Example: confidence

LA LLUVIA - Biblioteca

ARTURO USLAR PIETRI LA LLUVIA 2003 - Reservados todos los derechos Permitido el uso sin fines comerciales ARTURO USLAR PIETRI LA LLUVIA La luz de la luna entraba por todas las rendijas del rancho y el ruido del viento en el maizal, compacto y menudo como de LLUVIA . En la sombra acuchillada de l minas claras oscilaba el chinchorro lento del viejo zambo; acompasadamente chirriaba la atadura de la cuerda sobre la madera y se o a la respiraci n corta y silbosa de la mujer que estaba echada sobre el catre del rinc n. La patinadura del aire sobre las hojas secas del ma z y de los rboles sonaba cada vez m s a LLUVIA , poniendo un eco h medo en el ambiente terroso y s lido. Se o a en el hondo, como bajo piedra, el latido de la sangre girando ansiosamente. La mujer sudorosa e insomne prest o do, entreabri los ojos, trat de adivinar por las rayas luminosas, atisb un momento, mir el chinchorro quieto y pesado, y llam con voz agria.

y recibió en la cara y en el cuerpo medio desnudo la plateadura de la luna llena y el soplo ardiente que subía por la ladera del conuco agitando las sombras. Lucían todas las estrellas. Alargó hacia la intemperie la mano abierta, sin sentir una gota. Dejó caer la mano, aflojó los músculos y recostóse en el marco de la puerta.

Tags:

  Hacia, Lluvia, La lluvia, Hacia la

Information

Domain:

Source:

Link to this page:

Please notify us if you found a problem with this document:

Other abuse

Advertisement

Transcription of LA LLUVIA - Biblioteca

1 ARTURO USLAR PIETRI LA LLUVIA 2003 - Reservados todos los derechos Permitido el uso sin fines comerciales ARTURO USLAR PIETRI LA LLUVIA La luz de la luna entraba por todas las rendijas del rancho y el ruido del viento en el maizal, compacto y menudo como de LLUVIA . En la sombra acuchillada de l minas claras oscilaba el chinchorro lento del viejo zambo; acompasadamente chirriaba la atadura de la cuerda sobre la madera y se o a la respiraci n corta y silbosa de la mujer que estaba echada sobre el catre del rinc n. La patinadura del aire sobre las hojas secas del ma z y de los rboles sonaba cada vez m s a LLUVIA , poniendo un eco h medo en el ambiente terroso y s lido. Se o a en el hondo, como bajo piedra, el latido de la sangre girando ansiosamente. La mujer sudorosa e insomne prest o do, entreabri los ojos, trat de adivinar por las rayas luminosas, atisb un momento, mir el chinchorro quieto y pesado, y llam con voz agria.

2 - Jesuso! Calm la voz esperando respuesta y entre tanto, coment alzadamente: - Duerme como un palo. Para nada sirve. Si vive como si estuviera El dormido sali a la vista con la llamada, desperez se y pregunt con voz cansina: - Qu pasa Eusebia? Qu esc ndalo es se? Ni a la noche puedes dejar en paz a la gente. - C llate, Jesuso, y oye. - Qu . - Est lloviendo, lloviendo, Jesuso! Y ni lo oyes. Hasta sordo te has puesto! Con esfuerzo, malhumorado, el viejo se incorpor , corri a la puerta, la abri violentamente y recibi en la cara y en el cuerpo medio desnudo la plateadura de la luna llena y el soplo ardiente que sub a por la ladera del conuco agitando las sombras. Luc an todas las estrellas. Alarg hacia la intemperie la mano abierta, sin sentir una gota. Dej caer la mano, afloj los m sculos y recost se en el marco de la puerta. - Ves, vieja loca, tu aguacero? Ganas de trabajar la paciencia. La mujer qued se con los ojos fijos mirando la gran claridad que entraba por la puerta.

3 Una r pida gota de sudor le cosquille la mejilla. El vaho c lido inundaba el recinto. Jes s torn a cerrar, camin suavemente hasta el chinchorro, estir se y se volvi a o r el crujido de la madera de la madera en la mecida. Una mano colgaba hasta el suelo resbalando sobre la tierra del piso. La tierra estaba seca como una piel spera, seca hasta el extremo de las ra ces, ya como huesos; se sent a flotar sobre ella una fiebre de sed, un jadeo, que torturaba a los hombres. Las nubes oscuras como sombra de rbol se hab an ido, se hab an perdido tras de los ltimos cerros m s altos, se hab an ido como el sue o, como el reposo. El d a era ardiente. La noche era ardiente, encendida de luces fijas y met licas. En los cerros y en los valles pelados, llenos de grietas como bocas, los hombres se consum an torpes, obsesionados por el fantasma pulido del agua, mirando se ales, escudri ando Sobre los valles y cerros, en cada rancho, pasaban y repasaban las mismas palabras: - Cant el carra.

4 Va a - No llover ! Se lo repet an como para fortalecerse en la espera infinita. - Se callaron los chicharras. Va a - No llover ! La luz y el sol eran de cal cegadora y asfixiante. - Si no llueve, Jesuso, qu va a pasar? Mir la sombra que se agitaba fatigosa sobre el catre, comprendi su intenci n de multiplicar el sufrimiento con las palabras, quiso hablar, pero la somnolencia le ten a tomado el cuerpo, cerr los ojos y se sinti entrando en el sue o. Con la primera luz de la ma ana Jesuso sali al conuco y comenz a recorrerlo a paso lento. Bajo sus pies descalzos cruj an las hojas vidriosas. Miraba a ambos lados las largas hileras del maizal amarillas y tostadas, los escasos rboles desnudos y en lo alto de la colina, verde y profundo, un cactus vertical. A ratos deten ase, tomaba en la mano una vaina de frijol reseca y tritur bala con lentitud haciendo saltar por entre los dedos los granos rugosos y malogrados. A medida que sub a el sol, la sensaci n y el calor de aridez eran mayores.

5 No se ve a nube en el cielo de un azul de llama. Jesuso, como todos los d as, iba, sin objeto, porque la siembra estaba ya perdida, recorriendo las veredas del conuco, en parte por inconsciente costumbre, en parte por descansar de la hostil murmuraci n de Usebia. Todo lo que dominaba del paisaje, desde la colina, era una sola variedad de amarillo sediento sobre valles sedientos y estrechos y cerros calvos, en cuyo flanco una mancha de polvo calc reo se alaba el camino. No se observaba ning n movimiento de vida, el viento quieto, la luz fulgurante. Apenas la sombra s se iba empeque eciendo. Parec a aguardase un incendio. Jesuso marchaba despacio, deteni ndose a ratos como un animal amaestrado, la vista sobre el suelo, y a ratos conversando consigo mismo. - Bendito y alabado! Qu va a ser de la pobre gente con esta sequ a? Este a o ni una gota de agua y el pasado fue el inviernazo que se pas de aguado, llovi m s de la cuenta, creci el r o, acab con las vegas, se llev el Est visto que no hay Si llueve, porque Si no llueve, porque no Pasaba del mon logo a un silencio desierto y a la marcha perezosa, la mirada por tierra, cuando sin ver sinti algo inusitado, en el fondo de la vereda y alz los ojos.

6 Era el cuerpo de un ni o. Delgado, menudo, des espaldas, en cuclillas, fijo y abstra do mirando hacia el suelo. Jesuso avanz sin ruido, y sin que el muchacho lo advirtiera, vino a coloc rsele por detr s, dominando con su estatura lo que hac a. Corr a por tierra culebreando un delgado hilo de orina, achatado y turbio de polvo en el extremo, que arrastraba algunas pajas m nimas. En ese instante, de entre sus dedos mugrientos, el ni o dejaba caer una hormiga. - Y se rompi la ya ha venido la bruum, y la gente y se llev la hacienda de t o y despu s el hato de t a y todos los palos ya y ahora t a hormiga metida en ese aguaz Sinti la mirada, volvi se bruscamente, mir con susto la cara rugosa del viejo y se alz entre col rico y vergonzoso. Era fino, el stico, las extremidades largas y perfectas, el pecho angosto, por entre el dril pardo la piel dorada y sucia, la cabeza inteligente, m viles los ojos, la nariz vibrante y aguda, la boca femenina.

7 Lo cubr a un viejo sombrero de fieltro, ya humando de uso, plegado sobre las orejas como bicornio, que contribu a a darle expresi n de roedor, de peque o animal inquieto y gil. Jesuso termin de examinarlo en silencio y sonri . - De d nde sales, muchacho? - De por ah .. - De d nde? - De por ah .. Y extendi con vaguedad la mano sobre los campos que se alcanzaban. - Y qu vienes haciendo? - Caminando. La impresi n de la respuesta d bale cierto tono autoritario y alto, que extra al hombre. - C mo te llamas? - Como me puso el cura. Jes s arrug el gesto, desagradado por la actitud terca y hura a. El ni o pareci advertirlo y compens las palabras con una expresi n confiada y familiar. - No seas malcriado - comenz el viejo, pero desarmado por la gracia baj a un tono m s ntimo -. Por qu no contestas? - Para qu pregunta? - replic con candor extraordinario. - T escondes algo. O te has ido de casa de tu taita. - No, se or. Jesuso se rasc la cabeza y agreg con sorna: - O te empezaron a comer las patas y te fuiste, ah, vagabundito?

8 El muchacho no respondi , se puso a mecerse sobre los pies, los brazos a la espalda, chasqueando la lengua contra el paladar. - Y para d nde vas ahora? - Y qu est s haciendo? - Lo que usted ve. - Buena cochinada! El viejo Jesuso no hall m s que decir, quedaron callados frente a frente, sin que ninguno de los dos se atreviese a mirarse a los ojos. Al rato, molesto por aquel silencio y aquella quietud que no hallaba c mo romper, empez a caminar lentamente como un animal fant stico, advirti que lo estaba haciendo y lo ruboriz pensar que pudiera hacerlo para divertir al ni o. - Vienes? - le pregunt simplemente. Calladamente el muchacho se vino sigui ndolo. En llegando a la puerta del rancho hall a Usebia atareada encendiendo fuego. Soplaba con fuerza sobre un montoncito de maderas de caj n de papeles amarillos. - Usebia, mira - llam con timidez - mira lo que ha llegado. - Uj - gru sin tornarse, y continu soplando. El viejo tom al ni o y lo coloc ante as , como present ndolo, las dos manos oscuras y gruesas sobre los hombros finos.

9 - Mira, pues! Gir agria y brusca y qued frente al grupo, viendo con esfuerzo por los ojos llorosos de humo. - Ah? Una vaga dulzura le suaviz lentamente la expresi n. - Aj . Qui n es? Y respond a con sonrisa a la sonrisa del ni o. - Qui n eres? - Pierdes tu tiempo en preguntarle, porque este sinverg enza no contesta. Qued un rato vi ndolo, respirando su aire, sonri ndole, pareciendo comprender algo que se escapaba a Jesuso. Luego muy despacio se fue a un rinc n, hurg en el fondo de una bolsa de tela roja y sac una galleta amarilla, pulida como metal de dura y vieja. La dio al ni o y mientras ste mascaba con dificultad la vieja pasta, contin o contempl ndolos, a l y al viejo alternativamente, con aire de asombro, casi de angustia. Parec a buscar dificultosamente un fino y perdido hilo de recuerdo. - Te acuerdas, Jesuso, de Cacique? El pobre. La imagen del viejo perro fiel desfil por sus memorias. Una compungida emoci n los acercaba.

10 - - dijo el viejo como comprendiendo a deletrear. El ni o volvi la cabeza y lo mir con su mirada entera y pura. Mir a su mujer y sonrieron ambos t midos y sorprendidos. A medida que el d a se hac a grande y profundo, la luz situaba la imagen del muchacho dentro del cuadro familiar y peque o del rancho. El color de la piel enriquec a el tono moreno de la tierra pisada, y en los ojos la sombra fresca estaba viva y ardiente. Poco a poco las cosas iban dejando sitio y organiz ndose para su presencia. Ya la mano corr a f cil sobre la lustrosa madera de la mesa, el pie hallaba el desnivel del umbral, el cuerpo se amoldaba exacto al butaque de cuero y los movimientos cab an con gracia en el espacio que los esperaba. Jesuso, entre alegre y nervioso, hab a salido de nuevo al campo y Usebia se atareaba, procurando evadirse de la soledad frente al ser nuevo. Remov a la olla sobre el fuego, iba y ven a buscando ingredientes para la comida, y a ratos, mientras le volv a la espalda, miraba de reojo al ni o.


Related search queries