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Alejandro Dumas

Alejandro Dumas La Dama de las Camelias 2006 - Reservados todos los derechos Permitido el uso sin fines comerciales Alejandro Dumas La Dama de las Camelias I A mi juicio, no se pueden crear personajes sino despu s de haber estudiado mucho a los hombres, como no se puede hablar una lengua sino a condici n de haberla aprendido seriamente. Como no he llegado a n a la edad de inventar, me limito a relatar. Exhorto, pues, al lector a que se convenza de la realidad de esta historia, cuyos personajes, a excepci n de la hero na, viven todos a n. Por otra parte, hay en Par s .testigos de la mayor parte de los hechos que aqu recojo, y que podr an confirmarlos, si mi testimonio no bastara. Por una circunstancia particular s lo yo pod a escribirlos, porque s lo yo fui el confidente de los ltimos detalles, sin los cuales hubiera sido imposible hacer un relato interesante y completo.

Alejandro Dumas La Dama de las Camelias 2006 - Reservados todos los derechos Permitido el uso sin fines comerciales

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1 Alejandro Dumas La Dama de las Camelias 2006 - Reservados todos los derechos Permitido el uso sin fines comerciales Alejandro Dumas La Dama de las Camelias I A mi juicio, no se pueden crear personajes sino despu s de haber estudiado mucho a los hombres, como no se puede hablar una lengua sino a condici n de haberla aprendido seriamente. Como no he llegado a n a la edad de inventar, me limito a relatar. Exhorto, pues, al lector a que se convenza de la realidad de esta historia, cuyos personajes, a excepci n de la hero na, viven todos a n. Por otra parte, hay en Par s .testigos de la mayor parte de los hechos que aqu recojo, y que podr an confirmarlos, si mi testimonio no bastara. Por una circunstancia particular s lo yo pod a escribirlos, porque s lo yo fui el confidente de los ltimos detalles, sin los cuales hubiera sido imposible hacer un relato interesante y completo.

2 Pues bien, veamos c mo llegaron a mi conocimiento esos detalles. El 12 de marzo de 1847 le la calle Lafitte un gran cartel amarillo en que se anunciaba la subas de unos muebles y otros curiosos objetos de valor. Dicha subas ten a lugar tras una defunci n. El cartel no pon a el nombr de la persona muerta, pero la subasta iba a llevarse a cabo en la calle de Antin, n mero 9, el d a 16, de doce a cinco de la tarde. El cartel indicaba adem s que el 13 y el 14 se pod an ir a ver el piso y los muebles. Siempre he sido aficionado a las curiosidades. Me promet no perderme aquella ocasi n, si no de comprar, por lo menos de ver. Al d a siguiente me dirig a la calle de Antin, n mero 9. Era temprano y, sin embargo, ya hab a gente en el piso: hombres e incluso mujeres, que, aunque vestidas de terciopelo, envueltas en cachemiras y con elegantes cup s esper ndolas a la puerta, miraban con asombro y hasta con admiraci n el lujo que se ostentaba ante sus ojos.

3 M s tarde comprend aquella admiraci n y aquel asombro, pues, al ponerme a observar yo tambi n, advert sin dificultad que estaba en la casa de una entretenida. Y si hay algo que las mujeres de mundo desean ver y all hab a mujeres de mundo - es el interior de las casas de esas mujeres, cuyos carruajes salpican los suyos a diario; que tienen, como ellas y a su lado, un palco en la Opera y en los Italianos, y que ostentan en Par s la insolente opulencia de su belleza, de sus joyas y de sus esc ndalos. Aquella en cuya casa me encontraba hab a muerto: las mujeres m s virtuosas pod an, pues, penetrar hasta en su dormitorio. La muerte hab a purificado el aire de aquella espl ndida cloaca, y adem s siempre ten an la excusa, si la hubieran necesitado, de que iban a una subasta sin saber a casa de qui n iban. Hab an le do los carteles, quer an ver lo que los carteles promet an y elegir por anticipado: nada m s sencillo. Lo que no les imped a buscar, en medio de todas aquellas maravillas, las huellas de su vida de cortesana, de la que sin duda les hab an referido tan extra os relatos.

4 Por desgracia los misterios hab an muerto con la diosa y, pese a toda su buena voluntad, aquellas damas no lograron sorprender m s que lo que estaba en venta despu s del fallecimiento, y nada de lo que se vend a en vida de la inquilina. Por lo dem s, no faltaban cosas que comprar. El mobiliario era soberbio. Muebles de palo de rosa y de Boule, jarrones de S vres y de China, estatuillas de Sajonia , raso, terciopelo y encaje, nada faltaba all . Me pase por la casa y segu a las nobles curiosas que me hab an precedido. Entraron en una habitaci n tapizada de tela persa, a iba a entrar yo tambi n, cuando salieron casi al instante, sonriendo y como si les diera verg enza de aquella nueva curiosidad. Por ello deseaba yo m s vivamente penetrar en aquella habitaci n. Era el cuarto de aseo, revestido de los m s minuciosos detalles, en los que parec a haberse desarrollado al m ximo la prodigalidad de la muerte. Encima de una mesa grande adosada a la pared, una mesa de seis pies de largo por tres de ancho, brillaban todos los tesoros de Aucoc y de Odiot.

5 Era aquella una magn fica colecci n, y ni uno solo de esos mil objetos tan necesarios para el cuidado de una mujer como aquella en cuya casa nos hall bamos estaba hecho de otro metal que no fuera oro o plata. Sin embargo una colecci n como aqu lla s lo pod a haberse hecho poco a poco, y no era el mismo amor el que la hab a completado. Como a m no me asustaba el ver el cuarto de aseo de una entretenida, me distra a examinando los detalles, cualesquiera que fuesen, y me di cuenta de que todos aquellos utensilios, magn ficamente cincelados, llevaban iniciales distintas y orlas diferentes. Iba mirando todas aquellas cosas, cada una de las cuales se me representaba como una prostituci n de la pobre chica, y me dec a que Dios hab a sido clemente con ella, puesto que no hab a permitido que llegara a sufrir el castigo ordinario, y .la hab a dejado morir en medio de su lujo y su belleza, antes de la vejez, esa primera muerte de las cortesanas.

6 En efecto, hay espect culo m s triste que la vejez del vicio, sobre todo en la mujer? No encierra dignidad alguna ni inspira ning n inter s. Ese eterno arrepentimiento, no ya del mal camino seguido, sino de los c lculos mal hechos y del dinero mal empleado, es una de las cosas m s tristes que se pueden o r. Conoc una antigua mujer galante, a quien ya no le quedaba de su pasado m s que una hija casi tan hermosa, al decir de sus contempor neos, como hab a sido su madre. Aquella pobre ni a, a quien su madre nunca le hab a dicho eres mi hija m s que para ordenarle que sustentara su vejez como ella hab a sustentado su infancia, aquella pobre criatura se llamaba Louise y, obedeciendo a su madre, se entregaba sin voluntad, sin pasi n, sin placer, como hubiera trabajado en un oficio, si hubiesen pensado en ense rselo. El espect culo cont nuo del desenfreno, un desenfreno precoz, alimentado por el estado continuamente enfermizo de la muchacha, apag en ella el discernimiento del bien y del mal, que tal vez Dios le hab a concedido, pero que a nadie se le ocurri desarrollar.

7 Nunca olvidar a aquella muchachita, que pasaba por los bulevares casi todos los d as a la misma hora. Su madre la acompa aba sin cesar, tan asiduamente como una verdadera madre hubiera acompa ado a su verdadera hija. Yo era muy joven entonces, y dispuesto a aceptar para m la f cil moral de mi siglo. Recuerdo, sin embargo, que el espect culo de aquella vigilancia escandalosa me inspiraba desprecio y asco. A dase a ello que nunca un rostro de virgen dio tal sensaci n de inocencia, tal expresi n de sufrimiento melanc lico. Parec a una imagen de la Resignaci n. Un d a el rostro de la muchacha se ilumin . En medio del desenfreno programado por su madre, le pareci a la pecadora que Dios le otorgaba una satisfacci n. Y, al fin y al cabo, por qu Dios, que la hab a creado sin fortaleza, iba a dejarla sin consuelo bajo el peso doloroso de su vida? Un d a, pues, se dio cuenta de que estaba encinta, y lo que de casto hab a a n en ella se estremeci de gozo.

8 El alma tiene extra os refugios. Louise corri a anunciar a su madre la noticia que tan feliz la hac a. Da verg enza decirlo, aunque no estamos hablando aqu de la inmoralidad por gusto: estamos contando un hecho real, que tal vez har amos mejor callando, si no crey ramos que de cuando en cuando es preciso revelar los martirios de esos seres a quienes se condena sin o r y se desprecia sin juzgar; da verg enza, decimos, pero la madre respondi a la hija que ya no les sobraba nada para dos y que no tendr an bastante para tres; que tales hijos son in tiles y que un embarazo es una p rdida de tiempo. Al d a siguiente una comadrona, a quien designaremos s lo como la amiga de la madre, fue a ver a Louise, que se qued unos d as en la cama, y volvi a levantarse m s d bil y m s p lida que antes. Tres meses despu s un hombre se compadeci de ella y emprendi su curaci n moral y f sica; pero la ltima sacudida hab a sido excesivamente violenta, y Louise muri a consecuencia del aborto.

9 La madre vive todav a: c mo? Sabe Dios! Esta historia me vino a la memoria mientras contemplaba los estuches de plata, y en estas reflexiones debi de pasar al parecer cierto tiempo, pues ya no qued bamos en la casa m s que yo y un vigilante, que desde la puerta observaba con atenci n si no me llevaba nada. Me acerqu a aquel hombre, a quien tan graves recelos inspiraba. Podr a decirme le dije el nombre de la persona que viv a aqu ? La se orita Marguerite Gautier. Conoc a a esa joven de nombre y de vista. C mo! dije al vigilante . Ha muerto Marguerite Gautier? S , se or. Y cu ndo ha sido? Creo que hace tres Y por qu dejan visitar el piso? Los acreedores han pensado que as subir a la subasta. La gente puede ver de antemano el efecto que hacen los tejidos y los muebles. Eso anima a comprar, comprende? Ah, ten a deudas? OH, s , se or! Y no pocas. Pero seguramente la subasta las cubrir , no?

10 Y sobrar . Entonces qui n se llevar el resto?, Su familia. Ah, tiene familia? Eso parece. Muchas gracias. El vigilante, tranquilo ya respecto a mis intenciones, me salud y sal . Pobre chica! iba dici ndome mientras volv a a mi casa . No ha debido de morir muy alegremente, pues en su mundo no hay amigos m s que cuando uno est bien. Y, sin querer, no pod a menos de compadecerme de la suerte de Marguerita Gautier. Quiz le parezca rid culo a mucha gente, pero siento una indulgencia inagotable por las cortesanas, y no pienso tomarme la molestia de andar dando explicaciones sobre tal indulgencia. Un d a, cuando iba a recoger un pasaporte a la comisar a, vi c mo en una de las calles adyacentes dos gendarmes se llevaban a una chica. Ignoro lo que hab a hecho: lo nico que puedo decir es que lloraba a l grima viva abrazando a un ni o de pocos meses, de quien su detenci n la separaba. Desde aquel d a ya no he podido despreciar a una mujer a simple vista.


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