Transcription of Publio Ovidio Nasón - Biblioteca
1 Publio Ovidio Nas n Metamorfosis 2003 - Reservados todos los derechos Permitido el uso sin fines comerciales Publio Ovidio Nas n Metamorfosis Traducci n de Ana P rez Vega Libro primero Invocaci n Me lleva el nimo a decir las mutadas formas a nuevos cuerpos: dioses, estas empresas m as -pues vosotros los mutasteis- aspirad, y, desde el primer origen del cosmos hasta mis tiempos, perpetuo desarrollad mi poema. El origen del mundo Antes del mar y de las tierras y, el que lo cubre todo, el cielo, 5 uno solo era de la naturaleza el rostro en todo el orbe, al que dijeron Caos, ruda y desordenada mole y no otra cosa sino peso inerte, y, acumuladas en l, unas discordes simientes de cosas no bien unidas.
2 Ning n Tit n todav a al mundo ofrec a luces, 10 ni nuevos, en creciendo, reiteraba sus cuernos Febe, ni en su circunfuso aire estaba suspendida la tierra, por los pesos equilibrada suyos, ni sus brazos por el largo margen de las tierras hab a extendido Anfitrite, y por donde hab a tierra, all tambi n ponto y aire: 15 as , era inestable la tierra, innadable la onda, de luz carente el aire: ninguno su forma manten a, y estorbaba a los otros cada uno, porque en un cuerpo solo lo fr o pugnaba con lo caliente, lo humedecido con lo seco, lo mullido con lo duro, lo sin peso con lo que ten a peso.
3 20 Tal lid un dios y una mejor naturaleza dirimi , pues del cielo las tierras, y de las tierras escindi las ondas, y el fluente cielo segreg del aire espeso. Estas cosas, despu s de que las separ y eximi de su ciega acumulaci n, disociadas por lugares, con una concorde paz las lig . 25 La fuerza gnea y sin peso del convexo cielo riel y un lugar se hizo en el supremo recinto. Pr ximo est el aire a ella en levedad y en lugar. M s densa que ellos, la tierra, los elementos grandes arrastr y presa fue de la gravedad suya; el circunfluente humor 30 lo ltimo posey y contuvo al s lido orbe.
4 As cuando dispuesta estuvo, quien quiera que fuera aquel, de los dioses, esta acumulaci n saj , y sajada en miembros la rehizo. En el principio a la tierra, para que no desigual por ninguna parte fuera, en forma la aglomer de gran orbe; 35 entonces a los estrechos difundirse, y que por arrebatadores vientos se entumecieran orden y que de la rodeada tierra circundaran los litorales. A adi tambi n fontanas y pantanos inmensos y lagos, y las corrientes declinantes ci de oblicuas riberas, las cuales, diversas por sus lugares, en parte son sorbidas por ella, 40 al mar arriban en parte, y en tal llano recibidas de m s libre agua, en vez de riberas, sus litorales baten.
5 Orden tambi n que se extendieran los llanos, que se sumieran los valles, que de fronda se cubrieran las espesuras, lap deos que se elevaran los montes. Y, como dos por la derecha y otras tantas por su siniestra 45 parte, el cielo cortan unas fajas -la quinta es m s ardiente que aqu llas-, igualmente la carga en l incluida la distingui con el n mero mismo el cuidado del dios, y otras tantas llagas en la tierra se marcan. De las cuales la que en medio est no es habitable por el calor. Nieve cubre, alta, a dos; otras tantas entre ambas coloc 50 y templanza les dio, mezclada con el fr o la llama.
6 Domina sobre ellas el aire, el cual, en cuanto es, que el peso de la tierra, su peso, que el del agua, m s ligero, en tanto es m s pesado que el fuego. All tambi n las nieblas, all aposentarse las nubes orden , y los que habr an de conmover, los truenos, las humanas mentes, 55 y con los rayos, hacedores de rel mpagos, los vientos. A ellos tambi n no por todas partes el art fice del mundo que tuvieran el aire les permiti . Apenas ahora se les puede impedir a ellos, cuando cada uno gobierna sus soplos por diverso trecho, que destrocen el cosmos: tan grande es la discordia de los hermanos. 60 El Euro a la Aurora y a los nabateos reinos se retir , y a Persia, y a las cimas sometidas a los rayos matutinos.
7 El Anochecer y los litorales que con el caduco sol se templan, pr ximos est n al C firo; Escitia y los Siete Triones horrendo los invadi el B reas. La contraria tierra 65 con nubes asiduas y lluvia la humedece el Austro. De ello encima impuso, fluido y de gravedad carente, el ter, y que nada de la terrena hez tiene. Apenas as con lindes hab a cercado todo ciertas, cuando, las que presa mucho tiempo hab an sido de una calina ciega, 70 las estrellas empezaron a hervir por todo el cielo, y para que regi n no hubiera ninguna de sus vivientes hu rfana, los astros poseen el celeste suelo, y con ellos las formas de los dioses; cedieron para ser habitadas a los n tidos peces las ondas, la tierra a las fieras acogi , a los voladores el agitable aire.
8 75 M s santo que ellos un viviente, y de una mente alta m s capaz, faltaba todav a, y que dominar en los dem s pudiera: nacido el hombre fue, sea que a l con divina simiente lo hizo aquel artesano de las cosas, de un mundo mejor el origen, sea que reciente la tierra, y apartada poco antes del alto 80 ter, reten a simientes de su pariente el cielo; a ella, el linaje de J peto, mezclada con pluviales ondas, la model en la efigie de los que gobiernan todo, los dioses, y aunque inclinados contemplen los dem s vivientes la tierra, una boca sublime al hombre dio y el cielo ver 85 le orden y a las estrellas levantar erguido su semblante.
9 As , la que poco antes hab a sido ruda y sin imagen, la tierra se visti de las desconocidas figuras, transformada, de los hombres. Las edades del hombre urea la primera edad engendrada fue, que sin defensor ninguno, por s misma, sin ley, la confianza y lo recto honraba. 90 Castigo y miedo no hab an, ni palabras amenazantes en el fijado bronce se le an, ni la suplicante multitud tem a la boca del juez suyo, sino que estaban sin defensor seguros. Todav a, cortado de sus montes para visitar el extranjero orbe, a las fluentes ondas el pino no hab a descendido, 95 y ningunos los mortales, excepto sus litorales, conoc an.
10 Todav a vertiginosas no ce an a las fortalezas sus fosas. No la tuba de derecho bronce, no de bronce curvado los cuernos, no las g leas, no la espada exist a. Sin uso de soldado sus blandos ocios seguras pasaban las gentes. 100 Ella misma tambi n, inmune, y de rastrillo intacta, y de ningunas rejas herida, por s lo daba todo la tierra, y, content ndose con unos alimentos sin que nadie los obligara creados, las cr as del madro o y las montanas fresas recog an, y cornejos, y en los duros zarzales prendidas las moras 105 y, las que se hab an desprendido del anchuroso rbol de J piter, bellotas.