, es decir, contaba cuatro m s que yo. Estaba muy desarrollado y fuerte para su edad, su piel era fea y spera, su cara ancha, sus facciones toscas y sus extremidades muy grandes. Com a hasta atracarse, lo que le produc a bilis y le hac a tener los ojos abotargados y las mejillas hinchadas. Deb a haber estado ya en el colegio, pero su mam le reten a en casa durante un mes o dos, en atenci n a su delicada salud.

7 Mr. Miles, el maestro, opinaba que John se hallar a mejor si no le enviasen de casa tantos bollos y confituras, pero la madre era de otro criterio y cre a que la falta de salud de su hijo se deb a a que estudiaba en exceso. John no ten a mucho cari o a su madre ni a sus hermanas y sent a hacia m una marcada antipat a. Me re a y me castigaba no una o dos veces a la semana o al d a, sino siempre y continuamente. Cada vez que se acercaba a m , todos mis nervios se pon an en tensi n y un escalofr o me recorr a los huesos. El terror que me inspiraba me hac a perder la cabeza. Era in til apelar a nadie: la servidumbre no deseaba mal quistarse con el hijo de la se ora, y sta era sorda y ciega respecto al asunto. Al parecer, no ve a nunca a John pegarme ni insultarme en su presencia, pese a que lo efectuaba m s de una vez, si bien me maltrataba m s frecuentemente a espaldas de su madre. Obediente, como de costumbre, a las rdenes de John, me acerqu a su butaca. Durante tres minutos estuvo insult ndome con todas las energ as de su lengua.

8 Yo esperaba que me pegase de un momento a otro, y sin duda en mi rostro se le a la aversi n que me inspiraba, porque, de s bito, me descarg un golpe violento. Me tambale , procur recobrar el equilibrio y me apart uno o dos pasos de su butaca. -Eso es para que aprendas a contestar a mam , y a esconderte entre las cortinas, y a mirarme como me acabas de mirar. Estaba tan acostumbrada a las brutalidades de John Reed, que ni siquiera se me ocurr a replicar a sus injurias y s lo me preocupaba de los golpes que sol an seguirlas. - Qu hac as detr s de la cortina? -pregunt . -Leer. -A ver el libro. Lo cog de la ventana y se lo entregu . -T no tienes por qu andar con nuestros libros. Eres inferior a nosotros: lo dice mam . T no tienes dinero, tu padre no te ha dejado nada y no tienes derecho a vivir con hijos de personas distinguidas como nosotros, ni a comer como nosotros, ni a vestir como nosotros a costa de mam . Yo te ense ar a coger mis libros.

9 Porque son m os, para que te enteres, y la casa, y todo lo que hay en ella me pertenece, o me pertenecer dentro de pocos a os. Sep rate un poco y qu date en pie en la puerta, pero no lejos de las ventanas y del espejo. Le obedec , sin comprender de momento sus prop sitos. Repar en ellos cuando le vi asir el libro para tir rmelo, y quise separarme, pero ya era tarde. El libro me dio en la cabeza, la cabeza tropez contra la puerta, el golpe me produjo una herida y la herida comenz a sangrar. El dolor fue tan vivo que mi terror, que hab a llegado a su extremo l mite, dio lugar a otros sentimientos. - Malvado! -le dije-. Eres peor que un asesino, que un negrero, que un emperador Yo hab a le do History of Rome, de Goldsmith, y hab a formado una opini n personal respecto a Ner n, Cal gula y dem s c sares. E incluso hab a en mi interior establecido paralelismos que hasta aquel momento guardaba ocultos, pero que entonces no consegu reprimir. - C mo! -exclam John.

10 Eliza, Georgiana, hab is o do lo que me ha dicho? Voy a cont rselo a mam . Pero Se precipit hacia m , me cogi por el cabello y por la espalda y me zarande b rbaramente. Yo le consideraba un tirano, un criminal. Una o dos gotas de sangre se deslizaron desde mi cabeza hasta mi cuello. Sent un dolor agudo. Aquellas impresiones se sobrepusieron a mi miedo y repel a mi agresor en rgicamente. No s bien lo que hice, pero le o decir a gritos: - Condenada! Perra! No tard en recibir ayuda. Eliza y Georgiana hab an corrido hacia su madre y sta aparec a ya en escena, seguida de Bessie y de Abbot, la criada. Nos separaron y o exclamar: - Hay que ver! Con qu furia pegaba esa ni a al se orito John! - Con cu nta rabia! La Mrs. orden : -Ll vensela al cuarto rojo y enci rrenla en l. Varias manos me sujetaron y me arrastraron hacia las escaleras. II Resist por todos los medios. Ello era una cosa ins lita y contribuy a aumentar la mala opini n que de m ten an Bessie y Miss Abbot.