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Emma

EEmmmmaa JJaannee AAuusstteennEmma Jane Austen 2 2 CAP TULO PRIMERO EMMA WOODHOUSE, bella, inteligente y rica, con una familia acomodada y un buen car cter, parec a reunir en su persona los mejores dones de la existencia; y hab a vivido cerca de veinti n a os sin que casi nada la afligiera o la enojase. Era la menor de las dos hijas de un padre muy cari oso e indulgente y, como consecuencia de la boda de su hermana, desde muy joven hab a tenido que hacer de ama de casa.

de «la pobre Isabella» y sus hijos fueron contestadas a plena satisfacción. Cuando hubo terminado, el señor Woodhouse, agradecido, comentó: -Señor Knightley, ha sido usted muy amable al salir de su casa tan tarde y venir a visitarnos. ¿No le …

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1 EEmmmmaa JJaannee AAuusstteennEmma Jane Austen 2 2 CAP TULO PRIMERO EMMA WOODHOUSE, bella, inteligente y rica, con una familia acomodada y un buen car cter, parec a reunir en su persona los mejores dones de la existencia; y hab a vivido cerca de veinti n a os sin que casi nada la afligiera o la enojase. Era la menor de las dos hijas de un padre muy cari oso e indulgente y, como consecuencia de la boda de su hermana, desde muy joven hab a tenido que hacer de ama de casa.

2 Hac a ya demasiado tiempo que su madre hab a muerto para que ella conservase algo m s que un confuso recuerdo de sus caricias, y hab a ocupado su lugar una institutriz, mujer de gran coraz n, que se hab a hecho querer casi como una madre. La se orita Taylor hab a estado diecis is a os con la familia del se or Woodhouse, m s como amiga que como institutriz, y muy encari ada con las dos hijas, pero sobre todo con Emma. La intimidad que hab a entre ellas era m s de hermanas que de otra cosa. Aun antes de que la se orita Taylor cesara en sus funciones nominales de institutriz, la blandura de su car cter raras veces le permit a imponer una prohibici n; y entonces, que hac a ya tiempo que hab a desaparecido la sombra de su autoridad, hab an seguido viviendo juntas como amigas, muy unidas la una a la otra, y Emma haciendo siempre lo que quer a; teniendo en gran estima el criterio de la se orita Taylor, pero rigi ndose fundamentalmente por el suyo propio.

3 Lo cierto era que los verdaderos peligros de la situaci n de Emma eran, de una parte, que en todo pod a hacer su voluntad, y de otra, que era propensa a tener una idea demasiado buena de s misma; stas eran las desventajas que amenazaban mezclarse con sus muchas cualidades. Sin embargo, por el momento el peligro era tan imperceptible que en modo alguno pod an considerarse como inconvenientes suyos. Lleg la contrariedad -una peque a contrariedad-, sin que ello la turbara en absoluto de un modo demasiado visible: la se orita Taylor se cas . Perder a la se orita Taylor fue el primero de sus sinsabores.

4 Y fue el d a de la boda de su querida amiga cuando Emma empez a alimentar sombr os pensamientos de cierta importancia. Terminada la boda y cuando ya se hubieron ido los invitados, su padre y ella se sentaron a cenar, solos, sin un tercero que alegrase la larga velada. Despu s de la cena, su padre se dispuso a dormir, como de costumbre, y a Emma no le qued m s que ponerse a pensar en lo que hab a perdido. La boda parec a prometer toda suerte de dichas a su amiga. El se or Weston era un hombre de reputaci n intachable, posici n desahogada, edad conveniente y agradables maneras; y hab a algo de satisfacci n en el pensar con qu desinter s, con qu generosa amistad ella hab a siempre deseado y alentado esta uni n.

5 Pero la ma ana siguiente fue triste. La ausencia de la se orita Taylor iba a sentirse a todas horas y en todos los d as. Recordaba el cari o que le hab a profesado -el cari o, el afecto de diecis is a os-, c mo la hab a educado y c mo hab a jugado con ella desde que ten a cinco a c mo no hab a escatimado esfuerzos para atra rsela y distraerla cuando estaba sana, Emma Jane Austen 3 3 y c mo la hab a cuidado cuando hab an llegado las diversas enfermedades de la ni ez.

6 Ten a con ella una gran deuda de gratitud; pero el per odo de los ltimos siete a os, la igualdad de condiciones y la total intimidad que hab an seguido a la boda de Isabella, cuando ambas quedaron solas con su padre, ten a recuerdos a n m s queridos, m s entra ables. Hab a sido una amiga y una compa era como pocas existen: inteligente, instruida, servicial, afectuosa, conociendo todas las costumbres de la familia, compenetrada con todas sus inquietudes, y sobre todo preocupada por ella, por todas sus ilusiones y por todos sus proyectos; alguien a quien pod a revelar sus pensamientos apenas nac an en su mente, y que le profesaba tal afecto que nunca pod a decepcionarla.

7 C mo iba a soportar aquel cambio? Claro que su amiga hab a ido a vivir a s lo media milla de distancia de su casa; pero Emma se daba cuenta de que deb a haber una gran diferencia entre una se ora Weston que viv a s lo a media milla de distancia y una se orita Taylor que viv a en la casa; y a pesar de todas sus cualidades naturales y dom sticas corr a el gran peligro de sentirse mo-ralmente sola. Amaba tiernamente a su padre, pero para ella no era sta la mejor compa a; los dos no pod an sostener ni conversaciones serias ni en chanza. El mal de la disparidad de sus edades (y el se or Woodhouse no se hab a casado muy joven) se ve a considerablemente aumentado por su estado de salud y sus costumbres; pues, como hab a estado enfermizo durante toda su vida, sin desarrollar la menor actividad, ni f sica ni intelectual, sus costumbres eran las de un hombre mucho mayor de lo que correspond a a sus a os; y aunque era querido por todos por la bondad de su coraz n y lo afable de su ca-r cter, el talento no era precisamente lo m s destacado de su persona.

8 Su hermana, aunque el matrimonio no la hab a alejado mucho de ellos, ya que se hab a instalado en Londres, a s lo diecis is millas del lugar, estaba lo suficientemente lejos como para no poder estar a su lado cada d a; y en Hartfield ten an que hacer frente a muchas largas veladas de octubre y de noviembre, antes de que la Navidad significase la nueva visita de Isabella, de su marido y de sus peque os, que llenaban la casa proporcion ndole de nuevo el placer de su compa a. En Highbury, la grande y populosa villa, casi una ciudad, a la que en realidad Hartfield pertenec a, a pesar de sus prados independientes, y de sus plant os y de su fama, no viv a nadie de su misma dase.

9 Y por lo tanto los Woodhouse eran la primera familia del lugar. Todos les consideraban como superiores. Emma ten a muchas amistades en el pueblo, pues su padre era amable con todo el mundo, pero nadie que pudiera aceptarse en lugar de la se orita Taylor, ni siquiera por medio d a. Era un triste cambio; y al pensar en ello, Emma no pod a por menos de suspirar y desear imposibles, hasta que su padre despertaba y era necesario ponerle buena cara. Necesitaba que le levantasen el nimo. Era un hombre nervioso, propenso al abatimiento; quer a a cualquiera a quien estuviera acostumbrado, y detestaba separarse de l; odiaba los cambios de cualquier especie.

10 El matrimonio, como origen de cambios, siempre le era desagradable; y a n no hab a asimilado ni mucho menos el matrimonio de su Emma Jane Austen 4 4 hija, y siempre hablaba de ella de un modo compasivo, a pesar de que hab a sido por completo un matrimonio por amor, cuando se vio obligado a separarse tambi n de la se orita Taylor.


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