Transcription of Los Miserables - biblioteca.org.ar
1 Juan Valera Los Miserables Primera parte. Fantina. Por V ctor Hugo I Hab amos pensado no dar noticia ni hablar en nuestro peri dico sino de las obras espa olas; pero hay autores que, no s lo por su m rito real, sino por la naci n a que pertenecen, y por la lengua en que escriben, y por otra multitud de circunstancias, tienen el privilegio de alborotar el universo mundo con cada libro que publican, y de que no haya quien no los lea y quien no se apasione y exalte, ora en pro, ora en contra. V ctor Hugo es uno de los autores que m s en alto grado goza de este privilegio. Se le dan, no s lo su indisputable y poderoso ingenio, su fecundidad y su originalidad, sino tambi n la buena dicha de estar hoy y de haber estado en otra poca a la cabeza de un partido revolucionario, donde el entusiasmo y el esp ritu de propaganda son m s activos, y donde el encomio hiperb lico y pomposo se prodiga con abundancia.
2 V ctor Hugo fue en otra poca el gran maestro del romanticismo, uno de los corifeos de aquella revoluci n literaria; y sus Orientales, sus Cantos del Crep sculo, sus Baladas, su Nuestra Se ora de Par s, su Cromwell, su Lucrecia Borgia, su Angelo, su El Rey se divierte, y otras creaciones por el estilo, casi se puede afirmar que hicieron las delicias del g nero humano, durante los pocos a os que dur la fiebre rom ntica. Pasada esta fiebre, hasta los m s cortos y poco cr ticos lectores llegaron a descubrir en la poes a y en la prosa de V ctor Hugo tantas extravagancias y tanto amaneramiento de escuela, que Lamartine, B ranger y hasta Musset, Barbier y otros poetas pudieron ser y fueron tenidos en Francia por tan buenos o mejores poetas que V ctor Hugo; y M rim e, Sand, Sandeau, Balzac y otra multitud, que ser a prolijo enumerar aqu , por mejores novelistas y prosistas.
3 Pero el genio de V ctor Hubo era menester que se adelantase de nuevo al de los dem s autores sus compatriotas, y para ello quiso la suerte que el apasionado y extra o autor de Nuestra Se ora de Par s viniese a trasformarse, por una larga serie de casos y de evoluciones, en un dem crata, republicano y humanitario, un tanto cuanto socialista. Hubo de ocurrir asimismo que la democracia y el socialismo, despu s de un breve y turbulento reinado, fuesen vencidos en Francia, y que se entronizara en aquella naci n un C sar, que la priv de libertad, pero que le dio orden y sosiego interior y gloria y preponderancia entre las naciones extra as, y que fatalmente tuvo que realizar o propender al menos a que se realizasen muchas de las ideas y aspiraciones de aquellos mismos a quienes hab a vencido, y en cuyo vencimiento hab a afirmado su trono.
4 Napole n III humill la revoluci n; pero fue para servirla e irla llevando a buen t rmino con m s tino, reposo y calma de los que suele emplear la revoluci n misma. Pero de este servicio, que los reaccionarios no perdonan ni perdonar n jam s a Napole n III, no hacen m rito los revolucionarios, crey ndole hijo de la irresistible condici n de las cosas humanas y del todo independiente de la voluntad del C sar. As es que muchos, y singularmente V ctor Hugo, le aborrecen de muerte como a d spota y a tirano, y califican el golpe de Estado del 2 de diciembre de traici n espantosa e inicua, y no quieren volver a la patria ni aceptar la amnist a, sino cuando la libertad vuelva con ellos.
5 No contento V ctor Hugo de mostrar esta severidad catoniana, ha querido y procurado ser el Juvenal y el T cito del nuevo imperio, y ha escrito un tomo de prosa, titulado Napole n el Peque o, y otro de poes a, titulado Castigos, donde, seg n vulgarmente se dice, se ha despachado a su gusto, cargando de insultos y denuestos como a tirano, al mismo a quien insultan con no menor procacidad los reaccionarios como a demagogo. Esta conducta pol tica de V ctor Hugo, y los escritos a que ha dado lugar, han tenido siempre fija la atenci n de Europa, y vueltos hacia l los ojos, y embelesadas las almas de los hombres del m s vehemente de los partidos pol ticos; partido que se dilata y echa ra ces en todos los pueblos, pero que tiene su centro en Francia, donde ha de empezar su triunfo, o donde han de remacharse los eslabones de la cadena, que acorta y reprime el atrevido vuelo a sus aspiraciones de dominio.
6 El poeta expatriado, el terrible censor y estigmatizador del Bonaparte que en Francia impera, fue desde entonces, y sigue siendo cada d a m s considerado como un grande adalid, como un glorioso santo padre de la democracia. Todas sus obras, todas sus palabras son le das o escuchadas con veneraci n, y casi con idolatr a. La hermosura y la grandeza de sus producciones se magnifican y ensalzan: las rarezas, lunares y excentricidades, que tambi n hay en ellas, pasan as mismo entre los dem cratas por ocurrencias divinas, por el non plus ultra del arte, por el ltimo grado de sublimidad a donde puede remontarse un poeta.
7 El mismo car cter apost lico de que han investido a V ctor Hugo sus correligionarios, y el alto pedestal sobre que le han puesto, han sobrexcitado su cerebro, le han hecho descubrir m s anchos horizontes, le han dado m s briosa inspiraci n, y le han prestado originalidad nueva, not ndose en sus obras recientes, algo de m s colosal y giganteo, as en lo bueno como en lo malo, as en lo hermoso como en lo grotesco, as en lo elegante y art stico, como en lo desatinado y falto de orden. Una cosa extra a a primera vista, pero que no lo es si bien se considera, puede advertirse en las obras recientes de V ctor Hugo, a saber: que si no son intachables en punto a religi n y a moral, hay poco que tachar en ellas, sobre todo compar ndolas con las obras de su primer per odo, cuando s lo era rom ntico, y no era ap stol todav a.
8 La tendencia de las obras recientes, es revolucionaria, es democr tica, es hasta si se quiere socialista; pero lejos de contradecir el dogma cat lico y la moral cristiana, V ctor Hugo los acepta y confiesa, y trata de sublimarlos y de apoyar en ellos sus ideas pol ticas y sociales, m s o menos err neas. Nos parece, pues, exagerado y absurdo el sostener, como han sostenido algunos, o prop sito de Los Miserables , que el mism simo demonio ha tenido mucho que hacer y dictar en este libro. Las ideas morales y religiosas de Los Miserables son buenas: los errores de Los Miserables son de un orden inferior y meramente humano, y no hay para qu suponer, si no es como figura ret rica que el demonio ha tenido arte ni parte en estos errores.
9 Lo que s hay en V ctor Hugo es un encanto extraordinario de estilo, que presta magia a los asuntos de que trata; asuntos que agitan hoy profundamente todos los esp ritus y que nunca fueron tratados tan bien en libros de entretenimiento. Eugenio Sue, el m s famoso de los novelistas del socialismo, tiene un estilo de cocinera. V ctor Hugo, con menos inventiva que Eugenio Sue, es un gran escritor, a pesar de todos sus defectos; es un egregio poeta, a pesar de todas sus singularidades. Fuerza es convenir en que estas singularidades abundan a veces m s de lo justo en sus obras; pero Los Miserables , aunque no est n libres de ellas, no cuentan tantas como otros escritos suyos.
10 Nuestro poeta se puede decir que lleg en Las leyendas de los siglos al ltimo extremo de la extravagancia; y que despu s ha retrocedido y se ha puesto en Los Miserables m s en consonancia con el sentido vulgar o com n al vulgo de los hombres. En el que escribe este art culo produjo muy notable impresi n la lectura de Las leyendas de los siglos, obra que sali a luz dos o tres a os ha, excit ndole a escribir a un amigo lo que vamos a trasladar aqu ahora. Para comprender a V ctor Hugo, sino bien, tal como nosotros le comprendemos, y para estimar Los Miserables en lo que deben ser estimados, importa dar previamente una ligera noticia de las mencionadas Leyendas.