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LA VERDAD SOBRE EL CASO DEL SEÑOR VALDEMAR - …

EDGAR ALLAN POE LA VERDAD SOBRE EL CASO DEL SE OR VALDEMAR 2003 - Reservados todos los derechos Permitido el uso sin fines comerciales EDGAR ALLAN POE LA VERDAD SOBRE EL CASO DEL SE OR VALDEMAR De ninguna manera me parece sorprendente que el extraordinario caso del se or VALDEMAR haya provocado tantas discusiones. Hubiera sido un milagro que ocurriera lo contrario, especialmente en tales circunstancias. Aunque todos los participantes dese bamos mantener el asunto alejado del p blico al menos por el momento, o hasta que se nos ofrecieran nuevas oportunidades de investigaci n , a pesar de nuestros esfuerzos no tard en difundirse una versi n tan espuria como exagerada, que se convirti en fuente de muchas desagradables tergiversaciones y, como es natural, de profunda incredulidad. El momento ha llegado de que yo d a conocer los hechos en la medida en que me es posible comprenderlos.

dominio, y, por lo que respecta a la clarividencia, no se podía confiar en nada de lo que había conseguido con él. Atribuía yo aquellos fracasos al mal estado de salud de mi amigo.

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1 EDGAR ALLAN POE LA VERDAD SOBRE EL CASO DEL SE OR VALDEMAR 2003 - Reservados todos los derechos Permitido el uso sin fines comerciales EDGAR ALLAN POE LA VERDAD SOBRE EL CASO DEL SE OR VALDEMAR De ninguna manera me parece sorprendente que el extraordinario caso del se or VALDEMAR haya provocado tantas discusiones. Hubiera sido un milagro que ocurriera lo contrario, especialmente en tales circunstancias. Aunque todos los participantes dese bamos mantener el asunto alejado del p blico al menos por el momento, o hasta que se nos ofrecieran nuevas oportunidades de investigaci n , a pesar de nuestros esfuerzos no tard en difundirse una versi n tan espuria como exagerada, que se convirti en fuente de muchas desagradables tergiversaciones y, como es natural, de profunda incredulidad. El momento ha llegado de que yo d a conocer los hechos en la medida en que me es posible comprenderlos.

2 Helos aqu sucintamente: Durante los ltimos a os el estudio del hipnotismo hab a atra do repetidamente mi atenci n. Hace unos nueve meses, se me ocurri s bitamente que en la serie de experimentos efectuados hasta ahora exist a una omisi n tan curiosa como inexplicable: jam s se hab a hipnotizado a nadie in articulo mortis. Quedaba por verse si, en primer lugar, un paciente en esas condiciones ser a susceptible de influencia magn tica; segundo, en caso de que lo fuera, si su estado aumentar a o disminuir a dicha susceptibilidad, y tercero, hasta qu punto, o por cu nto tiempo, el proceso hipn tico ser a capaz de detener la intrusi n de la muerte. Quedaban por aclarar otros puntos, pero stos eran los que m s excitaban mi curiosidad, SOBRE todo el ltimo, dada la inmensa importancia que pod an tener sus consecuencias. Pensando si entre mis relaciones habr a alg n sujeto que me permitiera verificar esos puntos, me acord de mi amigo Ernest VALDEMAR , renombrado compilador de la Bibliotheca Forensica y autor (bajo el nom de plume de Issachar Marx) de las versiones polacas de Wallenstein y Gargant a.

3 El se or VALDEMAR , residente desde 1839 en Harlem, Nueva York, es (o era) especialmente notable por su extraordinaria delgadez, tanto que sus extremidades inferiores se parec an mucho a las de John Randolph, y tambi n por la blancura de sus patillas, en violento contrast con sus cabellos negros, lo cual llevaba a suponer con frecuencia que usaba peluca. Ten a un temperamento muy nervioso, que le convert a en buen sujeto para experiencias hipn ticas. Dos o tres veces le hab a adormecido sin gran trabajo, pero me decepcion no alcanzar otros resultados que su especial constituci n me hab a hecho prever. Su voluntad no quedaba nunca bajo mi entero dominio, y, por lo que respecta a la clarividencia, no se pod a confiar en nada de lo que hab a conseguido con l. Atribu a yo aquellos fracasos al mal estado de salud de mi amigo. Unos meses antes de trabar relaci n con l, los m dicos le hab an declarado tuberculoso.

4 El se or VALDEMAR acostumbraba referirse con toda calma a su pr ximo fin, como algo que no cabe ni evitar ni lamentar. Cuando las ideas a que he aludido se me ocurrieron por primera vez, lo m s natural fue que acudiese a VALDEMAR . Demasiado bien conoc a la serena filosof a de mi amigo para temer alg n escr pulo de su parte; por lo dem s, no ten a parientes en Am rica que pudieran intervenir para oponerse. Le habl francamente del asunto y, para mi sorpresa, not que se interesaba vivamente. Digo para mi sorpresa, pues si bien hasta entonces se hab a prestado libremente a mis experimentos, jam s demostr el menor inter s por lo que yo hac a. Su enfermedad era de las que permiten un c lculo preciso SOBRE el momento en que sobrevendr la muerte. Convinimos, pues, en que me mandar a llamar veinticuatro horas antes del momento fijado por sus m dicos para su fallecimiento. Hace m s de siete meses que recib la siguiente nota, de pu o y letra de VALDEMAR : Estimado P.

5 : Ya puede usted venir. y coinciden en que no pasar de ma ana a medianoche, y me parece que han calculado el tiempo con mucha exactitud. VALDEMAR Recib el billete media hora despu s de escrito, y quince minutos m s tarde estaba en el dormitorio del moribundo. No le hab a visto en los ltimos diez d as y me aterr la espantosa alteraci n que se hab a producido en tan breve intervalo. Su rostro ten a un color plomizo, no hab a el menor brillo en los ojos y, tan terrible era su delgadez, que la piel se hab a abierto en los p mulos. Expectoraba continuamente y el pulso era casi imperceptible. Conservaba no obstante una notable claridad mental, y cierta fuerza. Me habl con toda claridad, tom algunos calmantes sin ayuda ajena y, en el momento de entrar en su habitaci n, le encontr escribiendo unas notas en una libreta. Se manten a sentado en el lecho con ayuda de varias almohadas, y estaban a su lado los doctores y Luego de estrechar la mano de VALDEMAR , llev aparte a los m dicos y les ped que me explicaran detalladamente el estado del enfermo.

6 Desde hac a dieciocho meses, el pulm n izquierdo se hallaba en un estado semi seo o cartilaginoso, y, como es natural, no funcionaba en absoluto, En su porci n superior el pulm n derecho aparec a parcialmente osificado, mientras la inferior era tan s lo una masa de tub rculos purulentos que se confund an unos con otros. Exist an varias dilatadas perforaciones y en un punto se hab a producido una adherencia permanente a las costillas, Todos estos fen menos del l bulo derecho eran de fecha reciente; la osificaci n se hab a operado con ins lita rapidez, ya que un mes antes no exist an se ales de la misma y la adherencia s lo hab a sido comprobable en los ltimos tres d as. Aparte de la tuberculosis los m dicos sospechaban un aneurisma de la aorta, pero los s ntomas de osificaci n volv an sumamente dif cil un diagn stico. Ambos facultativos opinaban que VALDEMAR morir a hacia la medianoche del d a siguiente (un domingo).

7 Eran ahora las siete de la tarde del s bado. Al abandonar la cabecera del moribundo para conversar conmigo, los doctores y se hab an despedido definitivamente de l. No era su intenci n volver a verle, pero, a mi pedido, convinieron en examinar al paciente a las diez de la noche del d a siguiente. Una vez que se fueron, habl francamente con VALDEMAR SOBRE su pr ximo fin, y me refer en detalle al experimento que le hab a propuesto. Nuevamente se mostr dispuesto, e incluso ansioso por llevarlo a cabo, y me pidi que comenzara de inmediato. Dos enfermeros, un hombre y una mujer, atend an al paciente, pero no me sent autorizado a llevar a cabo una intervenci n de tal naturaleza frente a testigos de tan poca responsabilidad en caso de alg n accidente repentino. Aplac , por tanto, el experimento hasta las ocho de la noche del d a siguiente, cuando la llegada de un estudiante de medicina de mi conocimiento (el se or Theodore ) me libr de toda preocupaci n.

8 Mi intenci n inicial hab a sido la de esperar a los m dicos, pero me vi obligado a proceder, primeramente por los urgentes pedidos de VALDEMAR y luego por mi propia, convicci n de que no hab a un minuto que perder, ya que con toda evidencia el fin se acercaba r pidamente. El se or tuvo la amabilidad de acceder a mi pedido, as como de tomar nota de todo lo que ocurriera. Lo que voy a relatar ahora procede de sus apuntes, ya sea en forma condensada o verbatim. Faltaban cinco minutos para las ocho cuando, despu s de tomar la mano de VALDEMAR , le ped que manifestara con toda la claridad posible, en presencia de , que estaba dispuesto a que yo le hipnotizara en el estado en que se encontraba. D bil, pero distintamente, el enfermo respondi : S , quiero ser hipnotizado , agregando de inmediato: Me temo que sea demasiado tarde. Mientras as dec a, empec a efectuar los pases que en las ocasiones anteriores hab an sido m s efectivos con l.

9 Sent a indudablemente la influencia del primer movimiento lateral de mi mano por su frente, pero, aunque emple todos mis poderes, me fue imposible lograr otros efectos hasta algunos minutos despu s de las diez, cuando llegaron los doctores y , tal como lo hab an prometido. En pocas palabras les expliqu cu l era mi intenci n, y, como no opusieron inconveniente, considerando que el enfermo se hallaba ya en agon a, continu sin vacilar, cambiando, sin embargo, los pases laterales por otros verticales y concentrando mi mirada en el ojo derecho del sujeto. A esta altura su pulso era imperceptible y respiraba entre estertores, a intervalos de medio minuto. Esta situaci n se mantuvo sin variantes durante un cuarto de hora. Al expirar este per odo, sin embargo, un suspiro perfectamente natural, aunque muy profundo, escap del pecho del moribundo, mientras cesaba la respiraci n estertorosa o, mejor dicho, dejaban de percibirse los estertores; en cuanto a los intervalos de la respiraci n, siguieron siendo los mismos.

10 Las extremidades del paciente estaban heladas. A las once menos cinco, advert inequ vocas se ales de influencia hipn tica. La vidriosa mirada de los ojos fue reemplazada por esa expresi n de intranquilo examen interior que jam s se ve sino en casos de hipnotismo, y SOBRE la cual no cabe enga arse. Mediante unos r pidos pases laterales hice palpitar los p rpados, como al acercarse el sue o, y con unos. pocos m s los cerr por completo. No bastaba esto para satisfacerme, sin embargo, sino que continu vigorosamente mis manipulaciones, poniendo en ellas toda mi voluntad, hasta que hube logrado la completa rigidez de los miembros del durmiente, a quien previamente hab a colocado en la posici n que me pareci m s c moda. Las piernas estaban completamente estiradas; los brazos reposaban en el lecho, a corta distancia de los flancos. La cabeza hab a sido ligeramente levantada.


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