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1 KARL MARX PROLOGO A CONTRIBUCION A LA CRITICA DE LA ECONOMIA POLITICA 1859 Estudio el sistema de la econom a burguesa por este orden: capital, propiedad del suelo, trabajo asalariado, Estado, comercio exterior, mercado mundial. Bajo los tres primeros t tulos, investigo las condiciones econ micas de vida de las tres grandes clases en que se divide la moderna sociedad burguesa; la conexi n entre los tres t tulos restantes salta a la vista. la primera secci n del libro primero, que trata del capital, contiene los siguientes cap tulos: 1. La mercanc a; 2. El dinero o la circulaci n simple; 3. El capital en general. los dos primeros cap tulos forman el contenido del presente fasc culo. Tengo ante m todos los materiales de la obra en forma de monograf as, redactadas, con grandes intervalos de tiempo para el esclarecimiento de mis propias ideas y no para su publicaci n; la elaboraci n sistem tica de todos estos materiales con arreglo al plan apuntado, depender de circunstancias externas.
2 Aunque hab a esbozado una introducci n general, prescindo de ella, pues, bien pensada la cosa, creo que el adelantar los resultados que han de demostrarse, m s bien ser a un estorbo, y el lector que quiera realmente seguirme deber estar dispuesto a remontarse de lo particular a lo general. En cambio, me parecen oportunas aqu algunas referencias acerca de la trayectoria de mis estudios de econom a pol tica. Mis estudios profesionales eran los de Jurisprudencia, de la que, sin embargo, s lo me preocup como disciplina secundaria, al lado de la filosof a y de la historia. En 1842-1843, siendo redactor de la Rheinische Zeitung, me vi por vez primera en el trance dif cil de tener que opinar acerca de los llamados intereses materiales. Los debates de la Dieta renana sobre la tala furtiva y la parcelaci n de la propiedad del suelo, la pol mica oficial mantenida entre el se or Von Schaper, a la saz n gobernador de la provincia renana, y la Rhinische Zeitung, sobre la situaci n de los campesinos del Mosela, fue lo que me movi a ocuparme por vez primera de cuestiones econ micas.
3 Por otra parte, en aquellos tiempos en que el buen deseo de marchar a la vanguardia superaba con mucho el conocimiento de la materia, la Rheinische Zeitung dejaba traslucir un eco del socialismo y del comunismo franc s, te ido de un tenue matiz filos fico. Yo me declar en contra de aquellas chapucer as, pero confesando al mismo tiempo francamente, en una controversia con la Allgemeine Augsburger Zeitung, que mis estudios hasta entonces no me permit an aventurar ning n juicio acerca del contenido propiamente dicho de las tendencias francesas. Lejos de esto, aprovech vidamente la ilusi n de los gerentes de la Rheinische Zeitung, quienes cre an que suavizando la posici n del peri dico iban a conseguir que se revocase la sentencia de muerte ya decretada contra l, para retirarme de la escena p blica a mi cuarto de estudio.
4 Mi primer trabajo, emprendido para resolver las dudas que me asaltaban, fue una revisi n cr tica de la filosof a hegeliana del derecho, trabajo cuya introducci n vio la luz en los Deutsch-Franzosische Jahrb cher, publicados en Par s en 1844. Mis investigaciones desembocaban en el resultado que sigue: Tanto las relaciones jur dicas como las formas de Estado no pueden comprenderse por s mismas ni por la llamada evoluci n general del esp ritu humano, sino que radican, por el contrario, en las condiciones materiales de vida cuyo conjunto resume Hegel, siguiendo el precedente de los ingleses y franceses del siglo XVIII, bajo el nombre de , y que la anatom a de la sociedad civil hay que buscarla en la econom a pol tica. En Bruselas, adonde me traslad en virtud de una orden de destierro dictada por el se or Guizot, hube de proseguir mis estudios de econom a pol tica, comenzados en Par s.
5 El resultado general a que llegu , y que, una vez obtenido, sirvi de hilo conductor a mis estudios, puede resumirse as : en la producci n social de su existencia, los hombres contraen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producci n que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producci n forma la estructura econ mica de la sociedad, la base real sobre la que se eleva un edificio [Uberbau] jur dico y pol tico y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producci n de la vida material determina [bedingen] el proceso de la vida social, pol tica y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia.
6 Al llegar a una determinada fase de desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad chocan con las relaciones de producci n existentes, o, lo que no es m s que la expresi n jur dica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta all . De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas. Se abre as una poca de revoluci n social. Al cambiar la base econ mica se revoluciona, m s o menos r pidamente, todo el inmenso edificio erigido sobre ella. Cuando se estudian esas revoluciones, hay que distinguir siempre entre los cambios materiales ocurridos en las condiciones econ micas de producci n y que pueden apreciarse con la exactitud propia de las ciencias naturales, y las formas jur dicas, pol ticas, religiosas, art sticas o filos ficas, en una palabra, las formas ideol gicas en que los hombres adquieren conciencia de este conflicto y luchan por resolverlo y del mismo modo que no podemos juzgar a un individuo por lo que l piensa de s , no podemos juzgar tampoco a estas pocas de revoluci n por su conciencia, sino que, por el comentario, hay que explicarse esta conciencia por las contradicciones de la vida material, por el conflicto existente entre las fuerzas productivas sociales y las relaciones de producci n.
7 Ninguna formaci n social desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella, y jam s aparecen nuevas y m s altas relaciones de producci n antes de que las condiciones materiales para su existencia hayan madurado en el seno de la propia sociedad antigua. Por eso, la humanidad se propone siempre nicamente los objetivos que puede alcanzar, pues, bien miradas las cosas, vemos siempre que estos objetivos s lo brotan cuando ya se dan, o, por lo menos, se est n gestando, las condiciones materiales para su realizaci n. A grandes rasgos, podemos designar como otras tantas pocas progresivas de la formaci n econ mica de la sociedad, el modo de producci n asi tico, el antiguo, el feudal, y el moderno burgu s. Las relaciones burguesas de producci n son la ltima forma antag nica del proceso social de producci n; antag nica no en el sentido de un antagonismo individual, sino de un antagonismo que proviene de las condiciones sociales de vida de los individuos.
8 Pero las fuerzas productivas que se desarrollan en el seno de la sociedad burguesa brindan, al mismo tiempo, las condiciones materiales para la soluci n de este antagonismo. Con esta formaci n social se cierra, por tanto, la prehistoria de la sociedad humana. Friedrich Engels, con el que yo manten a un constante intercambio escrito de ideas desde la publicaci n de su genial bosquejo sobre la cr tica de las categor as econ micas, en los Deutsch-Franzoisische Jahrb cher, hab a llegado por distinto camino (V ase su libro La Situaci n de la Clase Obrera en Inglaterra) al mismo resultado que yo. Y cuando en la primavera de 1845 se estableci tambi n en Bruselas, acordamos contrastar conjuntamente nuestro punto de vista con el ideol gico de la filosof a alemana. En el fondo, dese bamos liquidar nuestra conciencia filos fica anterior.
9 El prop sito fue realizado bajo la forma de una cr tica de la filosof a posthegeliana. El manuscrito -dos gruesos vol menes en octavo- llevaba ya la mar de tiempo en Westfalia, en el sitio en que hab a de editarse, cuando nos enteramos de que nuevas circunstancias imprevistas imped an su publicaci n. En vista de esto, entregamos el manuscrito a la cr tica roedora de los ratones, muy de buen grado, pues nuestro objeto principal: esclarecer nuestras propias ideas, estaba conseguido. Entre los trabajos dispersos en que por aquel entonces expusimos al p blico nuestras ideas, bajo unos u otros aspectos, s lo citar el Manifiesto del Partido Comunista, redactado en colaboraci n con Engels, y mi Discurso sobre el Libre Cambio. Los puntos decisivos de nuestra concepci n fueron expuestos por vez primera, cient ficamente, aunque s lo en forma pol mica, en mi escrito Miseria de la Filosof a, publicada en 1847 y dirigida contra Proudhon.
10 La publicaci n de un estudio escrito en alem n sobre el Trabajo Asalariado, en el que recog a las conferencias dictadas por m en la Asociaci n obrera alemana de Bruselas, fue interrumpida por la revoluci n de Febrero, que trajo como consecuencia mi alejamiento forzoso de B lgica. La publicaci n de la Neue Rheinische Zeitung, en 1844-1849, y los acontecimientos posteriores, interrumpieron mis estudios econ micos, que no pude reanudar hasta 1850, en Londres. Los inmensos materiales para la historia de la econom a pol tica acumulados en el British Museum, la posici n tan favorable que brinda Londres para la observaci n de la sociedad burguesa, y, finalmente, la nueva fase de desarrollo en que parec a entrar sta con el descubrimiento de oro de California y de Australia, me impulsaron a volver a empezar desde el principio, abri ndome paso de un modo cr tico, a trav s de los nuevos materiales.