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1 La Biblia Desenterrada Israel Finkelstein y Neil a. Silberman 2 3 PR LOGO A LA EDICI N ESPA Primera La Biblia como Historia?..43 EN BUSCA DE LOS TUVO LUGAR EL XODO?..63 LA CONQUISTA DE CANA QUI NES ERAN LOS ISRAELITAS?..103 RECUERDOS DE UNA EDAD DE ORO?..126 Segunda Auge y ca da del antiguo EL PRIMER REINO OLVIDADO DE ISRAEL (884-842 a. de C.)..162 A LA SOMBRA DEL IMPERIO (c. 842-720 a. de C.)..185 Tercera Jud y la construcci n de la historia b LA TRANSFORMACI N DE JUDA (c. 930-705 a. de C.)..210 ENTRE LA GUERRA Y LA SUPERVIVENCIA (705-639 a. de C.)..228 UNA GRAN REFORMA (639-586 a. de C.)..247 EPILOGO El futuro del Israel b Ap ndice Ap ndice Ap ndice Ap ndice 4 PR LOGO A LA EDICI N ESPA OLA La Biblia como ideolog a religiosa nacionalista de un pueblo Sobre el subsuelo animista forjado por la actividad perceptiva e introspectiva del hombre prehist rico, fue emergiendo una serie de fen menos que ir an configurando los ingredientes b sicos de los sentimientos y creencias reli-giosas y su paulatina formalizaci n en sistemas ideol gicos de diversa com-plejidad.

4 PRÓLOGO A LA EDICIÓN ESPAÑOLA La Biblia como ideología religiosa nacionalista de un pueblo Sobre el subsuelo animista forjado por la actividad perceptiva e introspectiva

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1 1 La Biblia Desenterrada Israel Finkelstein y Neil a. Silberman 2 3 PR LOGO A LA EDICI N ESPA Primera La Biblia como Historia?..43 EN BUSCA DE LOS TUVO LUGAR EL XODO?..63 LA CONQUISTA DE CANA QUI NES ERAN LOS ISRAELITAS?..103 RECUERDOS DE UNA EDAD DE ORO?..126 Segunda Auge y ca da del antiguo EL PRIMER REINO OLVIDADO DE ISRAEL (884-842 a. de C.)..162 A LA SOMBRA DEL IMPERIO (c. 842-720 a. de C.)..185 Tercera Jud y la construcci n de la historia b LA TRANSFORMACI N DE JUDA (c. 930-705 a. de C.)..210 ENTRE LA GUERRA Y LA SUPERVIVENCIA (705-639 a. de C.)..228 UNA GRAN REFORMA (639-586 a. de C.)..247 EPILOGO El futuro del Israel b Ap ndice Ap ndice Ap ndice Ap ndice 4 PR LOGO A LA EDICI N ESPA OLA La Biblia como ideolog a religiosa nacionalista de un pueblo Sobre el subsuelo animista forjado por la actividad perceptiva e introspectiva del hombre prehist rico, fue emergiendo una serie de fen menos que ir an configurando los ingredientes b sicos de los sentimientos y creencias reli-giosas y su paulatina formalizaci n en sistemas ideol gicos de diversa com-plejidad.

2 En estos sistemas se articul un doble plano de enigmas: uno, refe-rido a las inquietantes inc gnitas de las fuerzas de la Naturaleza y, el otro, referido, de m ltiples modos y met foras, a los amenazantes arcanos de lo Sobrenatural, lo inaprehensible o evasivo, aquello que en su relaci n con nosotros nos sobrepasa, nos transciende. Esta dualizaci n del mundo y del propio ser humano en s mismo alcanz pronto un nivel decisivo de in-flexi n intelectiva mediante la cual las fuerzas c smicas se personalizan, y los humanos establecen con entes imaginarios sobrenaturales inventados por ellos relaciones ambivalentes, a veces de di logo (propiciaci n) y otras veces de confrontaci n (exorcizaci n), pero con frecuencia oscilantes y confusas.

3 Estas sutiles relaciones constituyen el n cleo psicol gico fundante de la religiosidad. En el curso de su lento pero continuo desarrollo fenome-nol gico, el trabajo mental de interpretaci n y reinterpretaci n, vinculado a la inherente necesidad de perfeccionar o enriquecer sus pr cticas m gicas y c lticas, va generando, siempre en un contexto familiar y tribal de car cter productivo y reproductivo es decir, econ mico, social y cultural , los sistemas polite stas como representaci n del universo, proceso que desem-bocar , en los albores de la historia, en la creaci n de imponentes panteones expresivos de culturas dotadas de Weltsanschauungen m s o menos bien estructuradas. La g nesis de esos panteones se sit a cronol gicamente, aun-que dicho de modo laxo, en el tr nsito de la prehistoria a la protohistoria, ya en el transcurso del Holoceno concretamente en el periodo postglacial, desde los 8000 a os a.

4 De C. , pero predominantemente en el paso de la ltima edad l tica a las subsiguientes edades del Bronce y del Hierro digamos, para el Antiguo Oriente, desde los 3500 a os a. de C. ya en tiempos en los que surge y se desarrolla la escritura y comienza lo que con-vencionalmente llamamos la historia. El Antiguo Egipto y Sumeria y seguida o simult neamente aparecen tambi n otras culturas hist ricas de la mayor importancia y significado instauran extensas unidades territoriales organizadas, clasificadas con rela-tiva arbitrariedad como ciudades-Estado, Estados o Imperios, en las cuales el factor religioso a niveles locales o centrales juega un papel sustan-cial, y a veces determinante, en el plano pol tico y simb lico.

5 Las respecti-vas creencias religiosas de las grandes unidades pol ticas territoriales suelen convivir, en diversos grados y en diferentes formas, con numerosas expre- 5 siones de religiosidad de peque o radio de acci n, que existen en el interior de dichas unidades a modo de manchas bastante difusas, o en sus contornos y de manera satelitaria. Algo de ambas situaciones les pudo ocurrir a las creencias religiosas de los hebreos en su edad temprana. Las grandes ideolog as religiosas fueran afroasi ticas, asi ticas, euro-peas o precolombinas gozaron de gran potencia creadora y, llegadas a un grado elevado de evoluci n, experimentaron profundas crisis de crecimien-to, refinamiento y profundizaci n, tanto en el orden emocional como en el intelectual y virtual.

6 En un conocido libro, Karl Jaspers situ en lo que de-sign tiempo-eje, all entre 800 y 200 a os a. de C., de manera aproximada, ese fecund simo tramo de la historia que vio la brillante eclosi n de los pri-meros grandes sistemas de pensamiento filoso fico-teol gico, de los que luego nacer an cotas a n m s altas de especulaci n intelectual. Esta eclosi n estuvo estrechamente ligada a la emergencia, casi s bita, de los movimien-tos religiosos de salvaci n, en los cuales hombres fuertemente carism ticos anunciaban el inminente advenimiento de un divino redentor o liberador (Erloser), que romp a los viejos y est ticos par metros de la religiosidad tribal y cerrada para sustituirlos por otros abiertos y din micos que dibuja-ban una nueva escatolog a y soteriologia, como genialmente analiz y con-ceptualiz Max Weber.

7 Estos movimientos sol an estar intensamente te i-dos de profetismo y de una nueva tica. Los lectores del libro que estoy prologando percibir n inmediatamente que es precisamente en el curso del siglo VIII, en sus a os finales, y sobre todo en el siglo vil a. de C., y en torno a la figura cuasi-mesi nica del rey jud o Jos as, cuando se reconstruye radicalmente la nebulosa religi n mosaica adherida todav a f rreamente a la mentalidad tribal y se pone en marcha una honda revisi n textual y teol gica de la Biblia , acompa ndola de una reconducci n ideol gica y una compleci n de la t cnicamente denominada Historia Deuteronomis-ta , encaminadas a la primera definici n rigurosa del monote smo jud o. Antes de pasar adelante, conviene hacer algunas puntualizaciones.

8 En los sistemas polite stas a los que me he referido como m s o menos comple-jas epifan as de lo divino, se mezclan o se entrecruzan las teofan as propia-mente dichas con las epopeyas de etnias o de pueblos, y, por consiguiente, los dioses y los h roes. Los primeros, como imaginarios seres sobrenaturales que transcienden eventualmente las regularidades y las expectativas del mundo cotidiano. Los segundos, como seres humanos heroicos (del griego h r s, h roe) y exaltados a un plano sobrehumano o semidivino en virtud de la admiraci n o el temor o ambos sentimientos que infunden, o sea, a medio camino entre los dioses y los simples mortales. Esta idea de lo heroi-co, que surgi sin duda muy tempranamente en el mbito de la religiosidad, s lo parece que cobr su teorizaci n en la obra de Ev mero, escritor griego del siglo III a.

9 De C., en su famosa Historia Sagrada, en la cual se racionali-zaban las creencias en seres divinos en general. El mito (relato, narraci n, leyenda) es una noci n laxa que desborda, en su extensi n sem ntica, los espacios de lo sagrado y lo profano, pero que adquiere su principal signifi- 6 cado en el proceso de fusi n del pensamiento m gico-religioso con el fen -meno consciente o inconsciente de personalizaci n, como almas, esp ritus o n menes, de las fuerzas o los entes naturales que puso en marcha la escisi n animista y su ulterior cristalizaci n en la religi n. Pues bien, las ideolog as religiosas se expresaron en discursos o figuras m ticos en los cuales irrump -an los dioses celestes o ur nicos y tel ricos o cht nicos, pero frecuentemente tambi n los h roes.

10 Por esta v a, lo divino y lo humano se insertan en la mediaci n dial ctica de contrarios procedentes, en rigor, de una matriz co-m n: la mente, contemplada en su doble facultad, la perceptiva y la ideativa. Todo confluye en el proceso de la reflexi n intelectual o don humano de pensarse a s mismo en una sucesi n de opuestos que se implican rec proca-mente bajo la apariencia de la escisi n, de lo binario, de lo complementario. Es la acci n de la mente, ontol gicamente unitaria, pero fenomenol gica-mente dual. Un universo nico pensado como dos: cielos y tierra, lo sa-grado y lo profano. En esta dial ctica de la reflexi n de la mente humana, los dioses y los humanos eran, expresa o t citamente, sujetos individuales o colectivos, singulares o m ltiples pero aprehendidos en su unidad.


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