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Washington Irving Cuentos de la Alhambra Traducci n del ingl s por J. Ventura Traveset ndice Pr logo del traductor El viaje Gobierno de la Alhambra Interior de la Alhambra La Torre de Comares Consideraciones sobre la dominaci n musulmana en Espa a La familia de la casa El truh n La habitaci n del autor La Alhambra a la luz de la luna Habitantes de la Alhambra El Patio de los Leones Boabdil el Chico Recuerdos de Boabdil El

Washington Irving Cuentos de la Alhambra Traducción del inglés por J. Ventura Traveset Índice Prólogo del traductor El viaje Gobierno de la Alhambra

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1 Washington Irving Cuentos de la Alhambra Traducci n del ingl s por J. Ventura Traveset ndice Pr logo del traductor El viaje Gobierno de la Alhambra Interior de la Alhambra La Torre de Comares Consideraciones sobre la dominaci n musulmana en Espa a La familia de la casa El truh n La habitaci n del autor La Alhambra a la luz de la luna Habitantes de la Alhambra El Patio de los Leones Boabdil el Chico Recuerdos de Boabdil El

2 Balc n La aventura del alba il Un paseo por las colinas Tradiciones locales La casa del Gallo de Viento Leyenda del astr logo rabe La Torre de las Infantas Leyenda de las tres hermosas Princesas Visitadores de la Alhambra Leyenda del Pr ncipe Ahmed al Kamel o el Peregrino del amor Leyenda del legado del moro Leyenda de la Rosa de la Alhambra o el Paje y el Halc n El veterano Leyenda del Gobernador y el Escribano Leyenda del Gobernador manco y el Soldado Leyenda de las dos discretas Estatuas Mohamed Abu Alhamar, el fundador de la Alhambra Yusef Abul Hagig, el finalizador de la Alhambra Pr logo del traductor Mu venos a publicar esta versi n espa ola de la celebrada obra de Washington Irving, Cuentos de la Alhambra (Tales of the Alhambra )

3 , el deseo de popularizar -hoy que tan vivo inter s ha conseguido despertar la literatura folkl rica en Europa- ese precioso ciclo legendario que nace en torno de los alc zares granadinos durante la dominaci n musulmana, que se acrecienta con los po ticos episodios de la Reconquista y con los varios accidentes y tr gicos sucesos del alzamiento de los moriscos, y que se ha perpetuado hasta nuestros d as entre los viejos habitantes del rabe recinto. Sabido es que la pol tica inexorable de los vencedores oblig a buscar nueva patria a los desgraciados y m seros moriscos, abandonando sus hogares y sepultando en el amado suelo patrio preciados bienes y tesoros, con la esperanza de poderlos recuperar el d a de su rehabilitaci n.

4 Estos tesoros ocultos han sido el alma de mil interesantes leyendas, f bulas y Cuentos maravillosos, transmitidos oralmente de generaci n en generaci n, y germen de una literatura novelesca en esta regi n meridional andaluza. A la circunstancia especial sima de haber vivido en la Alhambra el insigne escritor norteamericano Washington Irving, en el 1829 debemos el poder saborear algunas de estas narraciones encantadoras, que l a su vez recogi de labios de los habitantes de la hist rica fortaleza morisca, y que forman p ginas tan amenas e interesantes como las musl micas de Las mil y una noches. El bello libro de Washington Irving no se ha llegado a popularizar en nuestra Espa a tanto como en el resto de Europa y en el Nuevo Mundo, especialmente en Norteam rica, donde este insigne turista fue tan querido y celebrado.

5 Y por cierto que bien merec a y merece la obra ser conocida de los espa oles, y, sobre todo, de los hijos de la hermosa Granada, por l enaltecida y considerada como el dulce para so de sus d as m s venturosos. Dentro de la rica literatura popular europea, pocos libros podr n aventajar al de Irving en inter s y amenidad, por el sello especial que le distingue, por su estilo primoroso y sus galas y atav o de lenguaje, y por aquel colorido local tan art sticamente conservado en sus consejas: por su profundo conocimiento, en fin, de las costumbres populares granadinas. Har unos setenta a os dio a luz en Madrid, D. M. M. de Santa Ana, una versi n suya de este libro, hecha por tabla de las francesas de M.

6 Cristian y de Milles A. Sobry; y, en 1859 la tipograf a granadina de Zamora dio a la estampa otra versi n espa ola de unos cuantos cap tulos del mismo. Pero as de estas incompletas versiones castellanas como de las francesas se han hecho rar simos ejemplares; por lo cual creemos prestar un servicio al p blico ilustrado y amante de este g nero de literatura en general dando a luz una versi n completa de los Cuentos m gicos de la Alhambra , hecha directamente del ingl s y con cuanta fidelidad y esmero nos han sido posibles. Si hubi ramos conseguido llevar a cabo, siquiera con mediano acierto, nuestro humilde trabajo, nos dar amos por cumplidamente recompensados y, sobre todo, si nuestros amables lectores se sirven recibirlo con indulgencia, en gracia del prop sito que nos ha impulsado a publicarlo.

7 J. V. T. El viaje En la primavera del a o 1829 el autor de esta obra, que hab a venido a Espa a atra do por la curiosidad, hizo un viaje desde Sevilla a Granada, acompa ado de un amigo, miembro de la Embajada rusa en Madrid. La casualidad nos hab a reunido desde regiones muy distantes, y la semejanza de aficiones nos despert el deseo de peregrinar juntos por las rom nticas monta as de Andaluc a. Si estas p ginas llegan a sus manos, ojal que le recuerden las escenas de nuestro aventurero viaje, ahora est ocupado en los negocios de su cargo diplom tico, o mezclado en el bullicio de la corte, o ya est abstra do ante las galas de la naturaleza; y ojal que tambi n puedan traerle a la memoria los detalles de nuestra amena excursi n, y con ellos el recuerdo de un amigo al cual ni el tiempo ni la distancia har n jam s olvidar la dulce memoria de su amabilidad y gran val a!

8 Ahora, antes de entrar en mi asunto, s ame permitido apuntar algunos pormenores sobre el aspecto de Espa a y la manera de viajar en este pa s. Casi todos se figuran en su imaginaci n a Espa a como una regi n meridional preciosa, con los suaves encantos de la voluptuosa Italia; pero es, por el contrario, en su mayor parte -si bien se except an algunas de sus provincias mar timas-, un pa s spero y melanc lico, de escarpadas monta as y extens simas llanuras desprovistas de rboles, de indescriptible aislamiento y aridez, que participan del salvaje y solitario car cter de frica. Aumenta esta silenciosa soledad la ausencia de las canoras aves, natural consecuencia de la falta de rboles y de pastos; se ven el buitre y el guila revolotear alrededor de los escarpados picos de las monta as, precipit ndose al llano, y las bandadas de recelosas avutardas trepar por entre los matorrales; pero esa multitud de pajarillos que anidan en otros pa ses no se encuentran m s que en unas pocas provincias de Espa a, y principalmente en los huertos y jardines que rodean las habitaciones de los naturales.

9 En las provincias interiores atraviesa el viajero de vez en cuando grandes campos sembrados de granos, que verdean de trecho en trecho, tan extensos, que se pierden de vista, y que en otros tiempos estaban yermos y ridos; en vano se buscar la mano que ha cultivado aquel suelo. En lontananza se divisa alg n pueblecito situado sobre escarpada colina o agrio despe adero, semejando murallas desmanteladas o ruinosas atalayas; o bien alguna guarida, en tiempos pasados, fortificada en la guerra civil o contra las correr as de los moriscos, pues todav a se conserva entre los aldeanos de muchas partes de Espa a la costumbre de unirse para la mutua protecci n, a causa de los robos de los vagabundos ladrones.

10 Pero aunque una gran parte de Espa a est falta de arboledas y florestas y carece de los encantos del cultivo que engalana los campos, con todo, su conjunto ofrece una noble severidad que est perfectamente en armon a con la manera de ser de los habitantes; y yo me explico mejor al arrogante, intr pido, frugal y sobrio espa ol y su arrojo en los peligros y su desprecio a los afeminados placeres desde que he visitado el pa s en que habita. Hay algo tambi n en los severos y sencillos paisajes del territorio espa ol que imprime en el alma un sentimiento de sublimidad. Las inmensas llanuras de Castilla y de la Mancha, que se extienden hasta perderse de vista, atraen e interesan por su gran aridez e inmensidad, y poseen en alto grado la solemne grandiosidad del oc ano.


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