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Marianela - Biblioteca Virtual Universal

Benito P rez Gald s Marianela 2003 - Reservados todos los derechos Permitido el uso sin fines comerciales Benito P rez Gald s Marianela I - Perdido Se puso el sol. Tras el breve crep sculo vino tranquila y oscura la noche, en cuyo negro seno murieron poco a poco los ltimos rumores de la tierra so olienta, y el viajero sigui adelante en su camino, apresurando su paso a medida que avanzaba la noche. Iba por angosta vereda, de esas que sobre el c sped traza el constante pisar de hombres y brutos, y sub a sin cansancio por un cerro en cuyas vertientes se alzaban pintorescos grupos de guinderos, hayas y robles. (Ya se ve que estamos en el Norte de Espa a.) Era un hombre de mediana edad, de complexi n [6] recia, buena talla, ancho de espaldas, resuelto de ademanes, firme de andadura, basto de facciones, de mirar osado y vivo, ligero a pesar de su regular obesidad, y (d gase de una vez aunque sea prematuro) excelente persona por doquiera que se le mirara.

Benito Pérez Galdós Marianela I - Perdido Se puso el sol. Tras el breve crepúsculo vino tranquila y oscura la noche, en cuyo negro seno murieron poco a poco los últimos rumores de la …

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1 Benito P rez Gald s Marianela 2003 - Reservados todos los derechos Permitido el uso sin fines comerciales Benito P rez Gald s Marianela I - Perdido Se puso el sol. Tras el breve crep sculo vino tranquila y oscura la noche, en cuyo negro seno murieron poco a poco los ltimos rumores de la tierra so olienta, y el viajero sigui adelante en su camino, apresurando su paso a medida que avanzaba la noche. Iba por angosta vereda, de esas que sobre el c sped traza el constante pisar de hombres y brutos, y sub a sin cansancio por un cerro en cuyas vertientes se alzaban pintorescos grupos de guinderos, hayas y robles. (Ya se ve que estamos en el Norte de Espa a.) Era un hombre de mediana edad, de complexi n [6] recia, buena talla, ancho de espaldas, resuelto de ademanes, firme de andadura, basto de facciones, de mirar osado y vivo, ligero a pesar de su regular obesidad, y (d gase de una vez aunque sea prematuro) excelente persona por doquiera que se le mirara.

2 Vest a el traje propio de los se ores acomodados que viajan en verano, con el redondo sombrerete, que debe a su fealdad el nombre de hongo, gemelos de campo pendientes de una correa, y grueso bast n que, entre paso y paso, le serv a para apalear las zarzas cuando extend an sus ramas llenas de afiladas u as para atraparle la ropa. Det vose, y mirando a todo el c rculo del horizonte, parec a impaciente y desasosegado. Sin duda no ten a gran confianza en la exactitud de su itinerario y aguardaba el paso de alg n aldeano que le diese buenos informes topogr ficos para llegar pronto y derechamente a su destino. -No puedo equivocarme -murmur -. Me dijeron que atravesara el r o por la as lo hice. Despu s que marchara adelante, siempre adelante. En efecto, all , detr s de m queda esa apreciable villa, a quien yo llamar a Villafangosa por el buen surtido de lodos que hay en sus calles y De modo que [7] por aqu , adelante, siempre (me gusta esta frase, y si yo tuviera escudo no le pondr a otra divisa) he de llegar a las famosas minas de Socartes.

3 Despu s de andar largo trecho, a adi : -Me he perdido, no hay duda de que me he Aqu tienes, Teodoro Golf n, el resultado de tu adelante, siempre adelante. Estos palurdos no conocen el valor de las palabras. O han querido burlarse de ti, o ellos mismos ignoran d nde est n las minas de Socartes. Un gran establecimiento minero ha de anunciarse con edificios, chimeneas, ruido de arrastres, resoplido de hornos, relincho de caballos, trepidaci n de m quinas, y yo no veo, ni huelo, ni oigo Parece que estoy en un qu soledad! Si yo creyera en brujas, pensar a que mi destino me proporcionaba esta noche el honor de ser presentado a Demonio!, pero no hay gente en estos lugares?.. A n falta media hora para la salida de la luna. Ah!, bribona, t tienes la culpa de mi extrav Si al menos pudiera conocer el sitio donde me Pero qu m s da? (Al decir esto, hizo un gesto propio del hombre esforzado que desprecia los peligros).

4 Golf n, t que has dado la vuelta al mundo, te acobardar s ahora?.. Ah!, los aldeanos ten an raz n: adelante, [8] siempre adelante. La ley Universal de la locomoci n no puede fallar en este momento. Y puesta denodadamente en ejecuci n aquella osada ley, recorri un kil metro, siguiendo a capricho las veredas que le sal an al paso y se cruzaban y se quebraban en ngulos mil, cual si quisiesen enga arle y confundirle m s. Por grande que fuera su resoluci n e intrepidez, al fin tuvo que pararse. Las veredas, que al principio sub an, luego empezaron a bajar, enlaz ndose; y al fin bajaron tanto, que nuestro viajero hallose en un talud, por el cual s lo habr a podido descender ech ndose a rodar. - Bonita situaci n! -exclam sonriendo y buscando en su buen humor lenitivo a la enojosa contrariedad-. En d nde est s, querido Golf n? Esto parece un abismo. Ves algo all abajo? Nada, absolutamente pero el c sped ha desaparecido, el terreno est removido.

5 Todo es aqu pedruscos y tierra sin vegetaci n, te ida por el xido de Sin duda estoy en las pero ni alma viviente, ni chimeneas humeantes, ni ruido, ni un tren que murmure a lo lejos, ni siquiera un perro que Qu har ?, hay por aqu una vereda que vuelve a subir. Seguirela? Desandar lo andado?.. Retroceder! Qu absurdo! [9] O yo dejo de ser quien soy, o llegar esta noche a las famosas minas de Socartes y abrazar a mi querido hermano. Adelante, siempre adelante. Dio un paso y hundiose en la fr gil tierra movediza. - Esas tenemos, se or planeta?.. Con que quiere usted tragarme?.. Si ese holgaz n sat lite quisiera alumbrar un poco, ya nos ver amos las caras usted y Y a fe que por aqu abajo no hemos de ir a ning n para so. Parece esto el cr ter de un volc n Hay que andar suavemente por tan delicioso precipicio. Qu es esto? Ah! Una piedra; magn fico asiento para echar un cigarro, esperando a que salga la luna.

6 El discreto Golf n se sent tranquilamente como podr a haberlo hecho en el banco de un paseo; y ya se dispon a a fumar, cuando sinti una s , indudablemente era una voz humana que lejos sonaba, un quejido pat tico, mejor dicho, melanc lico canto, formado de una sola frase, cuya ltima cadencia se prolongaba apian ndose en la forma que los m sicos llamaban morendo, y que se apagaba al fin en el pl cido silencio de la noche, sin que el o do pudiera apreciar su vibraci n postrera. [10] -Vamos -dijo el viajero lleno de gozo-, humanidad tenemos. Ese es el canto de una muchacha; s , es voz de mujer, y voz precios sima. Me gusta la m sica popular de este pa Ahora Oigamos, que pronto ha de volver a Ya, ya suena otra vez. Qu voz tan bella, qu melod a tan conmovedora! Creer ase que sale de las profundidades de la tierra y que el se or de Golf n, el hombre m s serio y menos supersticioso del mundo, va a andar en tratos ahora con los silfos, ondinas, gnomos, hadas y toda la chusma emparentada con la loca de la Pero, si no me enga a el o do, la voz se La graciosa cantora se Eh!

7 Muchacha, aguarda, det n el paso. La voz, que durante breve rato hab a regalado con encantadora m sica el o do del hombre extraviado, se iba perdiendo en la inmensidad tenebrosa, y a los gritos de Golf n, el canto extinguiose por completo. Sin duda la misteriosa entidad gn mica, que entreten a su soledad subterr nea cantando tristes amores, se hab a asustado de la brusca interrupci n del hombre, huyendo a las m s hondas entra as de la tierra, donde moran, avaras de sus propios fulgores, las piedras preciosas. -Esta es una situaci n divina -murmur Golf n, considerando que no pod a hacer mejor cosa que dar lumbre a su cigarro-. No hay mal que cien a os dure. Aguardemos fumando. Me he lucido con querer venir solo y a pie a las minas de Socartes. Mi equipaje habr llegado primero, lo que prueba de un modo irrebatible las ventajas del adelante, siempre adelante. Moviose entonces ligero vientecillo, y Teodoro crey sentir pasos lejanos en el fondo de aquel desconocido o supuesto abismo que ante s ten a.

8 Puso atenci n y no tard en adquirir la certeza de que alguien andaba por all . Levant ndose, grit : -Muchacha, hombre, o quien quiera que seas, se puede ir por aqu a las minas de Socartes? No hab a concluido, cuando oyose el violento ladrar de un perro, y despu s una voz de hombre, que dijo: -Choto, Choto, ven aqu . - Eh! -grit el viajero-. Buen amigo, muchacho de todos los demonios, o lo que quiera que seas, sujeta pronto ese perro, que yo soy hombre de paz! - Choto, Choto! Golf n vio que se le acercaba un perro negro y grande; mas el animal, despu s de gru ir junto a l, retrocedi llamado por su [12] amo. En tal punto y momento, el viajero pudo distinguir una figura, un hombre, que inm vil y sin expresi n, cual mu eco de piedra, estaba en pie a distancia como de diez varas m s abajo de l, en una vereda trasversal que aparec a irregularmente trazada por todo lo largo del talud.

9 Este sendero y la humana figura detenida en l llamaron vivamente la atenci n de Golf n, que dirigiendo gozosa mirada al cielo, exclam : - Gracias a Dios!, al fin sali esa loca. Ya podemos saber d nde estamos. No sospechaba yo que tan cerca de m existiera esta Pero si es un Hola!, amiguito, puede usted decirme si estoy en las minas de Socartes? -S , se or, estas son las minas de Socartes, aunque estamos un poco lejos del establecimiento. La voz que esto dec a era juvenil y agradable, y resonaba con las simp ticas inflexiones que indican una disposici n a prestar servicios con buena voluntad y cortes a. Mucho gust al doctor o rla, y m s a n observar la dulce claridad que, difundi ndose por los espacios antes oscuros, hac a revivir cielo y tierra, cual si se los sacara de la nada. -Fiat lux -dijo descendiendo-. Me parece [13] que acabo de salir del caos primitivo.

10 Ya estamos en la Bien, amiguito, doy a usted gracias por las noticias que me ha dado y las que a n ha de Sal de Villamojada al ponerse el sol. Dij ronme que adelante, siempre - Va usted al establecimiento? -pregunt el misterioso joven, permaneciendo inm vil y r gido, sin mirar al doctor, que ya estaba cerca. -S , se or; pero sin duda equivoqu el camino. -Esta no es la entrada de las minas. La entrada es por la pasadera de Rabagones, donde est el camino y el ferro-carril en construcci n. Por all hubiera usted llegado en diez minutos al establecimiento. Por aqu tardaremos m s, porque hay bastante distancia y muy mal camino. Estamos en la ltima zona de explotaci n, y hemos de atravesar algunas galer as y t neles, bajar escaleras, pasar trincheras, remontar taludes, descender el plano inclinado; en fin, recorrer todas las minas de Socartes desde un extremo, que es este, hasta el otro extremo, donde est n los talleres, los hornos, las m quinas, el laboratorio y las oficinas.


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