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Altazor - Biblioteca

Vicente Huidobro Altazor 2003 - Reservados todos los derechos Permitido el uso sin fines comerciales Vicente Huidobro Altazor Prefacio Nac a los treinta y tres a os, el d a de la muerte de Cristo; nac en el Equinoccio, bajo las hortensias y los aeroplanos del calor. Ten a yo un profundo mirar de pich n, de t nel y de autom vil sentimental. Lanzaba suspiros de acr bata. Mi padre era ciego y sus manos eran m s admirables que la noche. Amo la noche, sombrero de todos los d as. La noche, la noche del d a, del d a al d a siguiente. Mi madre hablaba como la aurora y como los dirigibles que van a caer. Ten a cabellos color de bandera y ojos llenos de nav os lejanos. Una tarde, cog mi paraca das y dije: Entre una estrella y dos golondrinas. He aqu la muerte que se acerca como la tierra al globo que cae. Mi madre bordaba l grimas desiertas en los primeros arcos-iris.

Veo las montañas, los ríos, las selvas, el mar, los barcos, las flores y los caracoles. Veo la noche y el día y el eje en que se juntan. Ah, ah, soy Altazor, el gran poeta, sin caballo que coma alpiste, ni caliente su garganta con

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1 Vicente Huidobro Altazor 2003 - Reservados todos los derechos Permitido el uso sin fines comerciales Vicente Huidobro Altazor Prefacio Nac a los treinta y tres a os, el d a de la muerte de Cristo; nac en el Equinoccio, bajo las hortensias y los aeroplanos del calor. Ten a yo un profundo mirar de pich n, de t nel y de autom vil sentimental. Lanzaba suspiros de acr bata. Mi padre era ciego y sus manos eran m s admirables que la noche. Amo la noche, sombrero de todos los d as. La noche, la noche del d a, del d a al d a siguiente. Mi madre hablaba como la aurora y como los dirigibles que van a caer. Ten a cabellos color de bandera y ojos llenos de nav os lejanos. Una tarde, cog mi paraca das y dije: Entre una estrella y dos golondrinas. He aqu la muerte que se acerca como la tierra al globo que cae. Mi madre bordaba l grimas desiertas en los primeros arcos-iris.

2 Y ahora mi paraca das cae de sue o en sue o por los espacios de la muerte. El primer d a encontr un p jaro desconocido que me dijo: Si yo fuese dromedario no tendr a sed. Qu hora es? Bebi las gotas de roc o de mis cabellos, me lanz tres miradas y media y se alej diciendo: Adi s con su pa uelo soberbio. Hacia las dos aquel d a, encontr un precioso aeroplano, lleno de escamas y caracoles. Buscaba un rinc n del cielo donde guarecerse de la lluvia. All lejos, todos los barcos anclados, en la tinta de la aurora. De pronto, comenzaron a desprenderse, uno a uno, arrastrando como pabell n girones de aurora incontestable. Junto con marcharse los ltimos, la aurora desapareci tras algunas olas desmesuradamente infladas. Entonces o hablar al Creador, sin nombre, que es un simple hueco en el vac o, hermoso como un ombligo. Hice un gran ruido y este ruido form el oc ano y las olas del oc ano.

3 Este ruido ir siempre pegado a las olas del mar y las olas del mar ir n siempre pegadas a l, como los sellos en las tarjetas postales. Despu s tej un largo bramante de rayos luminosos para coser los d as uno a uno; los d as que tienen un oriente leg timo o reconstituido, pero indiscutible. Despu s trac la geograf a de la tierra y las l neas de la mano. Despu s beb un poco de cognac (a causa de la hidrograf a). Despu s cre la boca y los labios de la boca, para aprisionar las sonrisas equ vocas y los dientes de la boca para vigilar las groser as que nos vienen a la boca. Cre la lengua de la boca que los hombres desviaron de su rol, haci ndola aprender a a ella, ella, la bella nadadora, desviada para siempre de su rol acu tico y puramente acariciador. Mi paraca das empez a caer vertiginosamente. Tal es la fuerza de atracci n de la muerte y del sepulcro abierto.

4 Pod is creerlo, la tumba tiene m s poder que los ojos de la amada. La tumba abierta con todos sus imanes. Y esto te lo digo a ti, a ti que cuando sonr es haces pensar en el comienzo del mundo. Mi paraca das se enred en una estrella apagada que segu a su rbita concienzudamente, como si ignorara la inutilidad de sus esfuerzos. Y aprovechando este reposo bien ganado, comenc a llenar con profundos pensamientos las casillas de mi tablero: Los verdaderos poemas son incendios. La poes a se propaga por todas partes, iluminando sus consumaciones con estremecimientos de placer o de agon a. Se debe escribir en una lengua que no sea materna. Los cuatro puntos cardinales son tres: el Sur y el Norte. Un poema es una cosa que ser . Un poema es una cosa que nunca es, pero que debiera ser. Un poema es una cosa que nunca ha sido, que nunca podr ser. Huye del sublime externo, si no quieres morir aplastado por el viento.

5 Si yo no hiciera, al menos una locura por a o, me volver a loco. Tomo mi paraca das, y del borde de mi estrella en marcha, me lanzo a la atm sfera del ltimo suspiro. Ruedo interminablemente sobre las rocas de los sue os, ruedo entre las nubes de la muerte. Encuentro a la Virgen sentada en una rosa, y me dice: Mira mis manos: son trasparentes como las bombillas el ctricas. Ves los filamentos de donde corre la sangre de mi luz intacta? Mira mi aureola. Tiene algunas saltaduras, lo que prueba mi ancianidad. Soy la Virgen, la Virgen sin mancha de tinta humana, la nica que no lo sea a medias, y soy la capitana de las otras once mil que estaban en verdad demasiado restauradas. Hablo una lengua que llena los corazones seg n la ley de las nubes comunicantes. Digo siempre adi s, y me quedo. Amame, hijo m o, pues adoro tu poes a y te ense ar proezas a reas. Tengo tanta necesidad de ternura, besa mis cabellos, los he lavado esta ma ana en las nubes del alba y ahora quiero dormirme sobre el colch n de la neblina intermitente.

6 Mis miradas son un alambre en el horizonte para el descanso de las golondrinas. Amame. Me puse de rodillas en el espacio circular y la Virgen se elev y vino a sentarse en mi paraca das. Me dorm y recit entonces mis m s hermosos poemas. Las llamas de mi poes a secaron los cabellos de la Virgen, que me dijo gracias y se alej , sentada sobre su rosa blanda. Y heme aqu solo, como el peque o hu rfano de los naufragios an nimos. Ah, qu qu hermoso. Veo las monta as, los r os, las selvas, el mar, los barcos, las flores y los caracoles. Veo la noche y el d a y el eje en que se juntan. Ah, ah, soy Altazor , el gran poeta, sin caballo que coma alpiste, ni caliente su garganta con claro de luna, sino con mi peque o paraca das como un quitasol sobre los planetas. De cada gota del sudor de mi frente hice nacer astros, que os dejo la tarea de bautizar como a botellas de vino.

7 Lo veo todo, tengo mi cerebro forjado en lenguas de profeta. La monta a es el suspiro de Dios, ascendiendo en term metro hinchado hasta tocar los pies de la amada. Aqu l que todo lo ha visto, que conoce todos los secretos sin ser Walt Whitman, pues jam s he tenido una barba blanca como las bellas enfermeras y los arroyos helados. Aqu l que oye durante la noche los martillos de los monederos falsos, que son solamente astr nomos activos. Aqu l que bebe el vaso caliente de la sabidur a despu s del diluvio obedeciendo a las palomas y que conoce la ruta de la fatiga, la estela hirviente que dejan los barcos. Aqu l que conoce los almacenes de recuerdos y de bellas estaciones olvidadas. l, el pastor de aeroplanos, el conductor de las noches extraviadas y de los ponientes amaestrados hacia los polos nicos. Su queja es semejante a una red parpadeante de aerolitos, sin testigo.

8 El d a se levanta en su coraz n y l baja los p rpados para hacer la noche del reposo agr cola. Lava sus manos en la mirada de Dios, y peina su cabellera como la luz y la cosecha de esas flacas espigas de la lluvia satisfecha. Los gritos se alejan como un reba o sobre las lomas cuando las estrellas duermen despu s de una noche de trabajo continuo. El hermoso cazador frente al bebedero celeste para los p jaros sin coraz n. S triste tal cual las gacelas ante el infinito y los meteoros, tal cual los desiertos sin mirajes. Hasta la llegada de una boca hinchada de besos para la vendimia del destierro. S triste, pues ella te espera en un rinc n de este a o que pasa. Est quiz al extremo de tu canci n pr xima y ser bella como la cascada en libertad y rica como la l nea ecuatorial. S triste, m s triste que la rosa, la bella jaula de nuestras miradas y de las abejas sin experiencia.

9 La vida es un viaje en paraca das y no lo que t quieres creer. Vamos cayendo, cayendo de nuestro zenit a nuestro nadir y dejamos el aire manchado de sangre para que se envenenen los que vengan ma ana a respirarlo. Adentro de ti mismo, fuera de ti mismo, caer s del zenit al nadir porque ese es tu destino, tu miserable destino. Y mientras de m s alto caigas, m s alto ser el rebote, m s larga tu duraci n en la memoria de la piedra. Hemos saltado del vientre de nuestra madre o del borde de una estrella y vamos cayendo. Ah, mi paraca das, la nica rosa perfumada de la atm sfera, la rosa de la muerte, despe ada entre los astros de la muerte. Hab is o do? Ese es el ruido siniestro de los pechos cerrados. Abre la puerta de tu alma y sal a respirar al lado afuera. Puedes abrir con un suspiro la puerta que haya cerrado el hurac n. Hombre, he ah tu paraca das maravilloso como el v rtigo.

10 Poeta, he ah tu paraca das, maravilloso como el im n del abismo. Mago, he ah tu paraca das que una palabra tuya puede convertir en un parasubidas maravilloso como el rel mpago que quisiera cegar al creador. Qu esperas? Mas he ah el secreto del Tenebroso que olvid sonre r. Y el paraca das aguarda amarrado a la puerta como el caballo de la fuga interminable. Canto I Altazor por qu perdiste tu primera serenidad? Qu ngel malo se par en la puerta de tu sonrisa Con la espada en la mano? Qui n sembr la angustia en las llanuras de tus ojos como el adorno de un dios? Por qu un d a de repente sentiste el terror de ser? 5 Y esa voz que te grit vives y no te ves vivir Qui n hizo converger tus pensamientos al cruce de todos los vientos del dolor? Se rompi el diamante de tus sue os en un mar de estupor Est s perdido Altazor Solo en medio del universo 10 Solo como una nota que florece en las alturas del vac o No hay bien no hay mal ni verdad ni orden ni belleza En d nde est s Altazor ?


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