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EL ALMOHADON DE PLUMAS - Biblioteca

HORACIO QUIROGA EL ALMOHADON DE PLUMAS 2003 - Reservados todos los derechos Permitido el uso sin fines comerciales HORACIO QUIROGA EL ALMOHADON DE PLUMAS Su luna de miel fue un largo escalofr o. Rubia, angelical y t mida, el car cter duro de su marido hel sus so adas ni er as de novia. Lo quer a mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jord n, mudo desde hac a una hora. l, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.

El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos. —No sé —le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja—. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada.. . Si mañana se despierta como hoy,

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1 HORACIO QUIROGA EL ALMOHADON DE PLUMAS 2003 - Reservados todos los derechos Permitido el uso sin fines comerciales HORACIO QUIROGA EL ALMOHADON DE PLUMAS Su luna de miel fue un largo escalofr o. Rubia, angelical y t mida, el car cter duro de su marido hel sus so adas ni er as de novia. Lo quer a mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jord n, mudo desde hac a una hora. l, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.

2 Durante tres meses se hab an casado en abril vivieron una dicha especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese r gido cielo de amor, m s expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la conten a siempre. La casa en que viv an influ a un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso frisos, columnas y estatuas de m rmol produc a una oto al impresi n de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el m s leve rasgu o en las altas paredes, afirmaba aquella sensaci n de desapacible fr o. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.

3 En ese extra o nido de amor, Alicia pas todo el oto o. No obstante, hab a concluido por echar un velo sobre sus antiguos sue os, y a n viv a dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido. No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastr insidiosamente d as y d as; Alicia no se repon a nunca. Al fin una tarde pudo salir al jard n apoyada en el brazo de l. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jord n, con honda ternura, le pas la mano por la cabeza, y Alicia rompi en seguida en sollozos, ech ndole los brazos al cuello.

4 Llor largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retard ndose, y a n qued largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra. Fue ese el ltimo d a que Alicia estuvo levantada. Al d a siguiente amaneci desvanecida. El m dico de Jord n la examin con suma atenci n, orden ndole calma y descanso absolutos. No s le dijo a Jord n en la puerta de calle, con la voz todav a baja . Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin v mitos, . Si ma ana se despierta como hoy, ll meme enseguida.

5 Al otro d a Alicia segu a peor. Hubo consulta. Constat se una anemia de marcha agud sima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo m s desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el d a el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pas banse horas sin o r el menor ruido. Alicia dormitaba. Jord n viv a casi en la sala, tambi n con toda la luz encendida. Pase base sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinaci n. La alfombra ahogaba sus pesos. A ratos entraba en el dormitorio y prosegu a su mudo vaiv n a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su direcci n.

6 Pronto Alicia comenz a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hac a sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se qued de repente mirando fijamente. Al rato abri la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor. Jord n! Jord n! clam , r gida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra. Jord n corri al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror. Soy yo, Alicia, soy yo! Alicia lo mir con extravi , mir la alfombra, volvi a mirarlo, y despu s de largo rato de estupefacta confrontaci n, se seren.

7 Sonri y tom entre las suyas la mano de su marido, acarici ndola temblando. Entre sus alucinaciones m s porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que ten a fijos en ella los ojos. Los m dicos volvieron in tilmente. Hab a all delante de ellos una vida que se acababa, desangr ndose d a a d a, hora a hora, sin saber absolutamente c mo. En la ltima consulta Alicia yac a en estupor mientras ellos la pulsaban, pas ndose de uno a otro la mu eca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor. se encogi de hombros desalentado su m dico.

8 Es un caso poco hay que S lo eso me faltaba! resopl Jord n. Y tamborile bruscamente sobre la mesa. Alicia fue extingui ndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remit a siempre en las primeras horas. Durante el d a no avanzaba su enfermedad, pero cada ma ana amanec a l vida, en s ncope casi. Parec a que nicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Ten a siempre al despertar la sensaci n de estar desplomada en la cama con un mill n de kilos encima. Desde el tercer d a este hundimiento no la abandon m s. Apenas pod a mover la cabeza.

9 No quiso que le tocaran la cama, ni a n que le arreglaran el almohad n. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha. Perdi luego el conocimiento. Los dos d as finales delir sin cesar a media voz. Las luces continuaban f nebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio ag nico de la casa, no se o a m s que el delirio mon tono que sal a de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jord n. Muri , por fin. La sirvienta, que entr despu s a deshacer la cama, sola ya, mir un rato extra ada el almohad n.

10 Se or! llam a Jord n en voz baja . En el almohad n hay manchas que parecen de sangre. Jord n se acerc r pidamente Y se dobl a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados d l hueco que hab a dejado la cabeza de Alicia, se ve an manchitas oscuras. Parecen picaduras murmur la sirvienta despu s de un rato de inm vil observaci n. Lev ntelo a la luz le dijo Jord n. La sirvienta lo levant , pero enseguida lo dej caer, y se qued mirando a aqu l, l vida y temblando. Sin saber por qu , Jord n sinti que los cabellos se le erizaban. Qu hay? murmur con la voz ronca.


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