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Anaconda - UNAM

Anaconda Horacio Quiroga I Eran las diez de la noche y hac a un calor sofocante. El tiempo cargado pesaba sobre la selva, sin un soplo de viento. El cielo de carb n se entreabr a de vez en cuando en sordos rel mpagos de un extremo a otro del horizonte; pero el chubasco silbante del sur estaba a n lejos. Por un sendero de vacas en pleno espartillo blanco, avanzaba Lanceolada, con la lentitud gen rica de las v boras. Era una hermos sima yarar de un metro cincuenta, con los negros ngulos de su flanco bien cortados en sierra, escama por escama. Avanzaba tanteando la seguridad del terreno con la lengua, que en los ofidios reemplaza perfectamente a los dedos.

cabeza al nivel de sus anillos, asentó la mandíbula inferior y esperó inmóvil. Minuto tras minuto esperó cinco horas. AI cabo de este tiempo continuaba en igual inmovilidad. ¡Mala noche! Comenzaba a romper el día e iba a retirarse, cuando cambió de idea. Sobre el cielo lívido del este se recortaba una inmensa sombra.

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1 Anaconda Horacio Quiroga I Eran las diez de la noche y hac a un calor sofocante. El tiempo cargado pesaba sobre la selva, sin un soplo de viento. El cielo de carb n se entreabr a de vez en cuando en sordos rel mpagos de un extremo a otro del horizonte; pero el chubasco silbante del sur estaba a n lejos. Por un sendero de vacas en pleno espartillo blanco, avanzaba Lanceolada, con la lentitud gen rica de las v boras. Era una hermos sima yarar de un metro cincuenta, con los negros ngulos de su flanco bien cortados en sierra, escama por escama. Avanzaba tanteando la seguridad del terreno con la lengua, que en los ofidios reemplaza perfectamente a los dedos.

2 Iba de caza. AI llegar a un cruce de senderos se detuvo, se arroll prolijamente sobre s misma removi se a n un momento acomod ndose y despu s de bajar la cabeza al nivel de sus anillos , asent la mand bula inferior y esper inm vil. Minuto tras minuto esper cinco horas. AI cabo de este tiempo continuaba en igual inmovilidad. Mala noche! Comenzaba a romper el d a e iba a retirarse, cuando cambi de idea. Sobre el cielo l vido del este se recortaba una inmensa sombra. -Quisiera pasar cerca de la Casa -se dijo la yarar -. Hace d as que siento ruido, y es menester estar Y march prudentemente hacia la sombra. La casa a que hac a referencia Lanceolada era un viejo edificio de tablas rodeado de corredores y todo blanqueado.

3 En torno se levantaban dos o tres galpones. Desde tiempo inmemorial el edificio hab a estado deshabitado. Ahora se sent an ruidos ins litos, golpes de fierros, relinchos de caballo, conjunto de cosas en que trascend a a la legua la presencia del Hombre. Mal Pero era preciso asegurarse, y Lanceolada lo hizo mucho m s pronto de lo que hubiera querido. Un inequ voco ruido de puerta abierta lleg a sus o dos. La v bora irgui la cabeza, y mientras notaba que una rubia claridad en el horizonte anunciaba la aurora, vio una angosta sombra, alta y robusta, que avanzaba hacia ella. Oy tambi n el ruido de las pisadas -el golpe seguro, pleno, enormemente distanciado que denunciaba tambi n a la legua al enemigo.

4 - El Hombre! -murmur Lanceolada. Y r pida como el rayo se arroll en guardia. La sombra estuvo sobre ella. Un enorme pie cay a su lado, y la yarar , con toda la violencia de un ataque al que jugaba la vida, lanz la cabeza contra aquello y la recogi a la posici n anterior. El Hombre se detuvo: hab a cre do sentir un golpe en las botas. Mir el yuyo a su rededor sin mover los pies de su lugar; pero nada vio en la oscuridad apenas rota por el vago d a naciente, y sigui adelante. Pero Lanceolada vio que la Casa comenzaba a vivir, esta vez real y efectivamente con la vida del Hombre. La yarar emprendi la retirada a su cubil llevando consigo la seguridad de que aquel acto nocturno no era sino el pr logo, del gran drama a desarrollarse en breve.

5 II Al d a siguiente, la primera preocupaci n de Lanceolada fue el peligro que con la llegada del Hombre se cern a sobre la Familia entera. Hombre y Devastaci n son sin nimos desde tiempo inmemorial en el Pueblo entero de los Animales. Para las v boras en particular, el desastre se personificaba en dos horrores: el machete escudri ando, revolviendo el vientre mismo de la selva, y el fuego aniquilando el bosque en seguida, y con l los rec nditos cubiles. Torn base, pues, urgente prevenir aquello. Lanceolada esper la nueva noche para ponerse en campa a. Sin gran trabajo hall a dos compa eras, que lanzaron la voz de alarma. Ella, por su parte, recorri hasta las doce los lugares m s indicados para un feliz encuentro, con suerte tal que a las dos de la ma ana el Congreso se hallaba, si no en pleno, por lo menos con mayor a de especies para decidir qu se har a.

6 En la base de un murall n de piedra viva, de cinco metros de altura, y en pleno bosque, desde luego, exist a una caverna disimulada por los helechos que obstru an casi la entrada. Serv a de guarida desde mucho tiempo atr s a Terr fica, una serpiente de cascabel, vieja entre las viejas, cuya cola contaba treinta y dos cascabeles. Su largo no pasaba de un metro cuarenta, pero en cambio su grueso alcanzaba al de una botella. Magn fico ejemplar, cruzada de rombos amarillos; vigorosa, tenaz, capaz de quedar siete horas en el mismo lugar frente al enemigo, pronta a enderezar los colmillos con canal interno que son, como se sabe, si no los m s grandes, los m s admirablemente constituidos de todas las serpientes venenosas.

7 Fue all en consecuencia donde, ante la inminencia del peligro y presidido por la v bora de cascabel, se reuni el Congreso de las V boras. Estaban all , fuera de Lanceolada y Terr fica, las dem s yarar s del pa s: La peque a Coatiarita, benjam n de la Familia, con La l nea rojiza de sus costados bien visible y su cabeza particularmente afilada. Estaba all , negligentemente tendida como si se tratara de todo menos de hacer admirar las curvas blancas y caf s de su lomo sobre largas bandas color salm n, la esbelta Neuwied, dechado de belleza, y que hab a guardado para s el nombre del naturalista que determin su especie. Estaba Cruzada -que en el sur llaman v bora de La cruz-, potente y audaz rival de Neuwied en punto a belleza de dibujo.

8 Estaba Atroz, de nombre suficientemente fat dico; y por ltimo, Urut Dorado, la yararacus , disimulando discretamente en el fondo de La caverna sus ciento setenta cent metro s de terciopelo negro cruzado oblicuamente por bandas de oro. Es de notar que las especies del formidable g nero Lachesis, o yarar s, a que pertenec an todas las congresales menos Terr fica, sostienen una vieja rivalidad por la belleza del dibujo y el color. Pocos seres, en efecto, tan bien dotados como ellos. Seg n las leyes de las v boras, ninguna especie poco abundante y sin dominio real en el pa s puede presidir las asambleas del Imperio. Por esto Urut Dorado, magn fico animal de muerte, pero cuya especie es m s bien rara, no pretend a este honor, cedi ndolo de buen grado a la v bora de cascabel, m s d bil, pero que abunda milagrosamente.

9 El Congreso estaba, pues, en mayor a, y Terr fica abri la sesi n. - Compa eras! -dijo-. Hemos sido todas enteradas por Lanceolada de la presencia nefasta del Hombre. Creo interpretar el anhelo de todas nosotras, al tratar de salvar nuestro Imperio de la invasi n enemiga. S lo un medio cabe, pues la experiencia nos dice que el abandono del terreno no remedia nada. Este medio, ustedes lo saben bien, es la guerra al Hombre, sin tregua ni cuartel, desde esta noche misma, a la cual cada especie aportar sus virtudes. Me halaga en esta circunstancia olvidar mi especificaci n humana: no soy ahora una serpiente de cascabel; soy una yarar , como ustedes. Las yarar s, que tienen a la Muerte por negro pabell n.

10 Nosotras somos la Muerte, compa eras! Y entre tanto, que alguna de las presentes proponga un plan de campa a. Nadie ignora, por lo menos en el Imperio de las V boras, que todo lo que Terr fica tiene de largo en sus colmillos, lo tiene de corto en su inteligencia. Ella lo sabe tambi n, y aunque incapaz por lo tanto de idear plan alguno, posee, a fuerza de vieja reina, el suficiente tacto para callarse. Entonces Cruzada, desperez ndose, dijo: -Soy de la opini n de Terr fica, y considero que mientras no tengamos un plan, nada podemos ni debemos hacer. Lo que lamento es la falta en este Congreso de nuestra primas sin veneno: las Culebras. Se hizo un largo silencio. Evidentemente, la proposici n no halagaba a las v boras.


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