Transcription of Obra reproducida sin responsabilidad editorial
1 Obra reproducida sin responsabilidad editorial Moby Dick Herman Melville Advertencia de Luarna Ediciones Este es un libro de dominio p blico en tanto que los derechos de autor, seg n la legislaci n espa ola han caducado. Luarna lo presenta aqu como un obsequio a sus clientes, dejando claro que: 1) La edici n no est supervisada por nuestro departamento editorial , de for- ma que no nos responsabilizamos de la fidelidad del contenido del mismo. 2) Luarna s lo ha adaptado la obra para que pueda ser f cilmente visible en los habituales readers de seis pulgadas. 3) A todos los efectos no debe considerarse como un libro editado por Luarna.
2 En se al de admiraci n a un genio este libro est dedicado a NATHANIEL HAWTHOR- NE. I. ESPEJISMOS. Llamadme Ismael. Hace unos a os no importa cu nto hace exactamente , teniendo poco o ning n dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pens . que me ir a a navegar un poco por ah , para ver la parte acu tica del mundo. Es un modo que tengo de echar fuera la melancol a y arreglar la circulaci n. Cada vez que me sorprendo po- niendo una boca triste; cada vez que en mi al- ma hay un noviembre h medo y lloviznoso;. cada vez que me encuentro par ndome sin querer ante las tiendas de ata des; y, especial- mente, cada vez que la hipocondr a me domina de tal modo que hace falta un recio principio moral para impedirme salir a la calle con toda deliberaci n a derribar met dicamente el som- brero a los transe ntes, entonces, entiendo que es m s que hora de hacerme a la mar tan pron- to como pueda.
3 Es mi sustitutivo de la pistola y la bala. Con floreo filos fico, Cat n se arroja sobre su espada; yo, calladamente, me meto en el barco. No hay nada sorprendente en esto. Aunque no lo sepan, casi todos los hombres, en una o en otra ocasi n, abrigan sentimientos muy parecidos a los m os respecto al oc ano. Ah ten is la ciudad insular de los Manhat- tos, ce ida en torno por los muelles como las islas indias por los arrecifes de coral: el comer- cio la rodea con su resaca. A derecha y a iz- quierda, las calles os llevan al agua. Su extremo inferior es la Bater a, donde esa noble mole es ba ada por olas y refrescada por brisas que pocas horas antes no hab an llegado a avistar tierra.
4 Mirad all las turbas de contempladores del agua. Pasead en torno a la ciudad en las primeras horas de una so adora tarde de d a sab tico. Id desde Corlears Hook a Coenties Slip, y desde all , hacia el norte, por Whitehall. Qu veis? Apostados como silenciosos centinelas alrede- dor de toda la ciudad, hay millares y millares de seres mortales absortos en ensue os oce ni- cos. Unos apoyados contra las empalizadas;. otros sentados en las cabezas de los atracade- ros; otros mirando por encima de las amuradas de barcos arribados de la China; algunos, en lo alto de los aparejos, como esforz ndose por obtener una visi n a n mejor hacia la mar.
5 Pero sos son todos ellos hombres de tierra; los d as de entre semana, encerrados entre tablas y ye- so, atados a los mostradores, clavados a los bancos, sujetos a los escritorios. Entonces c mo es eso? D nde est n los campos ver- des? Qu hacen stos aqu ? Pero mirad! Ah vienen m s multitudes, andando derechas al agua, y al parecer dis- puestas a zambullirse. Qu extra o! Nada les satisface sino el l mite m s extremo de la tierra firme; no les basta vagabundear al umbroso socaire de aquellos tinglados. No. Deben acer- carse al agua tanto como les sea posible sin ca- erse dentro.
6 Y ah se quedan: millas seguidas de ellos, leguas. De tierra adentro todos, llegan de avenidas y callejas, de calles y paseos; del norte, este, sur y oeste. Pero ah se unen todos. De- cidme, les atrae hacia aqu el poder magn tico de las agujas de las br julas de todos estos bar- cos? Una vez m s. Digamos que est is en el campo; en alguna alta tierra con lagos. Tomad casi cualquier sendero que os plazca, y apuesto diez contra uno a que os lleva por un valle aba- jo, y os deja junto a un remanso de la corriente. Hay magia en ello. Que el m s distra do de los hombres est sumergido en sus m s profundos ensue os: poned de pie a ese hombre, haced que mueva las piernas, e infaliblemente os lle- var al agua, si hay agua en toda la regi n.
7 En caso de que alguna vez teng is sed en el gran desierto americano, probad este experimento, si vuestra caravana est provista por casualidad de un cultivador de la metaf sica. S , como to- dos saben, la meditaci n y el agua est n empa- rejadas para siempre. Pero aqu hay un artista. Desea pintaros el trozo de paisaje m s so ador, m s sombr o, m s callado, m s encantador de todo el valle del Saco. Cu l es el principal elemento que emplea? Ah est n sus rboles cada cual con su tronco hueco, como si hubiera dentro un ermi- ta o y un crucifijo; ah duerme su pradera, y all duermen sus ganados; y de aquella casita se eleva un humo so oliento.
8 Hundi ndose en lejanos bosques, serpentean un revuelto sende- ro, hasta alcanzar estribaciones sobrepuestas de monta as que se ba an en el azul que las en- vuelve. Pero aunque la imagen se presente en tal arrobo, y aunque ese pino deje caer sus sus- piros como hojas sobre esa cabeza de pastor, todo ser a vano, sin embargo, si los ojos del pastor no estuvieran fijos en la m gica corriente que tiene delante. Id a visitar las praderas en junio, cuando, a lo largo de veintenas y veinte- nas de millas, and is vadeando hasta la rodilla entre tigridias: cu l es el nico encanto que falta?
9 El agua, no hay all una gota de agua! Si el Ni gara no fuera m s que una catarata de arena recorrer ais vuestras mil millas para verlo? Por qu el pobre poeta de Tennessee, al recibir inesperadamente un par de pu ados de plata, deliber si comprarse un abrigo, que le hac a mucha falta, o invertir el dinero en una excursi n a pie hasta la playa de Rockaway? Por qu casi todos los muchachos sanos y ro- bustos, con alma sana y robusta, se vuelven locos un d a u otro por ir al mar? Por qu , en vuestra primera traves a como pasajeros, sen- tisteis tambi n un estremecimiento m stico cuando os dijeron que, en uni n de vuestro barco, ya no estabais a la vista de tierra?
10 Por qu los antiguos persas consideraban sagrado el mar? Por qu los griegos le dieron una divi- nidad aparte, un hermano del propio J piter? Cierto que todo esto no carece de significado. Y. a n m s profundo es el significado de aquella historia de Narciso, que, por no poder aferrar la dulce imagen atormentadora que ve a en la fuente, se sumergi en ella y se ahog . Pero esa misma imagen la vemos nosotros mismos en todos los r os y oc anos. Es la imagen del inafe- rrable fantasma de la vida; y sa es la clave de todo ello. Ahora, cuando digo que tengo costumbre de hacerme a la mar cada vez que empiezo a tener los ojos nebulosos y que empiezo a darme demasiada cuenta de mis pulmones, no quiero que se infiera que me hago jam s a la mar como pasajero.