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LA MASCARA DE LA MUERTE ROJA - Biblioteca

EDGAR ALLAN POE LA MASCARA DE LA MUERTE roja 2003 - Reservados todos los derechos Permitido el uso sin fines comerciales EDGAR ALLAN POE LA MASCARA DE LA MUERTE roja Durante mucho tiempo, la " MUERTE roja " hab a devastado la comarca. Jam s peste alguna fue tan fatal, tan horrible. Su encarnaci n era la sangre: el rojo y el horror de la sangre. Se produc an dolores agudos, un repentino v rtigo, luego los poros rezumaban abundante sangre, y la disoluci n del ser. Manchas p rpuras en el cuerpo y particularmente en el rostro de la v ctima, segregaban a sta de la humanidad y la cerraban a todo socorro y a toda compasi n. La invasi n, el progreso y el resultado de la nfermedad eran cuesti n de media hora. Pero el pr ncipe Pr spero era feliz, intr pido y sagaz.

Pero la máscara había llegado hasta a adoptar el tipo de la Muerte Roja. Sus vestiduras estaban manchadas de sangre, y su amplia frente, lo mismo que los rasgos de su rostro, estaban salpicados del horror escarlata. Cuando los ojos del príncipe Próspero cayeron sobre esta figura espectral -la que, con

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  Muerte, Roja, De la muerte roja

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1 EDGAR ALLAN POE LA MASCARA DE LA MUERTE roja 2003 - Reservados todos los derechos Permitido el uso sin fines comerciales EDGAR ALLAN POE LA MASCARA DE LA MUERTE roja Durante mucho tiempo, la " MUERTE roja " hab a devastado la comarca. Jam s peste alguna fue tan fatal, tan horrible. Su encarnaci n era la sangre: el rojo y el horror de la sangre. Se produc an dolores agudos, un repentino v rtigo, luego los poros rezumaban abundante sangre, y la disoluci n del ser. Manchas p rpuras en el cuerpo y particularmente en el rostro de la v ctima, segregaban a sta de la humanidad y la cerraban a todo socorro y a toda compasi n. La invasi n, el progreso y el resultado de la nfermedad eran cuesti n de media hora. Pero el pr ncipe Pr spero era feliz, intr pido y sagaz.

2 Cuando sus dominios perdieron la mitad de su poblaci n, llam a un millar de amigos fuertes, vigorosos y alegres de coraz n, escogidos entre los caballeros y las damas de su corte, y con ellos form un refugio rec ndito en una de sus abad as fortificadas. Era una construcci n vasta y magn fica, creaci n del propio pr ncipe, de gusto exc ntrico y, no obstante, grandioso. La rodeaba un espeso y elevado muro, y este muro ten a puertas de hierro. Una vez que entraron en ella los cortesanos, se sirvieron de hornillos y de mazas para soldar los cerrojos. Resolvieron atrincherarse contra los s bitos impulsos de la desesperaci n del exterior y cerrar toda salida a los frenes es del interior. La abad a fue abastecida ampliamente. Gracias a estas precauciones, los cortesanos pod an desafiar al contagio.

3 Que el mundo exterior se las compusiera como pudiese. Entretanto, ser a una locura afligirse o meditar. El pr ncipe hab a provisto aquella morada de todos los medios de placer. Hab a bufones, improvisadores, danzarines, m sicos, hermosura en todas sus formas, y hab a tambi n vino. Dentro, hab a todas estas bellas cosas, y adem s, seguridad. Fuera, la " MUERTE roja ". Ocurri hacia el fin del quinto o sexto mes de su retiro, y en tanto que la plaga, afuera, hac a los m s terribles estragos, el pr ncipe Pr spero obsequi a sus mil amigos, con un baile de m scaras de la mas ins lita magnificencia. Qu voluptuoso cuadro el de aquel baile de m scaras! Perm taseme en primer lugar describir las salas donde tuvo lugar. Hab a siete; una hilera imperial.

4 En muchos palacios, estas series de salones forman largas perspectivas en l nea recta cuando los batientes de las puertas se abren de par en par, de tal manera que la mirada penetra hasta el fondo sin obst culo. Aqu , el caso era muy diferente, tal y como podr a esperarse de parte del duque y de su gusto y preferencia por lo bizarre. Las salas se encontraban tan irregularmente dispuestas, que la mirada no pod a abarcar sino una sola a la vez. Al cabo de un espacio de veinte o treinta yardas se presentaba un brusco recodo, y en cada una de estas revueltas un aspecto diferente. A derecha e izquierda, en medio de cada pared, una alta y estrecha ventana g tica daba a un corredor cerrado que segu a las sinuosidades del aposento. Cada ventana ostentaba vidrios de colores en armon a con el tono dominante del decorado de la sala sobre la cual se abr a.

5 La que ocupaba la extremidad oriental, por ejemplo, estaba decorada en azul, y los ventanales eran de un azul vivo. La segunda sala estaba decorada y guarnecida de color p rpura, y las vidireras eran asimismo de color p rpura. La tercera, enteramente verde, y verdes las ventanas. La cuarta, anaranjada, estaba iluminada por una ventana del mismo color. Y 1a quinta, blanca; y la sexta, violeta. La s ptima estaba rigurosamente forrada de colgaduras de terciopelo negro, que revest an techo y muros y reca an en pesados pliegues sobre un tapiz de la misma tela y del mismo color. Pero nicamente en esta sala, el color de las ventanas no correspond a al de la decoraci n. Los cristales eran escarlata, de un color intenso de sangre. Ahora bien, en ninguna de estas salas ve ase l mpara ni candelabro alguno, entre los adornos de oro esparcidos con profusi n o suspendidos de los techos.

6 Ni l mparas, ni; velas; ninguna luz de esta clase en la larga serie de salas. Pero, en los corredores que las rodeaban, y exactamente enfrente de cada ventanal, se levantaba un enorme tr pode con un gneo brasero que proyectaba sus rayos al trav s de los cristales de color e iluminaba la sala de una manera deslumbrante. Produc anse as una multitud de aspectos cambiantes y fant sticos. Pero, en la sala del lado poniente, en la c mara negra, la claridad del brasero, que se reflejaba sobre las negras colgaduras a trav s de los cristales sangrientos, era terriblemente siniestra, y les daba a las fisonom as de los imprudentes que all entraban un aspecto de tal modo extra o, que muy pocos bailarines se sent an con el valor suficiente para entrar en aquel m gico recinto.

7 Tambi n en esta sala ergu ase, apoyado contra el muro del oeste, un gigantesco reloj de bano. Su p ndulo se balanceaba con un tictac sordo, pesado, mon tono; y cuando la aguja de los minutos hab a recorrido el cuadrante y la hora iba a sonar, sal a de los pulmones de bronce de 1a m quina un sonido claro, estrepitoso, profundo y excesivamente musical, pero de un timbre tan particular y de una energ a tal, que de hora en hora los m sicos de la orquesta se ve an obligados a interrumpir durante un instante sus acordes para escuchar la m sica de las horas, y las parejas que bailaban cesaban por fuerza sus evoluciones. Una perturbaci n moment nea recorr a a toda aquella alegre multitud, y mientras sonaban las campanas pod a notarse que palidec an hasta los m s vehementes, y los m s sensatos y de m s edad se pasaban la mano por la frente como si se hundieran en meditaciones o en ensue os febriles.

8 Pero, apenas desaparec an del todo aquellos ecos, circulaba por toda la asamblea una leve hilaridad; los m sicos se miraban los unos a los otros, sonre anse de sus nervios y de su locura, y se juraban por lo bajo entre ellos que la pr xima vez que sonaran las campanadas, no sentir an la misma impresi n; y luego, cuando, despu s de la huida de los sesenta minutos que comprend an los tres mil seiscientos segundos de la hora pasada, se escuchaban de nuevo las campanas del fatal reloj, se produc a la misma turbaci n, el mismo escalofr o y las mismas enso aciones febriles. Pero a despecho de todo esto, la org a continuaba alegre y magn fica. El gusto del duque era muy especial. Ten a un ojo certero en lo tocante a los colores y sus efectos. Desde aba los gustos de la moda.

9 Sus planos eran temerarios y salvajes y sus concepciones brillaban con un esplendor b rbaro. Hay personas que lo hubieran juzgado loco. Pero sus cortesanos sab an bien que no lo estaba; pero era preciso comprenderlo, verlo, tocarlo para estar seguro de que, en efecto, no lo estaba. Con ocasi n de esta gran fiesta, se hab a ocupado personalmente de la decoraci n y del mobiliario de las siete salas, y fue su gusto personal el que dirigi el estilo de los disfraces. No cab a duda de que eran concepciones grotescas. Era deslumbrador, brillante; hab a cosas chocantes, fant sticas; mucho de lo que despu s se ha visto en Hernani. Hab a figuras verdaderamente arabescas con siluetas y ropajes incongruentes; fantas as monstruosas como la locura; hab a mucho de bello, de licencioso, de extra o, algo de terrible y no poco de lo que podr a producir repugnancia.

10 En resumen, era como una multitud de sue os que se pavoneaban de un lado a otro por las salas. Y estos sue os se contorsionaban en todos sentidos, tomando el color de las salas; hubi rase dicho que la extra a m sica de la orquesta era el eco de sus propios pasos. Y, de tiempo en tiempo, se oye el reloj de bano de la sala de terciopelo. Y entonces, durante un momento, todo se detiene, todo enmudece, excepto la voz del reloj. Los sue os se quedan helados, paralizados en sus posturas. Mas los ecos de la soner a se desvanecen -no duraron sino un momento- y, apenas huyen, una hilaridad leve y mal contenida circula por doquier. Y la m sica suena de nuevo, reav vanse los sue os; aqu y all los danzarines se retuercen m s alegremente que nunca, reflejando el color de las ventanas a trav s de las cuales fluyen los rayos de los tr podes.


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